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Alain Werner, una vida contra la impunidad

Alain Werner
Alain Werner es el director de Civitas Maxima, ONG que fundó en Ginebra el año 2012. Vera Leysinger / SWI swissinfo.ch

El abogado ginebrino Alain Werner lleva casi veinticinco años acompañando a víctimas de crímenes de guerra que buscan justicia. Una lucha con la que el director de la ONG Civitas Maxima continúa incluso cuando la justicia internacional se tambalea.

¿Cómo se llega a documentar crímenes de guerra para llevar a las personas culpables ante los tribunales? Según el director de la ONG ginebrina Civitas Maxima, Alain Werner, casi por casualidad.

«No sé si a la hora de elegir estudiar Derecho tuve mucha libertad», responde, midiendo cuidadosamente sus palabras. Con un padre especialista en arbitraje internacional, una madre capellán de prisión y un abuelo juez, la llamada de la justicia era demasiado fuerte.

«Al final, me lancé a una carrera lo suficientemente jurídica como para complacer a mi padre y con un lado lo bastante humano como para complacer a mi madre», dice sonriendo este hombre que no duda en describirse como «buen chico».

«Pero mi gran suerte fue que empecé a estudiar Derecho en la Universidad de Ginebra en 1993, que coincidió con el renacimiento de nuestro ámbito», añade. A punto de cumplir 54 años, todavía le brilla la mirada cuando evoca aquella época.

Una justicia internacional en pleno auge

Aquel año se acababa de crear el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia. Al que le seguiría el de Ruanda un año después.

«Tras unos 50 años en suspenso, entre el final del juicio de Núremberg y la caída del Muro de Berlín, la justicia internacional experimentó entonces un auge», explica Alain Werner.

En las aulas de la facultad de Derecho, asiste al seminario del profesor Robert Roth, futuro juez del tribunal especial para el Líbano. Una vez obtuvo el título de abogado, se marchó a la prestigiosa Universidad de Columbia en Nueva York. Allí descubrió a otra figura destacada de su futuro ámbito profesional: el denominado «cazador de dictadores». Es decir, el abogado estadounidense Reed Brody, de la ONG internacional de defensa de los derechos humanos Human Rights Watch.

«Para mí era una estrella. Intentábamos hacerle guiños desde el auditorio para trabajar con él, pero apenas nos miraba. Ya tenía sus equipos», bromea. Alain Werner no podía imaginar por aquel entonces que, durante varios años, acabarían colaborando en el juicio contra el exdictador chadiano Hissène Habré.

Alain Werner
Cuando repasa las principales etapas de su trayectoria, los largos brazos de Alain Werner cobran vida. Vera Leysinger / SWI swissinfo.ch

A medida que desarrolla su relato, Alain Werner multiplica las referencias a amigos y colegas a los que admira, a lugares que ha visitado o a hechos históricos que salpica con detalles jurídicos. Todo ello a una velocidad de vértigo. En medio de una frase, se disculpa, se detiene, retrocede y luego da un salto hacia adelante; movimientos de su mente que su cuerpo —muy animado en su asiento— parece imitar.

En 2003 —un año después de crearse la Corte Penal Internacional en La Haya— finalizó sus estudios en Nueva York. «Recuerdo que pensé: “Si los avances continúan a este ritmo, dentro de veinte años habremos ganado. La impunidad ya no será la norma, sino la excepción”», afirma con convicción.

El juicio a Charles Taylor

De vuelta en Suiza, Alain Werner solo tenía un deseo: volver a marcharse lo antes posible. En 2003, la Confederación lo envió como experto al Tribunal Especial para Sierra Leona. El país acababa de salir de una sangrienta guerra civil. Alain Werner permanecerá durante tres años en Freetown, la capital.

«¡Una oportunidad increíble!», exclama. Durante nuestra entrevista, el abogado —modesto— menciona en repetidas ocasiones la palabra oportunidad, haciendo casi olvidar su inmenso trabajo para hacerse un hueco en el reducido círculo de la justicia penal internacional.

Un suceso en 2006 aceleró su trayectoria. El expresidente liberiano, Charles Taylor, fue detenido en Nigeria y luego trasladado a Freetown. Se le acusaba de haber apoyado —desde la vecina Liberia— a los rebeldes del Frente Revolucionario Unido (RUF, por sus siglas en inglés), autores de atrocidades inimaginables en Sierra Leona. Desde Núremberg, Charles Taylor fue el primer exjefe de Estado en ser condenado ante un tribunal internacional.

«Nadie había pensado jamás que eso fuera a pasar», recuerda Alain Werner. Por entonces, era uno de los pocos abogados de la Fiscalía que conocía los crímenes que había cometido el RUF. Le propusieron quedarse para ayudar a establecer el vínculo entre esos abusos y Charles Taylor. Tras aquello, durante meses recorrió África Occidental en busca de combatientes arrepentidos que hubieran recibido órdenes del presidente derrocado. «Me pasé todo el 2008 en las vistas de La Haya. Se escuchó a unos 100 testigos, entre ellos una treintena de personas con información privilegiada. Fue una experiencia alucinante».

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Lo más cerca posible de las víctimas

En 2009, su amigo, el abogado británico Karim Khan —que en 2021 se convertiría en fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI) antes de ser destituido del cargo en 2026—, le propuso unirse a él en Nom Pen, la capital de Camboya. En el primer juicio contra un responsable de los Jemeres Rojos [grupo guerrillero y político que gobernó Camboya entre 1975 y 1979], juntos iban a representar a unas treinta víctimas. Alain Werner acepta sin dudarlo, a pesar de que no le pagan.

«Soñaba con poder tener un papel más directo con las víctimas», cuenta. A diferencia del juicio contra Charles Taylor, en el que solo podían testificar, las víctimas de los Jemeres Rojos tuvieron la posibilidad de constituirse en parte civil. El abogado defendió a un grupo de familiares de detenidos torturados y ejecutados en el centro de detención S-21, donde se registraron entre 12.000 y 20.000 víctimas.

A Alain Werner se le quiebra la voz cuando confiesa que para él darse cuenta de que, treinta años después de los hechos, su dolor todavía estaba vivo y su necesidad de justicia era igualmente acuciante «fue una bofetada». Y, nuevamente midiendo sus palabras, añade: «Quizá sea eso lo que ha consolidado mi compromiso con las víctimas».

Alain Werner
«Estoy del lado de las víctimas, pero sin dogmatismo y con humildad», dice Alain Werner. Vera Leysinger / SWI swissinfo.ch

Aunque ha decidido no defender nunca a los verdugos, desconfía de la etiqueta de «héroe» que se le podría atribuir.

Se empeña en subrayar: «Siempre he sentido un enorme respeto y admiración por los abogados defensores», que realizan «un trabajo mucho más difícil» y que el gran público valora mucho menos, como él bien sabe.

Cuando era adolescente, Alain Werner vio cómo, tras un juicio muy mediático, su padrastro —el banquero ginebrino Robert Leclerc— fue condenado por un caso de fraude. En aquella época, el joven veía al principal abogado de la familia, un gran penalista, como una especie de «Zorro que luchaba solo contra todos, el escudo definitivo contra la maquinaria judicial».

Y añade: «Por lealtad a mi historia familiar, debería haber intentado convertirme en un gran abogado penalista en Ginebra». Vestido con un elegante traje gris claro sin corbata, de aquel entonces hoy solo conserva el uniforme.

Una justicia presionada

Al fundar Civitas Maxima en 2012, Alain Werner pretendía contribuir —a su nivel— a una justicia internacional más equitativa, sin «puntos ciegos», esos ángulos muertos que hacen que algunos dirigentes eludan la justicia por razones políticas. Una ambición que reconoce que ahora va «totalmente a contracorriente».

Observa con amargura, asimismo, las presiones a las que la CPI se ve sometida. Una institución que está en el punto de mira de la Administración de Donald Trump, que le reprocha haber dictado órdenes de detención contra dirigentes israelíes, entre ellos el primer ministro, Benjamín Netanyahu. El presidente estadounidense ha prometido desmantelar la CPI «ladrillo a ladrillo», al tiempo que presiona a los Estados para que se retiren de ella. Tras sancionar a algunos de sus jueces y fiscales, Estados Unidos ha impuesto nuevas sanciones, en esta ocasión, dirigidas a la Corte en su conjunto. Una medida sin precedentes.

«Nunca habría pensado que la situación llegaría a ser tan catastrófica», apunta Alain Werner. Pero, aunque denuncia los ataques políticos contra la CPI, eso no le impide adoptar una mirada crítica sobre los logros de este organismo, cuyo presupuesto ronda los 200 millones de euros anuales. «La CPI ha movilizado más de 2.000 millones de euros para diez condenas en casi 25 años: la gran mayoría se refieren a rebeldes; todos, africanos», lamenta.

«Ahora hay que luchar a nivel nacional», dice un convencido Alain Werner. Una lucha que pasa por el refuerzo de las unidades especializadas en crímenes de guerra y de la jurisdicción universal, que permite a los Estados enjuiciar a los autores de los delitos más graves, incluso cuando se hayan cometido en el extranjero.

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Lucha contra la impunidad

Tras 14 años al frente de Civitas Maxima —cuyo presupuesto anual en estos momentos asciende a 2,5 millones de francos—, Alain Werner puede presumir de varios éxitos. El minucioso trabajo de recopilación de pruebas que a diario realiza su equipo —formado por unas veinte personas— ha permitido llevar a varias personas implicadas en guerras civiles ante la justicia.

Entre ellas, al exlíder rebelde liberiano Alieu Kosiah, que en 2021 el Tribunal Penal Federal de Bellinzona —en el primer juicio de este tipo ante un tribunal no militar en Suiza— condenó por crímenes de guerra y en 2023, en apelación, por crímenes contra la humanidad. Una novedad en Suiza. A este balance se suman otras cuatro condenas penales en Francia y en Estados Unidos, así como «una docena de detenciones u órdenes de detención», enumera el abogado, a quien le cuesta ocultar su orgullo ante el camino recorrido. Hay otros casos en marcha en otras partes del mundo, precisa con picardía. Casos que de momento siguen siendo confidenciales.

A pesar del retroceso de los tribunales internacionales y del aumento del clima de impunidad, este padre de dos niñas se niega a ceder ante el pesimismo. «Cuanto mayor es la catástrofe, más debemos adoptar una actitud de resistencia», insiste. «Lo que está en juego es saber si seguirá existiendo, para nuestros hijos y para las generaciones futuras, la idea de que estos delitos, tan graves y que nos conciernen a todos, deben ser castigados».

Artículo adaptado al español por Lupe Calvo. Revisado por Carla Wolff.

Este retrato es el segundo de una serie dedicada a quienes encarnan los cambios de la Ginebra internacional. El próximo estará dedicado a Beatrice Ferrari, directora de Asuntos Internacionales del cantón de Ginebra, en un momento en que la ciudad se enfrenta a la retirada de algunos cantones.

1.º episodio: Alain Délétroz, cómo convencer a los señores de la guerra de que no ataquen a la población civil

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