Si en los Alpes ya no hay ‘cretinos’, se lo debemos a la medicina suiza
Suiza fue el laboratorio que transformó una intuición química en un triunfo global de la salud pública. Gracias a tres médicos visionarios, el país se adelantó al mundo con la yodación de la sal de mesa, una práctica que terminaría por erradicar el ‘cretinismo’ alpino.
NdR: Según el Diccionario de la lengua española, el cretinismo es una enfermedad caracterizada por un peculiar retraso de la inteligencia, acompañado, por lo común, de defectos del desarrollo orgánico.
Icono global de precisión, innovación, lujo y bienestar, la Confederación fue, hasta no hace tanto, un emblema del sufrimiento humano.
En pleno siglo XIX, mientras el turismo empezaba a florecer en los idílicos valles alpinos, el geógrafo Elisée Reclus dejaba esta cruda descripción de sus habitantes (1875-1876): «Junto a estos valientes montañeses de pecho robusto y mirada penetrante, que escalan las rocas con paso firme, se arrastran horrendas masas de carne viva: los cretinos de bocio colgante».
La cita, recogida por el historiador francés Antoine de Baecque en su libro Histoire du crétinisme des Alpes (Historia del cretinismo en los Alpes), es apenas uno de los innumerables testimonios del flagelo del cretinismo que afectaba a estas regiones -entre ellos, la enciclopedia de Diderot y D’Alembert (véase el recuadro).
Este nombre se le da a una especie de hombres nacidos en gran número en Valais, especialmente en Sion, su capital. Son sordos, mudos, imbéciles, casi insensibles a los golpes y tienen bocio que les llega hasta la cintura; por otro lado, son muy buenas personas. Son incapaces de pensar y sólo sienten una atracción violenta por sus necesidades. Se abandonan a los placeres sensuales de todo tipo, y su imbecilidad les impide ver ningún crimen en ello. La ingenuidad de la gente de Valais hace que vean a los cretinos como ángeles guardianes de sus familias, y quienes no tienen ninguno creen que el Cielo no les es benevolente. Es difícil explicar la causa y el efecto del cretinaje. La mala higiene, la educación, el calor excesivo de estos valles, las aguas y el bocio mismo son comunes a todos los niños de esta gente. Pero no todos nacen cretinos.
Uno de ellos falleció en Sion durante la estancia del conde de Maugiron (de la Real Sociedad de Lyon) en dicha ciudad; le negaron el permiso para abrirlo. Se limitó a examinar (aparentemente en personas vivas) de ambos sexos; no observó nada fuera de lo común externamente, salvo que la piel presentaba un color amarillo lívido intenso. Este detalle proviene de unas memorias del conde de Maugiron, de las cuales se nos envió un extracto que se leyó ante la Real Sociedad de Lyon.
Las personas con cretinismo suelen padecer enanismo y sordomudez. En muchos casos se observa una protuberancia en el cuello denominada bocio. Las consecuencias más graves son de carácter cerebral, ya que el desarrollo mental tiende a quedarse al nivel de un niño pequeño.
Desde la época romana se sabía que este mal era particularmente frecuente en las regiones alpinas. Antes de su erradicación, a comienzos del siglo XX, las cifras eran abrumadoras: en los valles más elevados, hasta el 90% de la población padecía bocio y hasta el 2% cretinismo. Muchas personas fueron internadas, pero la mayoría permaneció con sus familias.
En 1810, un censo ordenado por Napoleón en el cantón del Valais registró que, de aproximadamente 70.000 habitantes, unos 4.000 eran ‘cretinos’. Con el tiempo, el término adquirió un sentido despectivo, aunque -según la hipótesis más aceptadaEnlace externo– procede de ‘crestin’, a su vez derivado del latín ‘christianus’ (cristiano). Todo indica que se difundió como un eufemismo para nombrar a quienes padecían ese misterioso mal, recordando que, pese a ello, eran cristianos, inocentes y, por lo tanto, queridos por Dios.
Los Alpes son hermosos, pero algo no termina de encajar…
Los cretinos se convirtieron en una atracción turística en los valles alpinos y, al mismo tiempo, en un inquietante caso de estudio para la medicina. Se ensayaron todo tipo de hipótesis: falta de higiene, consanguinidad, humedad, mala calidad del agua…
Pero la verdadera causa no era la presencia de un agente externo, sino su ausencia: el cretinismo se debe a una alimentación deficiente en yodo.
Este elemento, abundante en los océanos, se acumuló en las tierras emergidas tras la retirada de los mares primitivos. Pero la vasta capa de hielo que cubrió la región alpina durante la última glaciación fracturó cientos de metros de subsuelo y fue arrastrando poco a poco el yodo. Hubo que esperar hasta 1965 para que el cirujano de Basilea Franz MerkeEnlace externo demostrara que la extensión de aquella capa glaciar coincidía con las zonas donde el bocio era endémico.
El yodo es un elemento esencial para el correcto funcionamiento de la tiroides, una pequeña glándula con forma de mariposa situada en la base del cuello, clave para el metabolismo, el crecimiento y el desarrollo. Cuando el aporte de yodo es insuficiente, la glándula se agranda para intentar captar más, lo que provoca hipotiroidismo y bocio. Durante el embarazo, la carencia de yodo puede causar cretinismo en el feto.
Los pioneros
Como recuerda un artículo del Tages-AnzeigerEnlace externo, el primero en desmontar eficazmente las hipótesis erróneas y las resistencias de la época fue Heinrich Hunziker, médico de Adliswil, en el cantón de Zúrich. En mayo de 1914, en un ensayo de apenas 24 páginas, explicó que la tiroides se agrandaba simplemente porque estaba «hambrienta» de un nutriente ausente: el yodo.
Sin embargo, otros antes que él habían llegado a la misma conclusión, como el ginebrino Jean-François CoindetEnlace externo casi un siglo antes, pero fue Hunziker quien entendió que el yodo no debía suministrarse como un medicamento en dosis elevadas -un planteamiento que resultó costoso para Coindet y, sobre todo, para muchos de sus pacientes-, sino integrarse en la alimentación como un elemento esencial, en cantidades ínfimas.
Si el Tages-Anzeiger define a Hunziker como «visionario», reserva el calificativo de «científico» para el médico valesano Otto BayardEnlace externo. En 1918, por iniciativa propia, partió hacia la localidad de Grächen, cantón Valais, con una mula cargada de sacos de sal que él mismo había enriquecido con pequeñas cantidades de yoduro de sodio. Durante cinco meses de invierno, incorporó esta sal a la alimentación de cinco familias de este remoto pueblo, duramente afectado por el «mal de los Alpes».
Ese mismo año, para la primavera, los bocios habían desaparecido y no se detectaron signos de intoxicación por yodo. Estos resultados alentadores le valieron a Bayard financiación federal para extender el experimento al pueblo de Törbel. El éxito fue rotundo: más de 1.000 personas con síntomas de hipotiroidismo se curaron en poco tiempo.
En enero de 1922, la Comisión Suiza del Bocio, integrada por expertos académicos, miembros del ejército y autoridades sanitarias, se reunió en Berna para analizar los resultados de Hunziker y Bayard. En junio, tras intensos debates entre quienes reconocían haber encontrado una solución y quienes temían intoxicaciones masivas, la Comisión emitió la recomendación oficial a todos los cantones -que tenían y siguen teniendo el monopolio de la comercialización de la sal- de introducir y promover la venta de sal yodada.
Eggenberger y la estrategia que cambió el juego
Este logro pionero no habría sido posible sin la intervención de un tercer médico. Tras el «visionario» y el «científico», entra en escena el «activista»: Hans EggenbergerEnlace externo, cirujano de Herisau, en Appenzell Rodas Exteriores.
Como miembro de la Comisión, estaba convencido de la eficacia de la solución propuesta por Hunziker y Bayard, pero también de lo difícil que sería persuadir a una población suiza desconfiada de aceptar una directiva impuesta desde arriba, y más aún en materia alimentaria.
Se lanzó de lleno a una intensa campaña de propaganda en su cantón. Tras largas jornadas en el quirófano, por las noches promovía charlas divulgativas en cines, donde, mediante proyectores y diapositivas, ilustraba los estragos de la enfermedad y los beneficios del tratamiento. Comunicador brillante, con gran olfato para el marketing, acuñó el término «sal entera» («Vollsalz»), haciendo que la sal yodada sonara, para la población, como un producto natural.
Sin aguardar decisiones federales, recurrió a la sección local de la Cruz Roja -que él mismo había cofundado- para promover una recogida de firmas a favor de la sal yodada. El 12 de febrero ya sumaba 3.480 adhesiones. Apenas una semana después, las autoridades cantonales autorizaron su venta, meses antes de la recomendación federal.
Cuando finalmente llegó, el trabajo de Eggenberger ya había allanado el camino. Las Salinas Suizas del Rin comenzaron a distribuir las primeras partidas de sal yodada en noviembre de 1922 y, apenas un año después, el producto ya estaba disponible en 17 cantones.
A finales de los años veinte, la profilaxis se había extendido por todo el país: la incidencia del bocio y los nacimientos con sordera disminuyeron drásticamente y, a partir de los años treinta, dejaron de nacer ‘cretinos’ en Suiza.
La Comisión Suiza del Bocio, hoy conocida como Comisión de Flúor y YodoEnlace externo, sigue desempeñando su labor de vigilancia y prevención para evitar el resurgimiento de enfermedades asociadas a la deficiencia de yodo.
El caso suizo marcó un precedente. Estados Unidos fue el primero en seguir su ejemplo en 1924, y en las décadas siguientes muchos otros países hicieron lo mismo. En algunos de ellos la yodación es obligatoria por leyEnlace externo, mientras que en la Confederación sigue siendo voluntaria.
NdR: El cretinismo (hipotiroidismo congénito grave por deficiencia de yodo) existe actualmente, aunque es prevenible y ha disminuido gracias a la yodación de la sal. La OMS y otras organizaciones consideran la carencia de yodo como la causa más importante de daño cerebral prevenible, afectando principalmente a zonas remotas y empobrecidas.
Fuentes
Antoine de Baecque, Historia de los crétins des Alpes, La librairie Vuibert, 2018
¿Quiénes eran realmente los ‘cretinos’ de los Alpes?Enlace externo Entrevista de National Geographic con Antoine de Baecque
Cómo tres médicos heroicos salvaron a Suiza del bocioEnlace externo – Tages-Anzeiger
Análisis en profundidad de swissinfo: La sal en SuizaEnlace externo
La palabra «cretinismo»Enlace externo en el Diccionario Histórico de Suiza
Los experimentos de Jean-François CoindetEnlace externo descrito por la Revue médicale suisse
Sal al gusto, siempre que esté yodada.Enlace externo Oficina Federal de Salud Pública
Editado por Daniele Mariani. Adaptado del italiano por Norma Domínguez. Versión en español revisada por Carla Wolff.
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