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Tiro, en el sur del Líbano, se resiste a evacuar entre los bombardeos israelíes

Noemí Jabois

Tiro (Líbano), 15 mar (EFE).- En la ciudad de Tiro, en el sur del Líbano, resuena el sonido de los bombardeos que azotan las aldeas de los alrededores, mientras la destrucción de los primeros ataques dentro de la propia urbe se acumula en las calles, pero muchos vecinos aún se resisten a acatar las órdenes de evacuación de Israel.

Sobre la región más meridional del Líbano, pesa una orden masiva de evacuación que esta semana se extendió a todavía más territorio, hasta la altura del río Zahrani. De esa franja fronteriza proceden buena parte de los más de 800.000 desplazados por el conflicto iniciado hace ya casi dos semanas.

La carretera que lleva a Tiro está prácticamente desierta, pero dentro de la mayor ciudad de la región todavía se ven algunos locales abiertos en la zona portuaria, ultramarinos con el ocasional cliente y un par de decenas de vecinos que recorren un paseo marítimo hasta hace poco lleno de vida.

«La gente de Tiro sigue aquí, hay mucha gente aquí que no tiene miedo. El que no tiene miedo no se va y el que tiene miedo se va, yo no lo tengo», dice a EFE uno de ellos.

Aún no es 2024

Este anciano fue uno de los pocos que se quedaron en la ciudad durante el pico de la última guerra con Israel, a finales de 2024, y reconoce que la situación alcanzó entonces niveles bastante peores para los que decidieron aguantar en sus casas hasta el final.

«El año pasado fue más difícil para Tiro, el año pasado bombardearon mucho a nuestro alrededor», relata. En comparación, esta vez la localidad solo ha sido objetivo de unos pocos ataques a lo largo de las últimas dos semanas, destaca el residente.

En pleno centro, una enorme montaña con los escombros de un edificio de doce plantas que se vino completamente abajo tras ser alcanzado días atrás, ha convertido una carretera de doble sentido en un estrecho pasillo por el que los vehículos se turnan para pasar.

No muy lejos de allí, los restos de unas máquinas quemadas en un descampado marcan el punto donde impactó otro misil, que tuvo como objetivo varios generadores que suministraban electricidad a la población para suplir la escasez de energía que provee el sistema estatal.

El anciano cuenta que el Ejército israelí ha estado emitiendo órdenes de evacuación antes de lanzar estos ataques en Tiro, a diferencia de otras poblaciones más al sur. O a diferencia de «arriba», como él dice.

«Tengo veinte personas desplazados en mi casa que vienen de arriba. Tengo familias y niños de allí arriba, donde están atacando aleatoriamente, mientras aquí ponen órdenes», comenta, sentado sobre el bordillo del paseo marítimo.

Por eso, aunque la mayoría de los desplazados del sur del país han preferido irse a Beirut y otras zonas más septentrionales, algunos aún se refugian en Tiro con conocidos o en alguno de los albergues en activo.

Poca luz y suministros

Una de la ciudades más antiguas del mundo, fundada por los fenicios alrededor del 2.750 a.C., Tiro es conocida por albergar dos emplazamientos arqueológicos declarados patrimonio mundial por la Unesco.

Pero el pasado 6 de marzo, un bombardeo impactó en las inmediaciones de uno de ellos, la necrópolis romana de Al Bass, que sufrió daños dentro de su perímetro, tal y como informó el ministro libanés de Cultura, Ghassan Salameh.

Un portavoz de la Unesco también confirmó a EFE daños en Tiro, aunque todavía no han podido despachar un equipo a terreno debido a la situación de seguridad.

En medio de la ofensiva aérea y las órdenes de evacuación, un residente estima que alrededor del 70 % de la población de la urbe ha abandonado ya la zona.

«Es difícil y no hay muchas tiendas abiertas, la situación económica está mal», lamenta a EFE el joven, de 20 años, al agregar que la mitad de los productos no están disponibles en los supermercados.

Además, el ataque contra los generadores ha dejado a parte de la gente sin electricidad, aunque el vecino explica que otros tienen contratados los servicios de máquinas en otros lugares o cuentan con paneles solares.

En contraposición, para el anciano del paseo marítimo, curtido en una guerra de una dureza aún no alcanzada por la actual, no hay queja sobre el desabastecimiento. Hay incluso, dice, voluntarios que distribuyen alimentos para romper el ayuno del mes sagrado musulmán de Ramadán.

«Hay gente que viene y reparte comida aquí en el momento del ‘iftar’. Viene gente y comparte con todos, a quien quiera comer le dan de comer», concluyó. EFE

ag-njd/amr/alf

(foto)(vídeo)

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