La IA y su falsa promesa climática
La inteligencia artificial se presenta como una herramienta eficaz para combatir el cambio climático. Sin embargo, un nuevo estudio apunta a que, por ahora, esta tecnología contribuye más a promover la industria del petróleo y el gas que a reducir las emisiones, sostiene Peter Freudenstein, de AlgorithmWatch CH.
Según un nuevo estudio, el uso de la IA en la industria energética podría generar hasta 1.800 millones de toneladas adicionales de CO₂ al año, una vez descontadas las emisiones que permite ahorrar. Esa cifra equivale a casi el 3 % de las emisiones mundiales anuales de CO₂.
Hasta ahora, esta relación solo se había podido documentar mediante ejemplos concretos. Amazon, Microsoft y Google, por ejemplo, tienen cada una una página web dedicada a sus clientes de la industria del petróleo y el gas. Las empresas petroleras estatales no dudan en presumir de cómo la IA aumenta sus volúmenes de extracciónEnlace externo.
Ahora, una revista científica del grupo Nature PortfolioEnlace externo ha cuantificado por primera vez esta relación entre el uso de la IA en el sector energético y las emisiones de CO₂. Es cierto que la IA permite reducir emisiones al facilitar el desarrollo de las energías renovables. Sin embargo, el estudio concluye que el aumento de las emisiones derivado de su uso para ampliar la extracción de petróleo y gas supera con creces ese ahorro.
Por tanto, los mensajes publicitarios de las grandes tecnológicas, que presentan la IA como una solución milagrosa y una aliada del clima, quedan en entredicho. El debate actual sobre el impacto climático de la IA se centra sobre todo en los centros de datos, pero esa perspectiva se queda corta. Al menos igual de importante es preguntarse para qué se utiliza esta tecnología y qué consecuencias tiene su uso para la crisis climática.
Es cierto que la huella física de la infraestructura de IA, con centros de datos cada vez más grandes, está creciendo a gran velocidad y debe regularse.
En Texas, por ejemplo, Amazon quiere construir un centro de datosEnlace externo que funcionaría con 35 turbinas de gas y que ha obtenido un permiso medioambiental para emitir hasta 33 millones de toneladas de CO₂ al año. A modo de comparación, Suiza emite unos 40 millones de toneladas anuales.
La oposición local a estos proyectos va en aumento y está empezando a surtir efecto. En Estados Unidos, especialmente ante las elecciones de mitad de mandato de este otoño, políticos de ambos partidos compiten por mostrar su rechazo a la construcción de centros de datos en sus comunidades.
En Suiza también han surgido las primeras protestas contra los centros de datos proyectados, como ocurre en Beringen, en el cantón de Schaffhausen. Cada vez se alzan más voces a favor de establecer moratorias temporales o, al menos, de dedicar más tiempo a estudiar si tiene sentido construir nuevos centros de datos y por qué. Este debate es fundamental.
Por qué los centros de datos generan cada vez más críticas en Suiza:
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¿Por qué nadie quiere un centro de datos al lado?
Igual de importante es preguntarse si el efecto indirecto de la IA está agravando aún más la crisis climática y de qué manera. Para entenderlo resulta útil el concepto de «emisiones inducidas» (Enlace externoenabled emissionsEnlace externo)Enlace externo. El término fue acuñado por dos antiguos empleados del departamento de sostenibilidad de Microsoft. Describe cómo tecnologías como la IA permiten aumentar la extracción de combustibles fósiles al hacerla más eficiente de lo que sería sin ellas. Y eso ya está ocurriendo.
La industria de los combustibles fósiles fue una de las primeras en reconocer el potencial de la IA. En un vídeo promocional de la petrolera estatal noruega EquinorEnlace externo se afirma que, el año pasado, la IA contribuyó a descubrir 27 nuevos yacimientos de petróleo y gas y permitió aumentar la extracción hasta en 4.000 millones de barriles de petróleo.
Por su parte, el director ejecutivo de Saudi AramcoEnlace externo declaró a la agencia de noticias Bloomberg que la IA permite a la compañía mantener los costes de producción en torno a los tres dólares por barril. Este ejemplo práctico deja claro que la IA contribuye al crecimiento de la industria de los combustibles fósiles.
El sector tecnológico está encantado de atender esta demanda. Una empresa de IA puede afirmar, por un lado, que sus centros de datos se construyen de forma más eficiente y con un menor consumo de recursos, e incluso conseguirlo. Pero, al mismo tiempo, sus servicios de IA abaratan la extracción de combustibles fósiles, favorecen un aumento de la producción de petróleo y, en consecuencia, provocan un incremento considerable de las emisiones de CO₂.
Este aspecto no se tiene suficientemente en cuenta ni en los principales estándares ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) ni en las normativas sobre clima e inteligencia artificial.
¿Cómo afrontar esta situación? La respuesta habitual de la política y la industria es confiar en la innovación y la autorregulación. El propio Consejo Federal (Gobierno suizo) deja al margen la sostenibilidad de la IA en su planteamiento de la futura regulaciónEnlace externo y apuesta, en cambio, por «códigos de conducta sectoriales»Enlace externo y medidas no vinculantes.
Sin embargo, si la autorregulación funcionara, las empresas y organizaciones no estarían rebajando discretamente, una tras otra, sus propios objetivos climáticosEnlace externo.
Por eso, además de endurecer los procedimientos de autorización de los centros de datos, es fundamental que las empresas tecnológicas sean más transparentes sobre su colaboración con la industria del petróleo y el gas.
Eso exige abordar con honestidad el impacto de sus productos en la crisis climática. Unas obligaciones legales más estrictas de transparencia y responsabilidad sobre los servicios de IA destinados a la extracción de petróleo y gas contribuirían a exigir cuentas a estas empresas.
Desde el punto de vista técnico, los estándares internacionales de contabilidad de emisiones de CO₂, como el Protocolo de Gases de Efecto Invernadero (GHG Protocol), el principal referente mundial en este ámbito, deberían incluir el cálculo de las emisiones que la IA hace posibles. Eso obligaría también a quienes invierten a examinar el impacto climático de los productos de las empresas tecnológicas antes de decidir dónde colocar su dinero.
Pero, sobre todo, debemos replantearnos el uso que hacemos de la IA. Es cierto que los modelos especializados y eficientes en el consumo de recursos pueden ser una herramienta para proteger el clima. Y deberíamos ver muchos más usos de este tipo.
Sin embargo, mientras la IA se utilice para seguir vertiendo CO₂ a la atmósferaEnlace externo, su promesa de sostenibilidad seguirá siendo papel mojado. Si las empresas tecnológicas quieren presentarse como salvadoras del clima, lo mínimo que pueden hacer es actuar con mayor transparencia.
Una medida coherente con la protección del clima sería poner fin directamente a la colaboración que mantienen con la industria del petróleo y el gas. Sin embargo, en un contexto de veranos cada vez más calurosos y pese al consenso científico sobre la necesidad de abandonar los combustibles fósiles lo antes posible, la realidad apunta más bien a una «IA para el petróleo y el gas» que a una «IA para el clima».
Las opiniones expresadas por el autor no reflejan necesariamente las de Swissinfo.
Artículo editado por Veronica De Vore y adaptado al español por Carla Wolff.
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