Tras el alto el fuego, la supervivencia sigue definiendo la vida en Gaza
Nueve meses después del alto el fuego en Gaza, la paz sigue siendo esquiva sobre el terreno. Las colas para conseguir alimentos, los camiones cisterna de agua y las tiendas de campaña desgarradas continúan definiendo la vida cotidiana mientras las familias luchan por satisfacer sus necesidades básicas. Un día transcurrido entre los campamentos de desplazados de Al-Mawasi y Jan Yunis, en el sur de Gaza, muestra que el alto el fuego aún no ha logrado transformar la supervivencia en recuperación.
Una mañana de mediados de junio salí del campamento donde vivo y me dirigí a otros campamentos en los que se habían refugiado amistades y familiares. Quería saber cómo estaban, pero también trataba de responder a una pregunta que me rondaba desde hacía meses: si la ayuda humanitaria está entrando en la Franja de Gaza, ¿por qué la vida cotidiana sigue siendo tan difícil?
Mi primera parada fue para visitar a mi amigo Ahmed, a quien no veía desde hacía semanas. Como tantos habitantes de Gaza, él y su familia viven en una tienda de campaña improvisada. Su madre me dijo que había ido a la takiya, una cocina comunitaria. Me indicó el camino. Tardé unos minutos en llegar a una plaza cercana abarrotada de decenas de personas con ollas vacías en las manos.
Ahmed me vio desde lejos. Me contó que la familia sigue dependiendo en gran medida de las comidas calientes distribuidas por la takiya. Pero la cocina comunitaria no puede proporcionar suficientes comidas para cubrir las necesidades de todas las personas del campamento. Así, Ahmed, que antes estudiaba literatura inglesa en la Universidad Al-Azhar, se encuentra ahora haciendo cola para conseguir comida junto a cientos de personas más.
Cuando comienza el reparto, la multitud se lanza hacia delante. Algunas personas logran llenar sus platos de arroz; otras se van con las manos vacías y regresan a sus tiendas en silencio y decepcionadas. Por un momento sentí una profunda frustración. Era el tipo de escena que esperaba que desapareciera tras el alto el fuego y, sin embargo, sigue repitiéndose a diario.
Pregunté a uno de los trabajadores de la takiya por qué algunas personas seguían sin poder conseguir una comida si la ayuda humanitaria está entrando en Gaza.
«El problema no es solo la disponibilidad de alimentos, sino la irregularidad de las entregas», respondió. «Cuando los suministros se retrasan o cuando las autoridades israelíes restringen o ralentizan la entrada de mercancías, se reduce tanto el número de comidas como el tamaño de las raciones».
Cada envío de ayuda alimentaria debe pasar por una larga cadena de procedimientos y restricciones impuestas por las autoridades israelíes en los pasos fronterizos. Cualquier retraso se refleja rápidamente en las cocinas de las que dependen diariamente miles de personas.
«Algunos días sabemos de antemano que no podremos alimentar a todo el mundo», afirma el trabajador de la cocina.
En busca de agua, medicamentos y refugio
La magnitud de las necesidades es inmensa. Según el Programa Mundial de Alimentos, alrededor de 1,6 millones de personas en Gaza —la mayoría de la población— dependen de la asistencia alimentaria. La Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios informa de una disminución continua de la capacidad para proporcionar comidas calientes en Gaza, junto con una reducción del número de cocinas operativas y dificultades persistentes para la entrega regular de suministros. Save the Children advierte de que el 80 % de los niños y niñas de Gaza se enfrenta a niveles catastróficos de hambre.
La dependencia de la ayuda por parte de la población gazatí va mucho más allá de los alimentos. Más tarde ese mismo día visité a otro amigo, Yousef, cuyo sueño de toda la vida era convertirse en ingeniero. Mientras conversábamos, el insistente sonido de la bocina de un camión cisterna de agua resonó por todo el campamento. Sin dudarlo, interrumpió nuestra conversación.
«Vuelvo enseguida», me dijo. «Necesito llenar los bidones antes de que se acabe el agua».
Lo seguí. En cuestión de minutos, decenas de personas se habían congregado alrededor del camión, aferradas a bidones y recipientes de plástico. La urgencia con la que las familias corrían a llenar sus contenedores delataba su temor a que el suministro se agotara.
Pregunté a uno de los trabajadores encargados de la distribución de agua si escenas como esta eran habituales.
«Sí, esto ocurre todos los días», respondió. «Israel destruyó alrededor del 90 % de las infraestructuras durante la guerra, y las reparaciones siguen avanzando lentamente debido a las restricciones y los obstáculos impuestos por Israel a los esfuerzos de reconstrucción. Como resultado, más del 80 % de la población desplazada depende de los camiones cisterna para abastecerse de agua».
El agua no es esencial únicamente para beber. Sin una cantidad suficiente, las familias no pueden cocinar, lavar la ropa, bañarse ni mantener unas condiciones básicas de higiene. En mesesEnlace externo recientes, los equipos sanitarios y humanitarios han registrado un aumento de las enfermedades relacionadas con el agua y el entorno, provocado por el hacinamiento, el deterioro de los sistemas de saneamiento y la falta de suministros de higiene.
Mi siguiente parada fue un pequeño puesto médico que presta servicio a uno de los campamentos de desplazados. Allí me encontré con mi amigo Khalil, de 26 años, un aspirante a peluquero que se vio obligado a abandonar su formación para cuidar de su padre después de que este resultara herido en un ataque israelí durante el alto el fuego. Aquel día habían acudido para cambiar el vendaje de una herida en la pierna de su padre.
En el interior, la sala de espera estaba llena de pacientes mientras el personal sanitario, desbordado, luchaba por atender la demanda. Pregunté a uno de los profesionales de la salud qué era lo que más necesitaba la población en esos momentos. «Medicamentos», respondió sin vacilar.
También explicó que los medicamentos a menudo solo están disponibles durante breves períodos antes de volver a agotarse, lo que obliga a los pacientes a buscar de un centro a otro. Otras personas necesitan atención especializada fuera de Gaza, pero llevan años esperando permiso para viajar. Incluso cuando el tratamiento está disponible en otro lugar, el acceso dista mucho de estar garantizado.
«Somos un puesto médico y, aun así, la mayor parte del tiempo no conseguimos ni medicamentos básicos ni siquiera vendas para curar heridas», señala el trabajador sanitario. «Uno de nuestros pacientes lleva horas esperando porque todavía no hemos podido encontrar los vendajes necesarios para tratar su herida».
Su testimonio refleja una crisis más amplia. La Organización Mundial de la Salud (OMS) afirma que el sistema sanitario de Gaza se encuentra en un rápido deterioro. Los hospitales sufren una escasez aguda de medicamentos y equipos. Estas carencias son consecuencia de las restricciones impuestas por las autoridades israelíes a la entrada de mercancías, así como de los repetidos ataques contra instalaciones de salud. Médicos y personal de enfermería siguen trabajando bajo una enorme presión mientras soportan muchas de las mismas dificultades que sus pacientes.
La vulnerabilidad colectiva de la población gazatí se hace especialmente visible en las condiciones de alojamiento.
Mi última parada fue para visitar a Yasser, que lleva más de dos años viviendo con su esposa y sus dos hijos en una tienda de campaña. Cuando llegué, intentaba coser una parte desgarrada del techo utilizando viejos retazos de tela. Le pregunté cuántas veces había reparado la tienda.
«He perdido la cuenta», respondió con una sonrisa amarga.
Señaló distintas partes del techo y de las paredes.
«Todas las partes de esta tienda han sido reparadas más de una vez», dijo.
Yasser explicó que su familia había esperado que el llamado alto el fuego permitiera la entrada de mayores cantidades de material para refugios y marcara el inicio de la reconstrucción. Pero para ellos nada ha cambiado. Siguen atrapados en la misma tienda, en el mismo campamento, donde los roedores y los insectos también han encontrado su hogar.
«Esta tienda no puede protegernos del calor del verano ni de los insectos», dijo Yasser. «Por eso pasamos horas junto al mar, como miles de otras familias desplazadas».
Al final de mi recorrido, comprendí que no se trata de historias aisladas, sino de fragmentos de una realidad compartida. En Ginebra, las Naciones Unidas y las organizaciones humanitarias debaten los mecanismos de entrega de la ayuda y elaboran planes partiendo de la premisa de que el acceso humanitario en Gaza debería ser estable y continuo. Pero esa premisa choca con la realidad sobre el terreno.
Las restricciones israelíes en los pasos fronterizos, las cambiantes condiciones de seguridad y las infraestructuras destruidas durante la guerra siguen marcando la vida cotidiana. Aquí, la ayuda se mide en una comida recibida tras horas de espera, un camión cisterna que llega a un campamento abarrotado, un medicamento encontrado después de una larga búsqueda o una tienda de campaña que resiste un día más.
Nueve meses después del alto el fuego en Gaza, me poso una cuestión diferente. Ya no me pregunto si la ayuda está entrando o no en Gaza, sino si está llegando de manera estable y suficiente a las personas que dependen de ella para sobrevivir.
Editado por Dominique Soguel y adaptado al español por Patricia Islas
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