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Hong Kong forja su paisaje inmobiliario a golpe de reconstrucción tras un siglo convulso

Mar Sánchez-Cascado

Hong Kong, 30 nov (EFE).- Hong Kong, tras un siglo de desastres que han marcado su evolución, ha reajustado una y otra vez su paisaje urbano, elevando su perfil vertical, fortaleciendo la vivienda pública y tratando de perfeccionar una ingeniería de mantenimiento que exprime cada metro cuadrado.

En un territorio donde el riesgo puede escalar en minutos, anticiparse no es solo una medida de seguridad, es el cimiento que sostiene la confianza del mercado.

Para el sector inmobiliario, la conclusión tras un siglo de fatalidades es rotunda: la seguridad no es un añadido, es parte esencial del valor.

Incendios, derrumbes y tifones marcaron durante décadas el ritmo de su expansión urbana y forzaron cambios profundos en la forma de construir en una metrópolis que durante años confió en una administración poco intrusiva y en la iniciativa privada.

La serie de grandes incendios arranca en 1918, cuando una grada temporal de bambú y hojas de palma en el hipódromo de Happy Valley cedió y ardió en minutos, causando más de 600 muertos.

Tres décadas después, en 1948, la explosión de un almacén de Wing On, en Shek Tong Tsui, desencadenó un fuego que tardó seis días en extinguirse y dejó 176 víctimas. Ambos episodios, distantes en el tiempo pero unidos por la desregulación, expusieron la fragilidad de las estructuras precarias y la falta de criterios sobre materiales y evacuación.

El punto de inflexión llegó tras la Segunda Guerra Mundial. En apenas unos años, la población saltó de 600.000 habitantes a casi dos millones.

La presión demográfica llevó a miles de recién llegados a levantar asentamientos con madera y chapa en laderas, azoteas y vacíos urbanos: barrios densos, sin calles claras ni cortafuegos, donde una llama podía convertir una colina entera en cenizas antes de que llegara ayuda.

Entre 1950 y 1953 se sucedieron incendios devastadores y, cerca de la antigua ciudad amurallada de Kowloon, más de 20.000 personas perdieron su hogar en horas. La administración apenas podía ordenar un territorio que crecía más rápido que su capacidad de controlarlo.

El incendio de Shek Kip Mei, en la Navidad de 1953, fue el giro definitivo. Provocado por un accidente doméstico, dejó tres muertos y 50.000 desplazados. La magnitud obligó al Gobierno colonial a romper inercias y actuar con decisión: levantar bloques de hormigón de seis plantas para realojar a la población de forma rápida y masiva.

De esa urgencia nació el embrión del sistema de vivienda pública que, con el tiempo, evolucionó en tamaño, calidad y servicios hasta acoger hoy a cerca de un tercio de los habitantes de la ciudad. Un salto que cambió para siempre el paisaje y la cultura urbana.

La capacidad de respuesta también tuvo que reformularse. A mediados de los años sesenta se implantó un sistema de cinco niveles para organizar el despliegue de bomberos, pero las tragedias siguieron marcando el calendario.

En 1957, un incendio en Mong Kok mató a casi 60 personas; en 1962, otro en Cheung Sha Wan dejó 47 víctimas. Con Hong Kong creciendo en altura, el diseño de los edificios incorporó salidas de escape protegidas, plantas de refugio, puertas cortafuego y rociadores, herramientas imprescindibles para frenar la propagación vertical del fuego.

Las décadas posteriores añadieron nuevas advertencias. En 1996, el incendio del Garley Building, un edificio comercial en reforma, se extendió por falsos techos y huecos sin sellar y dejó 41 muertos. En 2008, el fuego de Cornwall Court se cobró cuatro vidas, incluidas las de dos bomberos.

Las investigaciones señalaron fallos de coordinación, escasa supervisión en obras y mantenimiento deficiente. En respuesta, Hong Kong reforzó controles, formación y revisiones de instalaciones, elevando progresivamente la exigencia normativa.

Otros desastres ampliaron el campo de batalla. Los deslizamientos de los años setenta forzaron un programa masivo de estabilización de taludes. El brote de SARS en 2003 destapó fallos graves en desagües y ventilación y redefinió la salud como un pilar arquitectónico.

El colapso de un inmueble en 2010 aceleró las inspecciones obligatorias para edificios antiguos. Y el supertifón Mangkhut, en 2018, obligó a revisar desde el arbolado urbano hasta el uso de los omnipresentes andamios de bambú.

La actualidad ha devuelto el foco con el voraz fuego en Wang Fuk Court, en Tai Po, que se propagó con rapidez y afectó a siete de los ocho bloques del complejo residencial público.

El caso ha reactivado preguntas esenciales como qué materiales se emplean en reformas, cómo se fiscalizan las obras y cuán preparada está la gestión interna de los edificios en una urbe extremadamente vertical y ventosa. EFE

msc/gbm/lab

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