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¿Sirve el sistema federal suizo para la cuestión kurda?

Dos manifestantes a favor de la autonomía kurda
Dos mujeres kurdas que el 31 de enero de 2026 participaron en una concentración en Berna a favor de la autonomía kurda. Keystone / Peter Klaunzer

Algunas personas activistas e intelectuales kurdas que residen en Suiza creen que las estructuras democráticas helvéticas pueden servir como modelo para reflexionar sobre la situación del pueblo kurdo.

Con una población estimada de entre 40 y 50 millones de personas, el pueblo kurdo se considera uno de los pueblos más populosos del mundo sin un país propio. Su territorio histórico quedó repartido entre cuatro Estados —Turquía, Irán, Irak y Siria— mediante un tratado que se firmó en la ciudad suiza de Lausana después de la Primera Guerra Mundial.

Para defender su lugar en estos países, durante décadas, el pueblo kurdo ha librado luchas políticas y militares con distintos resultados según los países. En Siria, por ejemplo, tras negociar con Damasco, recientemente la autonomía kurda en el norte del país se ha disuelto. En Turquía, por el contrario, con el objetivo de que los militantes kurdos pongan fin al conflicto armado este pasado verano se aprobó una ley.

Aunque, en general, los debates en torno a la cuestión kurda ya no se limitan solo a ampliar sus derechos como minoría que hay que proteger, sino que también se centran en modelos de gobernanza y democracia que podrían garantizar la inclusividad y el reconocimiento de las identidades particulares de toda la población de esos países, es decir, tanto de la población kurda como la del resto.

A pesar de que, a primera vista, Suiza no parece ser un modelo evidente que seguir, sí hay activistas e intelectuales kurdos que residen en Suiza que se interesan por la idea. Para esta gente, a falta de la organización de un futuro Estado kurdo, ciertos elementos del Estado federal suizo y el multilingüismo podrían inspirar reformas en sus países de origen, con el fin de poder responder a las aspiraciones de autonomía.

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Descentralización y coexistencia

Para el abogado Hüsnü Yılmaz la coexistencia es el elemento clave del modelo suizo. «Las diferentes lenguas y culturas del país gozan de garantías constitucionales y los distintos grupos de interés participan en el funcionamiento del sistema político», afirma Hüsnü Yılmaz, miembro del comité ejecutivo de la Asociación Europea de Juristas por la Democracia y los Derechos Humanos y presidente del consejo de la fundación Mesopotamia Observatory of Justice de Ginebra.

En su opinión, también desempeña un papel importante la descentralización. Las amplias competencias cantonales en materia de educación, sanidad y organización de determinados servicios públicos, así como la autonomía a nivel cantonal y municipal, permiten encontrar soluciones adaptadas a los problemas locales sin depender por completo de Berna. Y recuerda que en algunas regiones la enseñanza, la administración pública y los tribunales son multilingües. Algo que favorece la convivencia entre los distintos grupos.

El multilingüismo como factor de unificación

El historiador de la Universidad de Ginebra Ozcan Yılmaz también destaca la importancia que tiene la convivencia cotidiana de las comunidades lingüísticas en Suiza. Para él, que el Estado reconozca las diferentes lenguas en pie de igualdad, no solo protege los derechos culturales, sino que refuerza el sentimiento que la ciudadanía tiene de pertenencia al Estado.

«Pero trasladar la experiencia suiza a Turquía, Irán, Irak o Siria es más complicado», explica Ozcan Yılmaz. En estos países, según él, la concepción del Estado-nación, en gran medida, se basa en una lengua y una identidad únicas, así como en una fuerte centralización. Para que pudieran funcionar estructuras comparables a las de Suiza harían falta cambios políticos más fundamentales. El historiador cita la imparcialidad de la Administración, el laicismo, una concepción cívica de la ciudadanía, la separación de poderes o una mayor autonomía local.  

Hüsnü Yılmaz y Ozcan Yılmaz coinciden en que el sistema federal suizo que facilita la coexistencia es el resultado de un compromiso histórico forjado durante casi dos siglos. Según apunta Hüsnü Yılmaz, el éxito de este compromiso no se basa solo en disposiciones constitucionales, sino en la apropiación de las instituciones que la sociedad ha hecho a lo largo de todo el proceso. En un país como Turquía, solo las reformas legislativas y administrativas no serían suficientes. «Un cambio democrático requeriría una nueva constitución, así como redefinir en profundidad el concepto centralizado del Estado», añade.

Cartel «Defender la democracia en Rojava»
Manifestantes en la ciudad polaca de Cracovia expresan su solidaridad con el pueblo kurdo durante una manifestación contra las operaciones militares turcas en Rojava, en octubre de 2019. Beata Zawrzel / Nurphoto

Democracia directa y descentralización

En palabras del político y abogado kurdo Fırat Anlı, una de las lecciones clave del modelo suizo va más allá del multilingüismo y el federalismo, y reside en la articulación entre la democracia directa y la autonomía local.

Según Fırat Anlı, la participación directa en Suiza a través de referéndums e iniciativas, así como las competencias que tienen las autoridades municipales, son modelos interesantes para el pueblo kurdo. «El movimiento político kurdo lleva muchos años defendiendo estos principios, sobre todo el refuerzo de las competencias de las administraciones locales», manifiesta.

Fırat Anlı dice que el modelo de gobernanza kurdo implantado en el norte de Siria —aunque en estos momentos la experiencia en Rojava sea, desde el punto de vista político, extremadamente frágil— se ha inspirado en gran medida en principios similares a los que se aplican en Suiza: democracia local, pluralismo cultural y participación ciudadana. Incluso la denominación administrativa de las regiones kurdas de Siria recuerda a Suiza: están divididas en «cantones».

Fırat Anlı indica que, para avanzar hacia una situación más democrática en Turquía, habría que reconocer el derecho a la enseñanza en la lengua materna, y recuerda que la población kurda tampoco puede utilizar su lengua en las instituciones públicas. Anlı defiende que habría que garantizar el Estado de derecho y aplicar plenamente las normas internacionales en materia de derechos humanos. Asimismo, añade que habría que reforzar las administraciones locales, no solo mediante una reforma administrativa, sino concibiéndolas como «un mecanismo para dar respuesta a los problemas de representación política y de pertenencia social».

El papel de las mujeres

Fatma Şık es una antigua coalcaldesa del distrito de Sur, una ciudad de la provincia de Diyarbakır (Turquía). Hace años que vive en Suiza, donde lo que más le impresiona es el alcance que tiene la democracia directa. «La posibilidad de tomar decisiones mediante referéndums, iniciativas y a nivel local constituye una de las características esenciales de la experiencia suiza», afirma. También es un punto en común con la concepción kurda de la democracia, que considera una declaración a favor del reconocimiento de la diversidad cultural.

Fatma Şık opina que en materia de igualdad el movimiento de mujeres kurdas ha desarrollado un enfoque original que va más allá de ciertas prácticas suizas. Fatma Şık observa que en Suiza —a pesar de los avances en los derechos de las mujeres— la representación de las mujeres sigue disminuyendo a medida que se asciende en las jerarquías políticas y administrativas.

Cree, por el contrario, que el sistema del movimiento kurdo de copresidencia, representación paritaria y organización autónoma es un modelo democrático avanzado. Citando su experiencia política en Diyarbakır, Fatma Şık dice que el modelo de copresidencia no solo ha permitido aumentar la representación política de las mujeres kurdas, sino que «también ha contribuido a democratizar los procesos de toma de decisiones, a compartir el poder y a abrir un espacio para cuestionar las prácticas políticas tradicionalmente dominadas por los hombres».

Para ella, no obstante, las comparaciones no deben ser en un solo sentido. Mientras Suiza puede ofrecer lecciones al movimiento político kurdo, el movimiento de las mujeres kurdas también ha desarrollado prácticas políticas que pueden enriquecer los debates en Suiza y en otras democracias.

Un contraejemplo al modelo «un Estado, un pueblo»

Si bien Suiza y sus estructuras políticas pueden dar pie a que el movimiento kurdo reflexione —y sobre todo quienes viven en el país alpino—, ¿es realmente un modelo válido para inspirar cambios concretos?

Eva Maria Belser, profesora y especialista en Federalismo de la Universidad de Friburgo, señala que, en primer lugar, hay que tener en cuenta las diferencias históricas, culturales, políticas y geopolíticas entre los países. Y añade, «unos contextos históricos muy diferentes no impiden la transferencia de experiencias constitucionales».

Eva Maria Belser recuerda que Suiza, cuando construyó su sistema federal en el siglo XIX, también se inspiró en otros países. Eso sí, Suiza no se limitó a copiar la idea, sino que la adaptó a sus propias necesidades históricas y políticas. Estados Unidos, por ejemplo, influyó en el sistema bicameral.

Eva Maria Belser opina que, aplicado a los debates kurdos, el sistema federal suizo sirve sobre todo como contraejemplo al modelo clásico de Estado-nación basado en el principio de «un Estado, un pueblo». Suiza demuestra que lenguas, religiones y culturas diferentes pueden conservar sus particularidades al tiempo que conviven y participan pacíficamente en el seno de un mismo sistema.

Eva Maria Belser afirma que, para la coexistencia del pueblo kurdo en Turquía, Siria, Irak e Irán el modelo suizo y su federalismo constituyen una referencia más importante que la creación de un Estado independiente. «Al permitir que estas minorías establecidas históricamente gestionen sus asuntos de forma autónoma, especialmente los culturales, el federalismo puede permitir que estas comunidades participen, como socios de pleno derecho, en la gobernanza del Estado en su conjunto», dice.

Hace falta un consenso social

Eva Maria Belser subraya, no obstante, que la población mayoritaria rara vez acepta de entrada los modelos federales basados en una concepción multinacional del Estado y en el principio de «unidad en la diversidad». La profesora explica que Suiza es una excepción. Quien reclamó el federalismo fue la población conservadora y rural de la Suiza alemana, y no las minorías lingüísticas. Pero, en general, su aplicación no es una cuestión administrativa. «También requiere voluntad política y consenso social», añade.

Por eso, Eva Maria Belser considera que, en situaciones de estancamiento político, puede ser útil no limitar el debate sobre el federalismo solo a la «cuestión nacional» o a la «cuestión kurda». Se trataría más bien de mostrar las ventajas que la descentralización, en el sentido de una gobernanza más cercana a la ciudadanía, puede aportar al conjunto de la sociedad.

Artículo adaptado al español por Lupe Calvo y revisado por Carla Wolff.

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