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Un siglo de viaje arquitectónico en el tiempo para restaurar la ‘Withuis’ bruselense

Laura Zornoza

Bruselas, 26 sep (EFE).- Un siglo después de que el arquitecto belga Joseph Diongre ultimara la ‘Withuis’, un hogar para un poeta local a medio camino entre los estilos modernista y art déco con fachada cubista, la vivienda abre sus puertas al público para dar a conocer la labor detrás de su restauración, desde sus vidrieras de colores vibrantes hasta varias piezas del mobiliario original.

Fue el artista belga Bernard Mulliez quien, casi por casualidad, descubrió esta casa en el barrio bruselense de Jette, al norte de la capital belga, hace ahora siete años. Al ver su deterioro, decidió adquirirla de manos de la nieta del dueño original, Jef Mennekens, y ponerse manos a la obra para revivir la labor que emprendió Diongre hace casi cien años.

A Mulliez no le gusta la palabra «propietario» para hablar de su relación con la ‘Withuis’ (Casa Blanca, por el color de su fachada). «Los monumentos no pueden convertirse en propiedad privada. Hay algo que va más allá de poseerla como objeto: podemos vivir en ella, estar a su servicio, mantenerla, transmitirla», explica.

Su objetivo desde el principio era devolver a la vivienda su esplendor original, rescatando del deterioro colores, marcos de puertas, vidrieras y hasta el propio mobiliario que también Diongre había diseñado, pero siempre respetando la idea original del artista que también se encargó del Instituto Nacional de Radiodifusión en la Place Flagey o del ayuntamiento de Woluwe Saint-Lambert.

«Algo interesante de una restauración es que hay que restaurar el pasado, no hay una reafirmación propia ni en los materiales ni en la forma. Tienes que dar un paso atrás y ver qué es relevante, qué va a funcionar. Por ejemplo, no puedes elegir los colores», señala Mulliez.

Las combinaciones cromáticas en el recibidor o el salón son atrevidas: el granate del marco de la entrada contrasta con un intenso amarillo en el muro que da la bienvenida a la estancia principal y con el color cielo en los azulejos. «Hay un carácter único en estas elecciones de color que son totalmente improbables. Yo nunca las hubiera elegido, no son de mi gusto, pero lo que me gusta es defenderlas aunque no lo sean», apunta.

Mulliez recuerda que su primera sensación al entrar en la casa fue sentir que estaban penetrando la intimidad de la vida de Mennekens, que eligió el color amarillo para algunas paredes de su casa para representar su compromiso con la introducción del neerlandés en la administración local frente a la primacía del francés e incluso murió asesinado delante de esta misma vivienda al ser confundido con un colaboracionista nazi en 1943.

Tanto la fachada como el interior de la vivienda, de 300 metros cuadrados y cinco dormitorios, están protegidos a nivel regional: la restauración ha permitido repintar la herrería y barandillas a su color original, salvar piezas de madera o paredes que habían sido cubiertas con pintura blanca por las propietarias anteriores y redescubrir texturas y acabados que se creían perdidos por el paso del tiempo.

Ha sido una labor ardua para el arquitecto que ha liderado la restauración, Frédéric Goeminne, que tuvo que emprender un viaje en el tiempo junto a una veintena de artesanos y profesionales de diferentes disciplinas para ser lo más fiel posible al espíritu original de Diongre.

«Teníamos unos yesos texturizados y los artesanos han tenido que encontrar la manera de lograr con los revestimientos el mismo diseño. Hay pinturas y materiales de la época con plomo que a día de hoy están completamente prohibidos. El reto era conseguir el mismo efecto y calidad con los productos de hoy», apunta Goeminne.

El objetivo final de la restauración no es que la casa se convierta en un museo, sino volver a alquilarla para que cumpla de nuevo con su función original. Por eso, no se han traído de vuelta los «miles» de colores cubiertos por pintura blanca detectados durante los primeros estudios de la vivienda, sino que se ha buscado una casa «más calmada» y que responda a las necesidades del siglo XXI.

Durante los dos meses que durará la exposición al público, Goeminne espera que los visitantes se lleven consigo la sensación de que hubo un tiempo en el que alguien diseñó los rincones excepcionales que hoy recorren y que una familia vivió en ella, subiendo las mismas escaleras y viendo la luz entrar por la misma claraboya colorida en el techo.

«Que hace cien años se hacían cosas un poco locas con las que igual era un poco difícil vivir, pero que lo loco es bello», resume el arquitecto. EFE

lzu/ahg/av

(foto)(vídeo)

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