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Las protestas en Suiza son menos radicales, pero tan frecuentes como en otros países

manifestación y humo
Unos manifestantes lanzaron bengalas de humo en Berna durante una marcha con motivo del Día del Trabajo, el 1 de mayo de 2026. Keystone / Anthony Anex

Suiza rara vez aparece en los titulares por disturbios o protestas multitudinarias. Pero en algunas de sus ciudades las movilizaciones se han multiplicado en los últimos años. ¿Cómo se expresa el descontento en una de las democracias más estables del mundo?

Suiza suele asociarse más con las normas meticulosas que con las convulsiones políticas. Por eso, cuando ocasionalmente se producen episodios de violencia, pueden sorprender a quienes observan desde fuera. En agosto de 2025, cuando Lausana vivió varias noches de disturbios tras la muerte de un adolescente que huía de la policía, la revista británica The Spectator consideró oportuno subrayar que aquello no ocurría en «París o Lyon», sino «a orillas del lago, junto a Ginebra, en la supuestamente tranquila y ordenada Suiza».

Pero ¿es realmente todo así de tranquilo?

Para Marco Giugni, politólogo de la Universidad de Ginebra, el tópico contiene parte de verdad: las protestas en Suiza suelen ser menos radicales que en Alemania, Italia o Francia. Algunas excepciones históricas fueron los movimientos de ocupación de viviendas de los años ochenta, el extremismo de derechas o las protestas antiglobalización. El precedente de 2003 sigue muy presente en la memoria colectiva. Aquel año, una cumbre del G8 celebrada en la vecina Francia desencadenó disturbios en Ginebra. Ahora, la proximidad de la reunión del G7 que tendrá lugar en Evian en junio de 2026 ha reavivado el debate.

En términos generales, sin embargo, si las manifestaciones suizas suelen desarrollarse de forma pacífica es, en gran medida, gracias a su sistema político. La ciudadanía dispone de canales de participación democrática que contribuyen a moderar los ánimos. Además, explica Giugni, el sistema federal ofrece numerosos «puntos de acceso» para plantear reivindicaciones, mientras que las autoridades adoptan una actitud relativamente permisiva hacia las protestas. En Francia, por el contrario, donde la política está más centralizada y las autoridades son más estrictas, las movilizaciones suelen adquirir una dimensión mayor, ya sea con los chalecos amarillos ocupando rotondas o con disturbios protagonizados por jóvenes.

No obstante, añade Giugni, las protestas suizas pueden ser menos violentas y reunir a menos participantes, pero no son menos numerosas. Un estudio publicado en 2020 situaba al país en torno a la media europeaEnlace externo y, desde entonces, ciudades como Berna han constatado incluso un aumento de las movilizaciones. Aunque históricamente las huelgas y las protestas de clase tuvieron menos peso que en otros países, movimientos como el ecologismo o el feminismo adquirieron gran visibilidad en Suiza a partir de finales de los años sesenta. Más recientemente tampoco han faltado las protestas relacionadas con la pandemia de la Covid-19, el sector agrícola o la guerra en Gaza.

Protestas en Suiza a lo largo de la historia:

¿Qué relación existe entre la protesta y la democracia directa?

En un país rico, con amplios derechos de democracia directa y elevados niveles de confianza en la política, ¿por qué salir a protestar? En sistemas más centralizados, muchas personas toman las calles por la frustración de no poder cambiar las cosas de otro modo. En Suiza, en cambio, la ciudadanía puede llevar directamente sus propuestas a la agenda política. ¿Por qué deberían, por ejemplo, los activistas climáticos pegarse al asfalto cuando pueden reunir firmas para lanzar una iniciativa popular?

Sin embargo, las personas que se manifiestan aseguran que no es tan fácil. Muchas de ellas —también quienes pertenecen al movimiento climático— consideran que están respondiendo a una situación de emergencia ante la cual las instituciones, especialmente las suizas, reaccionan con demasiada lentitud. Quieren medidas inmediatas, no dentro de varios años. Además, promover una iniciativa popular requiere dinero, tiempo y contactos. Por otro lado, algunos expertos consideran que el derecho de manifestación es el canal más accesible para quienes no pueden participar en la política institucional.

Giugni sostiene que no existe una división clara entre política y protesta. La gente no sale a la calle únicamente cuando la política deja de funcionar para ella; las manifestaciones constituyen un «complemento» de la participación institucional. Ambos ámbitos también pueden moderarse mutuamente. La oposición a las medidas suizas contra la Covid-19, por ejemplo, generó importantes movilizaciones callejeras. Sin embargo, después de que el electorado respaldara la política gubernamental frente a la pandemia en tres consultas populares distintas, la contestación se redujo considerablemente.

¿Quiénes son los que protestan?

Los datos europeos muestran que Suiza tampoco es una excepción cuando se trata de salir a la calle para protestar. En 2025, el 8 % de la población afirmó haber participado en alguna protesta durante el año anterior. Pero ¿quiénes son esas personas?

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No es fácil definir un perfil exacto, aunque datos más antiguos citados por GiugniEnlace externo identifican algunas características comunes: los manifestantes suizos (ellas y ellos) suelen tener un mayor nivel educativo, pertenecer a la clase media y estar ya implicados en asociaciones o partidos políticos. Además, mujeres y hombres participan en proporciones similares. Naturalmente, eso varía según la causa. Una marcha propalestina difícilmente atraerá al mismo público que una concentración contra el aborto, del mismo modo que una huelga nacional de mujeres no congregará a una mayoría masculina.

Lo que sí parece claro es que quienes participan en las protestas suelen situarse a la izquierda del espectro político. Eso refleja tanto el carácter progresista de muchos movimientos como una concepción distinta de la acción política. En la izquierda, las protestas suelen considerarse un instrumento legítimo de participación política, mientras que la derecha acostumbra a defender una visión más restringida, limitada a las instituciones tradicionales. Al menos así ocurre en Suiza y en los países de su entorno. En Europa del Este, por el contrario, las personas con posiciones más conservadoras son más propensas a manifestarseEnlace externo.

Aun así, no todo gira en torno al activismo de izquierdas. Algunos movimientos son más heterogéneos o escapan por completo a las categorías tradicionales. Las protestas contra las restricciones sanitarias durante la pandemia, por ejemplo, movilizaron lo que algunos investigadores describieronEnlace externo como una «mezcla heterogénea» de perfiles: personas de clase media, de mediana edad, con un buen nivel educativo, inclinaciones esotéricas o conspirativas, una tendencia a percibir sus acciones como heroicas y una cierta «alienación respecto a la democracia liberal».

¿Las protestas suizas logran realmente sus objetivos?

Según Giugni, «la mayoría de las veces no consiguen lo que exigen, o solo obtienen una parte». Eso no resulta sorprendente, ya que algunas reivindicaciones son difíciles de satisfacer. Las autoridades de Zúrich, por ejemplo, no pueden poner fin a la guerra en Gaza. Además, más allá de la propia protesta, el éxito depende del apoyo parlamentario o del respaldo de la opinión pública.

También influye la actitud general hacia las manifestaciones. En Japón, recordaba recientemente la radiotelevisión pública suiza RTSEnlace externo, las protestas son «ridiculizadas por las élites gobernantes como los cambios de humor de quienes no tienen nada mejor que hacer». En Suiza no ocurre lo mismo.

La cobertura mediática desempeña igualmente un papel fundamental. La forma en que la prensa presenta una protesta influye de manera directa en la percepción pública. Los agricultores suizos parecían tenerlo muy presente cuando organizaron, en febrero de 2024, una vistosa concentración de tractores que formaban la palabra «SOS». El movimiento climático, por su parte, ha aprendido que la gran atención mediática obtenida mediante acciones disruptivas, como los cortes de carreteras, no se traduce necesariamente en éxito político. De hecho, la asistencia a sus manifestaciones ha disminuido.

Vista aérea de numerosos tractores que forman la palabra «SOS» en un campo, con los faros de muchos de ellos encendidos
En febrero de 2024, los agricultores suizos se manifestaron en protesta por la situación de su sector, incluido el precio de la leche, sumándose así a manifestaciones similares que tuvieron lugar en toda Europa. Valentin Flauraud / Keystone

¿Está quedando reducido el espacio para la protesta en Suiza?

En los últimos años, ciudades como Berna, Zúrich o Basilea han registrado un aumento de las movilizaciones, lo que ha generado titulares sobre una supuesta situación de «una manifestación cada día»Enlace externo y quejas por parte de algunos comerciantes.

Para Giugni, sin embargo, eso no supone un cambio de paradigma. Las protestas se desarrollan por ciclos y «la situación global de los últimos años ha generado una inestabilidad política y una incertidumbre que favorecen la aparición de movimientos», explica. La incertidumbre abre ventanas de oportunidad para promover cambios.

No obstante, también se han producido reacciones en sentido contrario. En marzo de 2024, el electorado de Zúrich aprobó la denominada iniciativa «antivandalismo», que permite repercutir sobre los organizadores los costes de las protestas no autorizadas. Alegando motivos de seguridad, Berna prohibió las manifestaciones durante más de un mes a finales de 2023, en pleno debate sobre la guerra en Gaza. Y, tras una marcha relacionada con ese conflicto que derivó en violencia en octubre de 2025, la policía publicó fotografías de 31 personas, una medida que suscitó críticas por exponer públicamente a esas personas en internet.

Las críticas también llegaron del exterior. En su informe de 2024Enlace externo, la organización de derechos humanos Amnistía Internacional señaló que las dificultades para obtener autorización para celebrar manifestaciones en Suiza —a menudo debido a que los procedimientos varían de un cantón a otro— pueden disuadir a la ciudadanía de ejercer este derecho. La organización también cuestionó el uso de balas de goma y gases lacrimógenos por parte de la policía.

Especialistas de Naciones UnidasEnlace externo han criticado asimismo al Instituto Tecnológico Federal de Zúrich (ETH) por emprender acciones legales contra estudiantes que protestaban por los vínculos de la institución con entidades israelíes. Además, en 2025, el «atlas mundial de la sociedad civil»Enlace externo elaborado por la ONG alemana Brot für die Welt rebajó la calificación de Suiza de «abierta» a «limitada», citando la violencia policial contra manifestantes propalestinos y la dureza mostrada hacia los activistas climáticos. Según la organización, esta situación forma parte de una tendencia global en la que la libertad de reunión y de protesta está sometida a crecientes presiones.

Pese a estas críticas, Suiza sigue figurando entre los países más respetuosos con el derecho de protesta. Según una clasificación elaborada por el instituto V-Dem, solo cuatro países obtienen mejores resultados en este ámbito.

Editado por Benjamin von Wyl. Texto adaptado del inglés por Carla Wolff. Vídeo por Patricia Islas.

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