Murten: los sorprendentes legados de una victoria medieval
Pocas batallas han marcado tanto la historia de Suiza como la de Murten. Más de cinco siglos después, sigue siendo considerada, probablemente, la mayor hazaña militar del país y un episodio clave para entender su pasado.
El 22 de junio de 1476, las tropas de la Confederación Suiza derrotaron de forma aplastante en Murten al ejército borgoñón de Carlos el Temerario, que ya había sufrido un duro revés unas semanas antes en Grandson. Aquella nueva derrota, infligida a uno de los gobernantes más poderosos de Europa, dejó una profunda impresión no solo entre los cronistas suizos, sino en buena parte del continente.
La batalla marcó, sobre todo, el auge de la infantería. Sobre el terreno, los alabarderos suizos demostraron que podían derrotar a los ejércitos de las grandes potencias de la época. Su prestigio militar alcanzó entonces su punto álgido y convirtió a la Confederación, durante un tiempo, en una potencia regional con la confianza suficiente para ampliar su territorio en las décadas siguientes.
Más allá de las conmemoraciones y del orgullo que esta célebre victoria sigue despertando en Suiza, la batalla de Murten dejó un legado muy tangible.
Un obelisco en lugar del osario destruido
Hoy se alza un monumento conmemorativo en el lugar donde presuntamente tuvo lugar la batalla. Situado al borde de una carretera y flanqueado por dos árboles, adopta la forma de un obelisco egipcio, aunque nada tiene de faraónico ni en su origen ni en su simbolismo.
Inaugurado en 1823, el monumento es fruto de la fascinación que recorría la Europa de la época por los obeliscos recién desenterrados y trasladados a las grandes capitales occidentales. Esa silueta esbelta, asociada a la idea de elevación y trascendencia, se había convertido ya en uno de los símbolos por excelencia de la memoria conmemorativa.
Este obelisco sustituyó a un monumento mucho más sobrecogedor: un osario que albergaba los restos de miles de soldados, en su mayoría borgoñones. Los huesos, cuidadosamente ordenados en una capilla, ofrecían una imagen descarnada de los estragos de la guerra. El lugar causaba tal impresión que algunos visitantes se llevaban un recuerdo… anatómico.
En el siglo XVIII, el osario figuraba incluso entre las etapas del Grand TourEnlace externo -el viaje formativo de las élites europeas- y fue visitado, entre otros, por Goethe, Casanova y Napoleón. Fue destruido durante la invasión francesa de 1798. Las tropas revolucionarias, entre cuyas filas había numerosos borgoñones, borraron así un símbolo del Antiguo Régimen y, de paso, el recuerdo de una dolorosa derrota.
Una carrera pedestre que celebra su 92ª edición
Un soldado que sobrevive a la batalla, pero cae exhausto tras recorrer varios kilómetros para anunciar la victoria en la capital: la historia resulta inevitablemente familiar. Evoca la figura de Filípides, el mensajero griego que, según la tradición, habría corrido 42 kilómetros sin parar desde la ciudad de Maratón hasta Atenas para proclamar la victoria sobre los persas antes de morir en el acto. Convertido en un relato fundacional y ampliamente mitificado, se ha instalado como uno de los pilares del imaginario deportivo moderno.
Los suizos también recurrieron a la Antigüedad para dotar a la batalla de Murten de una dimensión épica adicional. Según la tradición, un mensajero abandonó el campo de batalla para llevar la noticia a Friburgo y se desplomó al pie de un tilo justo después de cumplir su misión. En realidad, los archivos muestran que fueron dos los mensajeros, ambos supervivientes y recompensados por su hazaña. Pero la memoria colectiva prefirió el mito -mucho más heroico- a los hechos comprobados.
Y, como suele ocurrir, la posteridad convirtió estos relatos en competiciones deportivas. El mito griego dio origen al maratón Murten-FriburgoEnlace externo, con sus 42 kilómetros y su estatus de prueba reina de los Juegos Olímpicos. Los 17 kilómetros que separan Murten de Friburgo hacen de esta carrera una versión más modesta, pero la gloria, en su justa medida, permanece intacta: cada octubre (este año será del 2 al 4 de octubre), miles de participantes (16.489 en la última edición) recorren este trazado inaugurado en 1932. Los más rápidos se llevan una rama de tilo… y un premio económico mucho más tangible.
La rama, sin embargo, ya no procede del tilo original junto al que, según se dice, se habría desplomado el mensajero. El árbol centenario, plantado en medio de una carretera, fue talado en 1983 tras ser embestido por un automóvil. En su lugar se instaló una escultura metálica, menos frágil, aunque considerablemente menos romántica.
La memoria botánica, no obstante, tiene sus propios recursos: un esqueje conservado en el Jardín Botánico de FriburgoEnlace externo permitió plantar en 1984 un nuevo tilo en la plaza del Ayuntamiento. Y, como los símbolos rara vez envejecen, un último esqueje fue plantado en el marco de las celebraciones del 550º aniversario de la batallaEnlace externo, con el fin de prolongar el linaje y recordar que, a veces, los árboles poseen una memoria más tenaz que los monumentos.
Un panorama de más de 100 metros
Una de las mayores batallas de la historia suiza dio origen a una de las pinturas más monumentales del país. El Panorama de la batalla de MurtenEnlace externo, realizado en 1893 por el pintor alemán Louis Braun (1836-1916), es una inmensa tela circular de 10 metros de altura por 100 metros de longitud, es decir, 1.000 metros cuadrados de pintura. Hoy, la obra se conserva dividida en tres rollos de 700 kilos cada uno, un formato poco práctico para exposiciones improvisadas.
De hecho, el panorama solo pudo contemplarse durante unos pocos meses en las últimas décadas, con motivo de la Exposición Nacional de 2002. En aquella ocasión se presentó en un espectacular cubo metálico concebido por el arquitecto francés Jean Nouvel, instalado directamente sobre el lago de Murten. Como ocurrió con la mayoría de las instalaciones de Expo.02, el monolito fue desmontado al término de la muestra, devolviendo la obra a su discreción habitual.
La obra, sin embargo, acaba de ser completamente digitalizada, lo que permitirá por fin explorar cada uno de sus detalles.
En cuanto al lienzo original, sigue esperando un edificio capaz de albergarlo de forma permanente, un desafío tanto arquitectónico como financiero.
Con su formato circular de 360 grados, los panoramas ofrecían al público una experiencia de inmersión total, con la sensación de hallarse en el corazón mismo de la acción. Muy populares en el siglo XIX, fueron desplazados por el cine a comienzos del siglo XX y, en su mayoría, desaparecieron. En Suiza solo sobreviven cuatro. Por el mero hecho de haber llegado hasta nuestros días, el de Murten sigue asombrando y constituye una prueba más de que esta batalla posee, sin duda, una extraordinaria capacidad para desafiar el paso del tiempo.
Artículo adaptado al español por Norma Domínguez. Revisado por Carla Wolff.
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