Pese al racismo, el movimiento «Black Live Matters» no moviliza en el Magreb
El movimiento antiracista «Black Live Matters», reforzado tras la muerte en Estados Unidos de George Floyd a manos de la policía, no triunfa en el Magreb, donde sin embargo el racismo es una experiencia diaria para muchos subsaharianos.
En Argelia, Túnez o en Marruecos, los africanos del sur del Sahara que vinieron a la región a estudiar o a intentar llegar a Europa dicen sufrir un racismo «ordinario».
«La muerte de Floyd despertó la rabia que dormía entre nosotros», dice Fabrice, un camerunés sin papeles que vive en Argel.
Sin embargo el movimiento «Black Lives Matter» («La vida de los negros cuenta»), nacido en Estados Unidos en 2013, no se ha extendido en la región.
La excepción fue en Túnez, donde hubo una pequeña manifestación en junio para denunciar el racismo en Estados Unidos y en otros lugares, convocada por la asociación tunecina Mnemty.
Según su presidenta, Saadia Mosbah, una tunecina de piel oscura, esta movilización es «un mensaje a los afroamericanos de la parte de su Madre África para decirles: ‘Estamos con vosotros'».
Aunque no existen cifras oficiales, los extranjeros originarios de los países africanos (fuera del Magreb) serían más de 200.000 en Argelina y varias decenas de miles tanto en Marruecos como en Túnez, según las oenegés.
La mayoría son migrantes que cruzan el desierto en convoyes de ‘pickups’ y a veces cruzan las fronteras a pie.
Algunos tienen diplomas y otros no y muchos trabajan sin estar declarados, sobre todo como personas de limpieza o obreros de la construcción.
Aunque se quejan de la arbitrariedad de la policía y de la xenofobia, su principal preocupación es sobrevivir tras meses de confinamiento que agravó su precariedad.
– «Peor que los golpes» –
El racismo suele ser verbal pero «a veces las palabras son peores que los golpes», dice Aicha, de Níger, que vive en Argel.
«Kahluche [negro, en árabe], Mamadu, Ebola y ahora covid son los apodos que nos dan», dice este joven madre. Su hijo de siete años rechazó volver a la escuela cuando le dijeron: «No estás en tu casa».
«Hay que llevar a cabo una lucha permanente contra estos excesos de lenguaje. Algunos argelinos se olvidan de que ellos también son africanos», dice el sociólogo argelino Mohamed Saib Musette.
En el Magreb la esclavitud fue abolida legalmente primero en Túnez en 1846, luego parcialmente en Argelia en 1848, entonces colonizada por Francia, y luego en Marruecos, bajo protectorado francés, en 1922.
Sin embargo la trata de esclavos en manos de los árabes, tolerada, se mantuvo en Argelia hasta principios del siglo XX, según los historiadores.
– Sin futuro –
La discriminación también afecta a los magrebíes negros, como explica Karima, de Argel, que tuvo que romper con su prometido negro «para que los míos no me repudiaran».
Las bodas con personas negras están mal vistas y hay muy pocas estrellas de televisión, altos funcionarios o dirigentes políticos negros, lamenta el sociólogo argelino.
Amina, una oranesa negra de 35 años, recuerda cómo la «apedrearon» delante de la universidad.
Pero las cosas avanzan y en 2014 un grupo de asociaciones de Marruecos lanzó la primera campaña contra el racismo hacia los migrantes subsaharianos con el lema «Massmiytich Azzi!» («No me llames negro!»). La palabra «Azzi» tiene una connotación peyorativa.
Pese a los avances, la discriminación institucional es fuerte y tanto en Argelia como en Túnez, excepto para los estudiantes, es imposible para los africanos extranjeros regularizar su situación.
Solo Marruecos regularizó a unas 50.000 personas desde 2014, en su mayoría originarias del Oeste de África.
«Sin papeles no se pueden reivindicar tus derechos», explica Fabrice, que vive en Argelia desde hace 20 años, la mitad de su vida.
Ahora no tiene «otra voluntad que irse a Europa» donde ya están su mujer y sus dos hijos, que llegaron con un barco improvisado vía Túnez.