El arte de recrear el cine en otra lengua
A menudo criticados, pero pocas veces valorados, los subtítulos llevan casi un siglo siendo esenciales para el cine internacional. Vinzenz Hediger, director de la Cinemateca Suiza, explica por qué, en un país multilingüe como Suiza, también son una parte fundamental de la historia del cine.
Cuando Sony Pictures distribuyó Tigre y dragón en los cines estadounidenses en 2000, recurrió a una ingeniosa estrategia para atraer al público a ver una película extranjera en otro idioma. El tráiler no mostraba ninguna escena con diálogos en mandarín, sino que recurría a una voz en off en inglés para resumir el argumento.
Las películas subtituladas representan entre el 1,1% y el 2% de la taquilla en Estados Unidos. En la Unión Europea, alrededor del 53% de los estrenos cinematográficos se exhiben exclusivamente doblados, un 29% se proyectan tanto en versión doblada como subtitulada y una proporción menor se ofrece únicamente en versión original con subtítulos. Aun así, Tigre y dragón sigue siendo la película en lengua no inglesa más taquillera de la historia en Estados Unidos.
El éxito de la película demuestra que la traducción puede ampliar el alcance internacional de una obra y convertir los subtítulos en una parte esencial de la experiencia cinematográfica, aunque a menudo pase desapercibida. En la era actual, marcada por una globalización extrema y en la que los subtítulos nos permiten acceder a películas de cualquier rincón del mundo, su papel es cada vez más importante, pese a que sigue siendo prácticamente invisible.
Sin embargo, el traductor «también está realizando un acto creativo», explica a Swissinfo Vinzenz Hediger, director de la Cinemateca Suiza. Hediger habla sobre el papel de la traducción en el ámbito de los archivos cinematográficos, especialmente en el contexto suizo. A su juicio, el concepto de «transcreación» exige una gran dosis de creatividad por parte del traductor para conseguir que una película «pueda vivir en otro entorno lingüístico».
Subtítulos o doblaje: esa es la cuestión
Hasta la llegada del cine sonoro, a finales de la década de 1920, el cine había alimentado la promesa de un lenguaje universal. Durante la época del cine mudo, los intertítulos —cartelas con texto impreso o escrito a mano que se insertaban en la película para mostrar diálogos, narrar o aportar detalles sobre la historia— podían sustituirse fácilmente por versiones en otros idiomas. Así, las imágenes en movimiento permitían superar las barreras lingüísticas.
Sin embargo, con la llegada del sonido a finales de los años veinte aparecieron también los subtítulos. Aunque seguía recurriendo a intertítulos para los diálogos, El cantor de jazz (1927) fue la primera película subtitulada. Mientras tanto, Hollywood destinó grandes sumas a lo que denominaba versiones multilingües de una misma película. El procedimiento consistía en utilizar los mismos decorados y el mismo equipo técnico, pero cambiar de actores para rodar varias versiones en distintos idiomas de forma simultánea. Durante la década de 1930, el subtitulado y el doblaje se desarrollaron en paralelo.
Mientras tanto, en Europa, los países se dividieron en dos grandes grupos: los que optaron por subtitular las películas extranjeras y los que prefirieron doblarlas al idioma local. Suiza, dada su diversidad lingüística, se decantó por los subtítulos, tanto por «razones históricas que se remontan a la década de 1930 como por motivos puramente económicos», explica Hediger.
Según el director de la Cinemateca Suiza, en Zúrich y Lausana el público sigue prefiriendo las películas subtituladas, incluso los estrenos comerciales. Esta tendencia refleja la continuidad de las políticas adoptadas hace casi un siglo, cuando apareció el cine sonoro. Curiosamente, las investigacionesEnlace externo demuestran que dar prioridad a los contenidos subtitulados ha contribuido a mejorar el dominio del inglés en países como Suiza, Portugal y Noruega.
La figura del traductor siempre ha permanecido en un segundo plano, una invisibilidad que ahora se acentúa con el auge de las plataformas de streaming y la inteligencia artificial (IA). Sin embargo, estas figuras fantasma siguen presentes tanto en las copias cinematográficas y las emisiones digitales como en los libros.
Desde los primeros años del cine, pocas veces se ha reconocido el trabajo de quienes han permitido que el público internacional se entienda. Los estudios compraban directamente las traducciones, sin conceder derechos de autor ni incluir los nombres de sus responsables en los créditos. A día de hoy, muchos países siguen sin reconocer los derechos de autor de quienes subtitulan. Los gigantes del streaming y las plataformas de vídeo bajo demandaEnlace externo han llevado esta dinámica aún más lejos al incorporar el subtitulado a sus propios equipos y recurrir cada vez más a la traducción automática y a la IA. El resultado es que la figura del traductor humano se está borrando más rápido que nunca.
El doblaje ofrece un contraste evidente: el reconocimiento forma parte del propio oficio. Determinados actores de doblaje quedan asociados para siempre a grandes estrellas de Hollywood. En España, Rosa Guiñón se convirtió en la voz por excelencia de Meryl Streep, mientras que Philippe Peythieu es la voz del icónico Homer Simpson en francés. Quienes subtitulan, en cambio, siguen siendo los escritores fantasma del cine.
Como señala Hediger, «el trabajo de traducción es una de las tareas intelectuales menos agradecidas que se puedan imaginar». No hay subtituladores célebres. Aunque algunos actores conocen los nombres de quienes les doblan en otros idiomas, la mayoría de los cineastas ni siquiera se interesa por saber quién ha subtitulado sus películas.
La Suiza multilingüe en la pantalla
Distribuir películas en Suiza implica desenvolverse en un panorama lingüístico especialmente complejo. Cada película debe llegar tanto al público francófono como al germanófono, al tiempo que se diseñan estrategias específicas para el mercado, más reducido, de habla italiana. Aquí, la traducción no es un detalle secundario, sino una necesidad comercial ineludible.
Este complejo equilibrio se conserva en los archivos de la Cinemateca Suiza, que alberga una de las colecciones cinematográficas más importantes del mundo. Como explica Hediger, «todo se debe a que, en los primeros años de la institución, sus responsables llegaron a un acuerdo con los distribuidores suizos: una vez que una película había terminado su recorrido comercial, estos depositaban todas las copias en la Cinemateca, que conservaba las cinco u ocho mejores».
Gracias a ello, se han preservado prácticamente todas las películas proyectadas en Suiza desde 1952, junto con sus correspondientes subtítulos en francés y alemán. Para el mercado italófono, los distribuidores solían importar copias italianas que ya estaban dobladas o subtituladas.
Sin embargo, adaptar el cine a las distintas regiones de Suiza va mucho más allá de las barreras lingüísticas habituales. Hediger subraya que la lengua está profundamente ligada al territorio: «Los dialectos siempre son propios de una región, pero en Suiza, si creces hablando suizo alemán como lengua materna, puedes localizar la procedencia de una persona con un margen de unos 30 kilómetros con solo escucharla hablar».
Reproducir esos acentos y matices sociales en la pantalla es una tarea delicada para cualquier traductor y resulta prácticamente imposible transmitirlos por completo en el espacio limitado de una línea de subtítulos.
¿Qué se descubre realmente al traducir?
Cuando se habla de subtítulos, las críticas suelen limitarse a señalar si son «malos». El público tiende a centrarse en lo que se pierde en la traducción, en lugar de ver el subtitulado como una parte esencial del proceso creativo, aunque la relación entre ambos parezca evidente cuando nos paramos a pensar en ella.
Al profundizar en el debate sobre la traducción, Hediger alude al concepto de transcreación: una forma de traducir que se aleja de la literalidad para dar prioridad al tono y la carga emocional. Desde esta perspectiva, no se trata tanto de reconocer lo que se «pierde» en el significado al traducir, sino de descubrir lo que se transforma.
Quizá lo que se pierde al subtitular una película son los matices propios de cada lengua o dialecto. Las películas están ligadas a un lugar, al igual que las lenguas que hablamos. Hediger recuerda una experiencia reciente en la que asistió a la proyección de una película nigeriana en hausa que la Cinemateca Suiza restaurará próximamente [hausa es una lengua africana que se habla principalmente en el norte de Nigeria y en el sur de Níger, aunque también tiene comunidades de hablantes en otros países de África occidental]. La sesión tuvo lugar «en una sala llena de hablantes nativos de hausa». Para él, la experiencia fue «totalmente injusta, porque se pasaron media película riéndose mientras yo me preguntaba qué demonios estaba pasando. ¿Qué nos estamos perdiendo?».
En este sentido, los subtítulos pueden parecer a menudo una muleta que nos permite seguir la historia lo mejor posible. Por otro lado, cuando leemos el texto en pantalla, nos resulta difícil captar los matices de los diálogos, sobre todo si la cultura de la película nos es completamente ajena.
Durante una visita a El Cairo, Hediger y su esposa vieron películas locales sin traducción y tuvieron que reconstruir el argumento poco a poco, como quien resuelve un acertijo. Él recuerda la experiencia como algo «intelectualmente estimulante». Este ejercicio evoca la provocadora idea de Henri Langlois, según la cual lo mejor es ver las películas extranjeras sin subtítulos.
Los subtítulos suelen considerarse puentes invisibles entre lenguas, pero, desde un punto de vista teórico, también constituyen testimonios históricos únicos. En las copias conservadas en los archivos, la pista de subtítulos ofrece una prueba tangible de cómo una obra cruzó fronteras en un momento determinado. Refleja los matices lingüísticos, las decisiones ideológicas y los estándares técnicos de su época, por lo que la traducción resulta inseparable de la identidad de la película como documento de archivo.
Esta dimensión teórica se aprecia especialmente en colecciones especializadas como la del Arsenal Filminstitut de Berlín. Fundado originalmente para dar visibilidad al cine alternativo y emergente, el instituto mantiene desde la década de 1970 la práctica de conservar una copia subtitulada de cada película proyectada en su programa Forum.
Al hablar con Hediger sobre las prácticas archivísticas internacionales, este señala una realidad llamativa: en muchos casos, la copia subtitulada del Arsenal es la única que se conserva de esas películas. Lo que en un principio no era más que una traducción destinada a una proyección local acabó convirtiéndose también en una forma de preservar la obra de manera definitiva.
En España, el doblaje forma parte de la cultura audiovisualEnlace externo y ha contribuido a que varias generaciones disfruten del cine internacional en su propio idioma. Los actores de doblaje no se limitan a traducir los diálogos: interpretan a los personajes, transmiten sus emociones y recrean los matices del original para que la historia resulte natural en castellano. Aunque su trabajo suele quedar en un segundo plano, algunas de sus voces se han vuelto tan reconocibles como los rostros de las estrellas a las que doblan.
Entre las figuras más emblemáticas destacaEnlace externo Constantino Romero, cuya voz grave e inconfundible dio vida a Darth Vader y Mufasa. Ramón Langa se convirtió en la voz habitual de Bruce Willis y también dobló a Kevin Costner; Pepe Mediavilla quedó asociado a Gandalf y Morgan Freeman. Otros nombres destacados son Jordi Brau, voz habitual de Tom Hanks y Robin Williams, y María Luisa Solá, vinculada durante años a actrices como Susan Sarandon y Glenn Close. En televisión, Carlos Ysbert ha hecho suyo el personaje de Homer Simpson para el público español.
El doblaje es, por tanto, mucho más que una cuestión técnica: es una forma de interpretación que exige talento, precisión y creatividad para trasladar una obra a otra lengua sin perder su fuerza expresiva. Aunque las voces de estos profesionales no siempre reciben el reconocimiento que merecen, han contribuido a construir la memoria cinematográfica de varias generaciones. Su labor se extiende hoy también a las series, los videojuegos, los documentales y la publicidad, en un sector que sigue adaptándose a las nuevas formas de consumo audiovisual.
Artículo editado por Virginie Mangin y Eduardo Simantob. Adaptado al español con información adicional por Carla Wolff.
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