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En Afganistán, una policía con aires de milicia para contraatacar a los talibanes

To go with Afghanistan-unrest-police-militia by Anuj Chopra In this photograph taken on May 23, 2015, Afghan Local Police (ALP) commander Mohammad Jawad (R) looks on as he talks with members of his unit in Kasab village in Kunduz. A peach-fuzzed teenager clad in camouflage fatigues, Mohammad Jawad could be mistaken for a boy scout -- but he commands one of hundreds of Afghanistan's local anti-Taliban police units, accused of stoking insecurity. The US-funded Afghan Local Police (ALP) operate as surrogate village armies to fill a security vacuum in the remote Taliban-infested countryside, supplementing security forces which are stretched on multiple fronts as they face their first fighting season without the aid of NATO troops. AFP PHOTO / SHAH Marai afp_tickers

Con su aspecto de ‘scout’ afgano y tan sólo 19 años, el joven Mohamed Jawad dirige una de esas imponentes milicias antitalibanes financiadas por Estados Unidos, acusadas de alimentar la inseguridad en el país.

Creada en 2010 bajo el impulso de las fuerzas norteamericanas, la policía local de Afganistán (ALP) recluta a los lugareños con el fin de que defiendan ellos mismos las zonas rurales del país, blancos de la insurrección de los talibanes.

Durante las misiones, la ALP se encuentra casi siempre en primera línea frente a los insurgentes, como en la provincia de Kunduz, corredor estratégico del norte afgano aquejado estos días por la «temporada de combates», la primera llevada a cabo sin el importante apoyo de las tropas de la OTAN.

Pero de ‘policía’ a menudo la ALP sólo tiene el nombre. A veces se asemeja, hasta el punto de confundirse, a una milicia pura y dura, con el afán de lucro y la brutalidad como únicas reglas.

En Kunduz, Mohamed Jawad tomó las riendas de la unidad de la ALP de su pueblo de Kasab después de la muerte de su padre, asesinado por desconocidos durante un desplazamiento a Kabul a principios de año. Actualmente, Jawad se encuentra al mando de 100 hombres, la mayoría labradores y pequeños comerciantes. «¿Ve la bandera blanca allí lejos? Son los talibanes», explicó Mohamed, señalando con el dedo la enseña colocada a unos cientos de metros. «Sin la ALP, los insurgentes atravesarían el campo, nos cortarían la cabeza y transformarían el pueblo en un refugio de talibanes», aseguró.

Desde el comienzo de la ofensiva talibán en primavera, su provincia de Kunduz es el escenario del vaivén que enfrenta a las fuerzas de seguridad con los rebeldes islamistas.

En dos ocasiones, los insurgentes llegaron hasta los suburbios de la capital provincial epónima, y en ambos casos, el ejército y la policía los echaron.

La hipotética caída de Kunduz en favor de los talibanes sería un duro golpe para el presidente Ashraf Ghani. Sería la primera gran ciudad en caer en manos de los rebeldes islamistas desde el fin del régimen en 2001.

– Pozos llenos de serpientes –

Para blindar su defensa, el presidente Ghani apuesta en gran parte por la ALP. Según el International Crisis Group (ICG), un instituto de investigación especializado en los conflictos armados, el gobierno afgano pretende así aumentar sus efectivos, pasando de 30.000 a 45.000 hombres.

Ahora bien, la ALP es una milicia «barata», pero «peligrosa», pues la formación de sus hombres es de las más rudimentarias y el gobierno sólo controla someramente sus actividades, lamentó recientemente el ICG en una investigación.

Aún más grave son la corrupción y la impunidad, hasta tal punto extendidas en el seno de algunas unidades que la ALP se confunde, en varias regiones, con una banda criminal organizada.

En la provincia septentrional de Faryab, en la frontera de Turkmenistán, una unidad de la ALP sumergió a sus enemigos en un pozo seco lleno de serpientes, según el International Crisis Group.

Igual de macabro, combatientes de la ALP ataron a un mandatario local, que se quejaba de su comportamiento, en la parte de atrás de una camioneta tipo pick-up y lo arrastraron por una carretera hasta su muerte.

Horrorizados por estas prácticas, algunos afganos se decantarían por los talibanes, con el riesgo de «recrudecer el conflicto en lugar de mitigarlo», concluyó el ICG.

En el terreno, la situación tampoco es mejor. Frente a los talibanes, los hombres de la ALP caen de tres a seis veces más rápido que sus homólogos de las fuerzas de seguridad regulares, a las que a veces acusan de abandonarles en primera línea de los combates.

El comandante Gul Mohamed contó así cómo en mayo los talibanes capturaron a 23 combatientes de su unidad en la provincia de Kunduz, después de un asedio de tres días.

«Enviamos mensajes de radio al ejército afgano para que viniera en nuestra ayuda. Pero nadie llegó», declaró a AFP.

Sus hermanos de armas fueron finalmente liberados gracias a la intervención de ancianos del pueblo, pero el oficial sigue enfurecido.

«Es el trabajo del Ejército el combatir a los talibanes, pero nos vemos (la ALP) obligados a luchar, a sacrificarnos y a morir cada día», dijo mostrando el estado ajado de las armas que les suministran, como su kalachnikov con las cifras grabadas «1963», año de su producción.

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