Del grafiti al arte global: Nicolas Party y su revolución pastel
El artista suizo Nicolas Party ha visto cómo su obra se ha exhibido este año en importantes exposiciones en tres continentes. En una entrevista con Swissinfo, explica por qué abandonó la pintura al óleo, cómo un encuentro fortuito con Picasso transformó su manera de trabajar y por qué pintar directamente con pasteles sobre las paredes se convirtió en uno de sus sellos de identidad.
Party se ha ganado una reputación internacional gracias a un lenguaje visual inconfundible: colores vibrantes, formas simplificadas y composiciones que evocan la claridad de los símbolos gráficos. También es conocido por transformar los espacios expositivos mediante murales inmersivos e intervenciones específicas para cada lugar, convirtiendo la arquitectura que los rodea en una obra de arte efímera.
Detrás de esa inmediatez visual se esconde un profundo diálogo con la historia del arte. Su obra refleja la influencia de artistas de distintos siglos, desde Rembrandt hasta Picasso, y de movimientos que van del simbolismo al surrealismo.
Party, de 45 años, habla con Swissinfo por videollamada desde su estudio en Red Hook, un pequeño barrio de Brooklyn que, según él, parece casi un pueblo costero. Gira la cámara hacia la ventana. Más allá, el centro de Brooklyn se eleva en un conjunto de torres de vidrio. «Se parece mucho a El Señor de los Anillos», dice entre risas. «La torre de Saruman».
Solo este año, ya ha presentado tres importantes exposiciones: Dead Fish en Karma GalleryEnlace externo (Galería Karma), en Nueva York; Toile d’araignée en Xavier HufkensEnlace externo, en Bruselas; y una presentación en Art Basel Hong Kong 2026, además de un libro retrospectivo, Murals (‘Murales’), que reúne sus exposiciones desde 2011.
Su sala de pasteles es, según él mismo admite, extremadamente polvorienta. Detrás de él hay un armario de madera hecho a medida, con estrechas ranuras que contienen todos los colores imaginables. El pastel, que Party ha hecho completamente suyo, es esencialmente pigmento puro comprimido en barras. Aplicado sobre paredes preparadas con una superficie rugosa, ocupa un lugar intermedio entre la tiza y el fresco.
Pastel, ritmo y progreso
Party estudió en la University of Art and Design LausanneEnlace externo (Universidad de Arte y Diseño de Lausana) antes de trasladarse a Glasgow, donde vivió durante seis años. Allí trabajó principalmente con pintura al óleo, pero cada vez se sentía más atrapado entre dos ritmos contrapuestos. La pintura al óleo era un trabajo lento: aplicar capas, esperar a que se secaran, revisar constantemente.
«Hacía quizá tres pinturas al año porque no dejaba de retocarlas», dice. «Me gustaban una vez terminadas, pero no estaba satisfecho con el proceso. Sentía que no podía trabajar lo suficientemente rápido como para avanzar de verdad». Al mismo tiempo, lo invitaban a crear murales directamente sobre las paredes de las galerías utilizando pintura en aerosol y carboncillo. Esas obras eran provisionales, físicas e inmediatas. Las instalaciones temporales se convirtieron en un importante contrapeso frente al ritmo minucioso del estudio.
El punto de inflexión llegó inesperadamente en la Fondation Beyeler (Fundación Beyeler)Enlace externo, en Basilea, donde Party se encontró con Tête de femme (‘Cabeza de mujer’), de 1921, un retrato realizado al pastel durante el período poscubista de Picasso. «Algo hizo clic», cuenta Party. «Recuerdo haber pensado: esto es exactamente lo que quiero hacer». Al día siguiente, compró barras de pastel, papel y una reproducción en postal de la obra de Picasso.
Parte del atractivo residía en las limitaciones del medio. A diferencia de la pintura al óleo, el pastel no puede corregirse fácilmente. Exige espontaneidad. «Limitaba las posibilidades y, paradójicamente, me liberaba», afirma. «De repente podía producir mucho más. Y cuando produces más, avanzas más rápido porque ves más fracasos y más aciertos. Experimentas más». El pastel aceleró no solo su producción, sino también su manera de pensar.
El paso hacia lo que hoy se reconoce como la técnica característica de Party -aplicar pastel directamente sobre las paredes- ocurrió casi por accidente. Mientras preparaba una instalación para el Hammer Museum (Museo Hammer) en 2016, un curador le sugirió casualmente reemplazar la carbonilla por pastel. Al principio, Party pensó que la idea era técnicamente imposible, pero la propuesta despertó su curiosidad. El resultado transformó su práctica artística.
Ampliado a escala mural, el pastel se comporta de manera diferente a cualquier medio pictórico convencional. «Los pigmentos y la textura son muy inusuales a esa escala», explica Party. «Es básicamente polvo y pigmento puro directamente sobre la pared. Y el proceso es extremadamente rápido. Con la pintura, tienes que mojar constantemente los pinceles, mezclar colores, subir y bajar escaleras, preocuparte por los goteos. Con el pastel, solo tienes que sostener las barras en las manos».
Temas convencionales
Party trabaja con un repertorio de temas deliberadamente limitado: el retrato, el paisaje y la naturaleza muerta. Como él mismo reconoce sin reparos, estos son los motivos más convencionales de la pintura occidental. Precisamente esa convencionalidad es lo que le interesa. La restricción se convirtió en una forma de libertad. Al igual que Josef AlbersEnlace externo, que volvió una y otra vez al cuadrado, o Giorgio MorandiEnlace externo, a sus botellas, Party utiliza la repetición como método para mirar en profundidad. Entre estos motivos recurrentes, los árboles han adquirido un papel casi espiritual.
«Para mí, los paisajes, los retratos, las flores, los árboles… todo eso se convirtió en mi lenguaje», dice. «Y con el tiempo voy incorporando poco a poco nuevas ‘familias’ de temas. Últimamente, por ejemplo, he estado trabajando con peces muertos. Pero trato de no introducir muchas cosas demasiado rápido. Se necesita tiempo para entender por qué un tema es importante para uno».
Muchas de sus exposiciones se inspiran en encuentros con figuras históricas, ya sea mediante referencias directas, yuxtaposiciones o reinterpretaciones. Desde Rosalba CarrieraEnlace externo hasta Auguste RodinEnlace externo y Camille ClaudelEnlace externo, Party utiliza obras históricas como puntos de partida para sus propias investigaciones, permitiendo que el pasado y el presente coexistan dentro de un mismo lenguaje visual.
Para él, hacer referencia a la obra de otro artista no es una cita, sino una forma de atención prolongada. «Para mí, copiar se convierte en una forma de crear intimidad con una obra de arte. Hoy consumimos imágenes muy rápidamente. Miras algo en internet durante tres segundos y sigues adelante. Pero cuando dibujas o pintas algo, te ves obligado a dedicarle tiempo de verdad. Se te queda grabado en la mente».
Un legado visual suizo
Los elementos más reconocibles de la obra de Party -la paleta de colores saturados, las formas aplanadas, los rostros icónicos- se remontan a sus inicios artísticos en el arte callejero y el grafiti. Desde los 12 años hasta comienzos de sus veinte, pasó su adolescencia pintando grafitis en trenes y muros de Lausana, Ginebra y otras ciudades.
Fue una lección sobre la inmediatez: cómo funciona el color en el espacio público, cómo una imagen debe captar la atención al instante. «Lo principal tiene que ser visible desde lejos», explica. «Es un poco como los logotipos. Se necesita un lenguaje gráfico y colores brillantes que hagan que las imágenes sean reconocibles rápidamente».
Party hace referencia a las ideas de Michel PastoureauEnlace externo, medievalista e historiador cultural francés cuyos escritos sobre el color exploran cómo los sistemas visuales moldean la percepción colectiva. Pastoureau observó que los niños suizos crecen rodeados de heráldica: banderas cantonales, escudos y blasones. Sin darse cuenta plenamente, absorben una cultura visual construida sobre la claridad y el simbolismo.
Esta herencia de la Suiza heráldica, filtrada a través de años de arte callejero, ayuda a explicar la peculiar tensión presente en las pinturas de Party. Sus retratos son frontales e inexpresivos, casi como íconos. Las imágenes parecen concebidas para ser interpretadas de inmediato.
Mantener la curiosidad
El deseo de Party de mantener la curiosidad y seguir aprendiendo lo ha llevado a ampliar sus referencias visuales mucho más allá del canon estrictamente occidental, especialmente a través de proyectos en lugares como Pekín y Seúl. Mientras preparaba su exposición Dust (‘Polvo’) en Seúl, se sumergió en la colección del museo junto con los curadores. «Aprendí muchísimo», asegura, «sobre todo sobre la cerámica coreana, que tiene una historia y una cultura material extraordinarias».
Le encantaría trabajar en Estambul y en Egipto. «Sinceramente, necesitarías diez vidas para explorar adecuadamente todas estas culturas», dice. «Cada vez que recibes una invitación a un lugar en el que nunca has estado, un lugar que sabes que ampliará por completo tu perspectiva, esa es siempre la mejor sensación».
Artículo editado por Catherine Hickley & Eduardo Simantob; y adaptado al español por Norma Domínguez. Revisado por Carla Wolff.
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