El sueño de volver a Venezuela choca con la vida que millones reconstruyeron en Colombia
Paula Cabaleiro
Bogotá/Cúcuta, 23 feb (EFE).- Cuando Cristopher Landázuri cruzó hacia Colombia en 2019 no tenía trabajo ni casa ni rumbo. Dormía en las calles de Cúcuta, cayó en las drogas y sobrevivía como podía en esa ciudad limítrofe, parte de los 2.219 kilómetros de frontera entre los dos países que se convirtió en una de las principales vías de escape para millones de venezolanos.
Hoy, vestido con uniforme verde de operario, riega los parques y habla con serenidad de un futuro que, por ahora, no está en su país de origen.
«Fui habitante de calle, pasé por las drogas y gracias a un programa de la alcaldía pude rehabilitarme», cuenta a EFE en una entrevista en la que resume su presente en una frase definitiva: «Me enamoré de Cúcuta, me enamoré de Colombia, ya tengo mi vida acá».
Como él, millones de venezolanos observan desde Colombia el incierto escenario abierto tras la captura en enero pasado del mandatario venezolano, Nicolás Maduro, y su esposa Cilia Flores en una operación militar estadounidense que abrió una compleja transición política.
Colombia es el principal destino migratorio venezolano en el mundo, con unos 2,8 millones de personas, según cifras oficiales. En total, más de 7,7 millones de venezolanos abandaonaron su país en la última década, de acuerdo con organismos internacionales.
Muchos se han instalado en Bogotá, donde han reconstruido su vida como vigilantes, panaderos, repartidores, periodistas o vendedores ambulantes.
En el centro de la capital, en mercados y plazoletas donde decenas de migrantes esperan durante horas a que llegue un pedido en sus teléfonos, el miedo sigue presente.
Varios repartidores de comida mediante aplicaciones como Rappi o DiDi rechazaron hablar con EFE y algunos se alejaron apenas vieron la grabadora.
«Si nos ven, nos echan el gancho y nos llevan para El Helicoide», dijo uno de ellos, en alusión a la cárcel en la que organismos de la ONU han de nunciado la existencia de «salas de tortura» y donde han muerto varios detenidos bajo custodia, entre ellos el general Raúl Isaías Baduel, exministro de Defensa del fallecido presidente Hugo Chávez.
Volver sí, pero no ahora
Antonio Alexander Hernández, vigilante de 54 años, recibió la noticia de la captura de Maduro en la madrugada del 3 de enero y recuerda que dijo: «Gloria a Dios, llegó lo que esperábamos».
Hernández, que asegura haber huido tras ser advertido de que estaba «en una lista para ser capturado», quiere regresar, pero solo si existen garantías. «Pienso volver (…) pero con una ley de amnistía, que nos permita regresar en paz», dice.
Una cautela similar tiene Isamar Celín, manicurista en el céntrico sector de Chapinero, quien emigró hace seis años y hoy también trabaja como enfermera particular. Aunque la noticia le produjo «mucha alegría», descarta volver por ahora, en parte por el tratamiento contra el cáncer que recibe su madre en Colombia.
«Tendría que estar Venezuela al mismo nivel de Colombia para poder trasladarla», explica, consciente de que regresar implica empezar de nuevo.
Otros, como Diego Alexander Matute, administrador en Venezuela y hoy panadero en Bogotá, tampoco ven el retorno como una decisión inmediata, pese a su deseo de contribuir a la reconstrucción del país.
«Por supuesto volvería, pero primero tiene que haber estabilidad económica y política», afirma.
La vida que lograron construir
En la frontera, donde miles de migrantes siguen cruzando a diario en ambos sentidos por razones laborales, comerciales o familiares, Ariadni Benítez vende cafés desde hace siete años, trabajo con el que logró estabilidad, algo impensable cuando emigró tras una crisis de salud de su hija.
Con dos termos bajo el brazo y varios vasos de plástico en la mano, recorre las calles ofreciendo «tinto» (café) a conductores y transeúntes para sacar adelante a su familia.
«Tengo estabilidad, mis hijas estudiando, por eso no tengo muy pensado regresarme», dice, mientras recuerda que decidió salir de Venezuela después de que su hija enfermara y no encontrara medicamentos.
Más allá de la caída de Maduro, el regreso depende de factores personales, familiares y económicos.
Beatriz Jhoana Ochoa, que vende empanadas y arepas en un puesto callejero en Cúcuta, viajó recientemente a Venezuela después de ocho años sin regresar y lo que encontró fue un país aparentemente ajeno al terremoto político.
«Llegué a (la isla) Margarita y todo estaba normal. La gente en la playa, tomando, disfrutando, nadie hablaba del tema», cuenta.
Para ella, más allá de quién gobierne, la vida sigue marcada por la necesidad de trabajar: «A mí no me importa si está o no está, yo tengo que trabajar igual», dice.
Su reflexión resume el sentimiento de muchos migrantes que, tras años fuera, han logrado reconstruir su vida lejos de Venezuela mientras observan desde la distancia el incierto futuro de un país al que aún no saben si volverán. EFE
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