El miedo y la angustia por el futuro reinan entre los desplazados del Catatumbo en Ocaña
Hipólito Stainoh
Ocaña (Colombia), 22 ene (EFE).- El miedo y la angustia reinan entre los miles de desplazados llegados a Ocaña después de dejar atrás su vida en la región colombiana del Catatumbo, donde un enfrentamiento entre la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y una disidencia de las FARC, que dura ya una semana, los obligó a huir de su tierra.
Procedentes de distintas aldeas de la zona, los desplazados se amontonan en el coliseo Argelino Durán Quintero, así llamado en memoria de ese político y exministro nacido en Ocaña y que, como ellos, fue víctima del conflicto armado pues fue secuestrado por la guerrilla del Ejército Popular de Liberación (EPL) en enero de 1992 y murió en cautiverio mes y medio después, a la edad de 77 años.
Muchos de los recién llegados acceden a hablar con la prensa, pero pocos dan su nombre por miedo a sufrir represalias si vuelven a sus casas, una posibilidad que por ahora ven remota.
«No, yo por allá es muy difícil que vuelva, muy difícil, tiene que arreglarse mucho para uno volver porque (…) hay mucha violencia», dice a EFE Delma Martínez (nombre cambiado).
La mujer, de 66 años, cuenta que el pasado jueves, cuando comenzaron los enfrentamientos entre los ‘elenos’ y el Frente 33 de las disidencias de las FARC, salió de la vereda (aldea) de Piedras de Moler, en la zona selvática de Teorama, uno de los municipios del Catatumbo.
«Se formó la balacera (tiroteo) y me tocó venirme por (la aldea) Las Chircas porque se puso brava la situación», relata en medio del bullicio del coliseo, donde niños y adolescentes, ajenos a la situación, corretean y juegan en la cancha de baloncesto.
Crisis humanitaria
Según informó el martes de la Defensoría del Pueblo, de las 32.000 personas desplazadas, 15.086 llegaron a Cúcuta, capital de Norte de Santander, 11.503 a Ocaña, segunda ciudad de ese departamento, y 5.300 a Tibú, localidad ubicada en el Catatumbo.
Al llegar al coliseo, son encaminados hacia unos puestos de atención marcados con los nombres de los municipios de los que proceden donde funcionarios les toman los datos en medio de un constante ajetreo por la llegada de alimentos y colchonetas.
También hay puntos de «atención sicológica» y de «asesoría espiritual», y en un campo de fútbol situado en la parte de atrás del coliseo, unos muchachos juegan mientras los adultos preparan comida en grandes ollas.
«Uno queda estigmatizado, con nervios por tanta violencia y tantos niños sufriendo», agrega la mujer.
La mujer añade que aunque han recibido las primeras ayudas, temen por su futuro si la crisis se prolonga.
«Se están portando bien con nosotros porque nos están dando la ‘cabida’ y comida», dice, y añade que también necesitan ropa y útiles de aseo. «Yo soy una persona que no tengo trabajo acá, ya no me llega ni (el subsidio de) la tercera edad (…) eso nos lo quitaron», afirma.
Huyendo de las balas
En la misma situación está Torcoroma, de 37 años, quien llegó a Ocaña junto con su esposo y sus dos hijos, de 16 y 11 años, procedentes de San Pablo, con el miedo en el cuerpo por «el cruce de disparos entre las FARC y el ELN».
Esta ama de casa cuenta a EFE que el estallido de violencia no fue una sorpresa porque «había uno que otro rumor de que había un cese al fuego solo por la temporada de diciembre, pero no sabemos por qué están en esta pelea» pues hasta ahora, en San Pablo «convivían ambos grupos».
«Se vinieron unas 2.000 personas» cuenta, y añade que salieron de San Pablo «con lo único que pudimos echar en unas mochilas y los papeles (documentos)».
Sobre la posibilidad de regresar a San Pablo, una aldea que en años recientes vivió una bonanza por la coca, Torcoroma responde: «No, hay que esperar que algo más se normalice y que no corramos riesgo de volver a nuestras casas». EFE
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