Cumplir condena en prisión y trabajar: la lucha por reinsertarse en Argentina
Augusto Morel
Buenos Aires, 29 jun (EFE).- Argentina tiene una población carcelaria cercana a las 100.000 personas, de las que casi la mitad se encuentra en la provincia de Buenos Aires. Del conjunto de presos en centros bonaerenses, solo el 16 % accede a programas de reinserción laboral: es aquí donde diversas ONG buscan meterse de lleno para revertir la estadística.
Martín Martínez tiene 27 años y hace nueve que el sistema lo ha paseado por distintas prisiones. De momento, lo mantienen en la unidad penal Nº 9 del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB) de la ciudad de La Plata. Allí enseña a otros internos como él a recoger los pedazos de su vida y ensamblar un nuevo camino.
“Esto es un taller escuela, se dictan cursos de operador, reparación de computadoras y capacitamos a los alumnos para que tengan herramientas a futuro y puedan reinsertarse en la sociedad”, le cuenta Martín a Efe.
El último informe anual del sistema nacional de estadísticas sobre ejecución de la pena del Ministerio de Justicia argentino, que data del 2020, muestra que jóvenes entre 25 y 34 años representan el porcentaje mayoritario (40 %) de la población carcelaria dentro del SPB.
Martín fue expulsado de la escuela a los 12 años, su mamá lo abandonó y su papá debía trabajar todo el día para llevar suficiente comida a la casa. Conoció la prisión a los 18 años, allí terminó la secundaria y empezó agarrarle el gusto a los cursos de informática.
El 41 % de los convictos bonaerenses ingresa con el primario completo, un 11 % con el secundario y solamente el 2 % tiene títulos terciarios o universitarios. El resto se divide entre educación incompleta (36 %) y sin ningún tipo de formación (10 %).
“Las herramientas no están al alcance de la mano y en la cárcel cuesta mucho tener la oportunidad de estudiar ante la falta de cupos, aunque la insistencia llega a lo que uno se propone”, remata Martín.
Los números del SPB indican que, de sus 45.209 presos, únicamente 7.236 personas reciben algún tipo de capacitación laboral, entretanto 15.200 pueden acceder a los distintos niveles de enseñanza.
REDENCIÓN
En este aspecto, asociaciones civiles como “María de las Cárceles”, presidida por Adriana Von Kaull, aportan su grano de arena a lo que simplemente serían cifras en una hoja cálculo. Hace 29 años que todas las semanas recorre seis cárceles de la provincia en las que logró imponer su “circuito virtuoso” para brindar segundas oportunidades.
El programa de Adriana se sostiene con donaciones, generalmente por parte de empresas que envían computadoras y profesionales para capacitar a los primeros reclusos.
Aquí empieza la bola de nieve: los internos continúan aprendiendo por su cuenta y enseñan a los nuevos compañeros para que ocupen su lugar una vez cumplan su condena. Aunque la cantidad de alumnos bajó, debido a los protocolos de la pandemia, llegaron a tener hasta 20 estudiantes por unidad penal.
“Salen sabiendo manejar y arreglar computadoras, una vez se termina el curso armamos donaciones para las escuelas”, explica Adriana a Efe. Todo equipo informático es reparado, reciclado y enviado por “María de las Cárceles” a colegios públicos de bajos recursos.
El “circuito” se completa cuando el interno consigue la libertad. La presidenta de la ONG les brinda la posibilidad de trabajar y estudiar en la sede ayudando a otros convictos hasta que deseen independizarse.
La pasión de Adriana por destapar un nuevo panorama a las personas privadas de su libertad inició en reformatorios de menores como catequista “bajando la palabra de Dios al presente”, como lo define ella.
“Me encontré con chicos de la calle, pero con proyectos. (El prejuicio dicta que) que por ser de la calle son ‘especiales’, no los miramos o no les damos importancia, sin embargo, son pibes normales”, asegura.
Notó que ese patrón se repetía en prisiones de adultos, exacerbado ante la falta de propósitos: “Veía mucho ocio, violencia generada por ese tiempo libre y soledad, que a mi entender era fácilmente solucionable, porque el trabajo les daba otra forma de vida”.
La reincidencia a la sociedad incluye un problema mayor para el convicto, debido a que los empleos escasean aún más cuando se carga con una etiqueta de antecedentes penales. Adriana les recuerda que “son personas, cometer un delito no los inhabilita y se trabaja mucho la autoestima. Pueden venir a trabajar con nosotros si lo necesitan, no obstante, ellos ya están dignificados”.
FUTURO
Un ejemplo de esto es Francisco Paiba, que estuvo dentro del sistema nueve años. Un amigo del penal lo convenció de estudiar computación y al salir se hizo voluntario para ayudar a otros que pasaron por su situación.
“Al principio, lo aproveché para salir del pabellón. Aprendí y me dieron la oportunidad de trabajar con la asociación. Estuve detenido por robo y la crianza de mi familia tenía que ver porque todos estaban en ‘esa’, pero tuve la buena suerte de conocer a Adriana, te cambia la vida”, resume Francisco a Efe.
“Son pocos los recursos que tenemos, pero me gustaría poder poner un comercio para recaudar dinero y cuándo un chico sale en libertad decirle que se acerque. Nos gustaría ampliar el circuito para ayudar a otros, pero estamos solos”, concluye.
Martín ya tiene estudiado el estigma que plantea conseguir trabajo con un historial como equipaje: “Estoy consciente de que muchas puertas se me van a cerrar, pero siempre podré emprender, ser mi propio patrón”. EFE
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