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Ginebra, la ciudad que convirtió a Borges en Borges

Jorge-Louis Borges in front of the Reformation Wall in Geneva.
En una imagen casi inédita de Borges en Ginebra, el escritor argentino contempla el famoso Mural de los Reformadores (Mur des réformateurs), poco antes de su muerte, ocurrida el 14 de junio de 1986. ©ATLAS, 1995, Mariana del Socorro Kodama, Martín Nicolás Kodama, María Victoria Kodama, Matías Kodama and María Belén Kodama

A cuarenta años de su muerte, volvemos a la ciudad donde Borges descubrió el francés, el budismo, el protestantismo y la poesía. Allí se revela un Borges inesperado: no el genio consagrado, sino el joven cuyo asombro transformaría la literatura universal.

Si fuera por sus fotografías más famosas, podría pensarse que Jorge Luis Borges nació viejo: en perfiles de internet, retratos en libros y homenajes públicos, la imagen de Borges que predomina hasta el día de hoy es la de un escritor canoso, menudo, arrugado y ciego.

Pero la realidad es que el escritor fue joven alguna vez. Nació y pasó su niñez en Buenos Aires y luego (algo quizás no muy sabido) vivió buena parte de su juventud en Ginebra. Una época de su biografía que, en una carta escrita cerca de su muerte, con fecha del 14 de junio de 1986, recordó que se trataron de los años más felices de su vida. No extraña, entonces, que Ginebra haya sido también el lugar en donde decidió pasar sus últimos días.

Borges y la ciudad

En 1914, muchos años antes de consagrarse como un escritor universal e imprescindible para cualquier biblioteca del siglo XX, Borges llegó a Ginebra con su familia. Acompañaba a su padre que debía tratarse una enfermedad en la ciudad, tenía catorce años y hablaba castellano e inglés – pero el francés le era esquivo.

Jorge Luis Borges en el Collège de Genève 1915 (Borges es el tercero de izquierda a derecha en la fila inferior).
Jorge Luis Borges en el Collège de Genève, 1915 (Borges es el tercero de izquierda a derecha en la fila inferior). Archive DIP Genève

A Borges le costó mucho aprender el idioma de la ciudad, tanto que en su primer año de estudio en el Collège de Genève, institución fundada por Juan Calvino, aprobó todas las asignaturas, excepto el francés. Una materia central, tanto para él como para la mitad de sus colegas, que eran también de procedencia extranjera, y algunos de ellos, hijos de refugiados de la Primera Guerra Mundial.

Esa Ginebra convulsionada y multicultural fue la Ginebra del joven Borges. Una vez aprendida la lengua, inmediatamente Rousseau y Amiel se convirtieron en referentes de las lecturas ginebrinas de Borges. Años después, en su texto «Ginebra» del libro de viajes Atlas, Borges admite que le debe a la ciudad la revelación del francés, del latín, del alemán, del expresionismo, de Schopenhauer, de la doctrina del Buda, del taoísmo, de Conrad, de Lafcadio Hearn y de la nostalgia de Buenos Aires.

Puede parecer extraña la relación de Buenos Aires con Ginebra, pero la literatura de Borges traza un puente directo entre ambas ciudades. La obra publicada del argentino comienza con un homenaje a la ciudad porteña, el poemario Fervor de Buenos Aires, para culminar con otro poemario, Los conjurados, una publicación en cuyo último poema, que le da título al libro, Borges dice: «En el centro de Europa, en las tierras altas de Europa, crece una torre de razón y de firme fe. / Los cantones ahora son veintidós. El de Ginebra, el último, es una de mis patrias».

Ya entrado en años, la imagen más conocida de Borges aún hoy: el escritor en su casa de Buenos Aires, fotografiado en 1981.
Ya entrado en años, la imagen más conocida de Borges aún hoy: el escritor en su casa de Buenos Aires, fotografiado en 1981. AP/Eduardo Di Baia

Como retribución, con placas de bronce, el nombre de una calle y una de las tumbas más visitadas de su cementerio, Ginebra le rinde homenaje a la figura de Borges. Gestos de memoria a los que se les suma una asociación civil sin fines de lucro fundada en 2023 en la ciudad, llamada, justamente, Los conjurados – Association suisse.

Esta organización se encarga de difundir la obra de Borges en Ginebra, con el objetivo de estrechar lazos culturales entre Argentina y Suiza, a través de la organización de paseos por la ciudad, conferencias, actividades de escritura, lectura, dibujo e incluso danza. Marcos Liyo, coordinador general de la asociación y estudioso de la obra de Borges, explica: «revalorar la presencia de Borges en Ginebra es hacerle justicia al amor que él tenía por la ciudad».

Suiza y Ginebra aparecen de manera explícita a lo largo de la obra de Borges: está en Los conjurados y en su libro de viajes, pero también en el cuento El otro, que transcurre en un banco de la ciudad, y además se pueden leer los siguientes versos en el poema La luna: «en Ginebra o Zúrich, la fortuna / quiso que yo también fuera poeta, / me impuse. como todos, la secreta / obligación de definir la luna».

Sobre esto, Liyo comenta: «en Ginebra Borges tuvo una revelación de cómo sería su obra literaria. Desde niño sabía que su destino era el destino de las letras, pero en Ginebra descubre que su particularidad como escritor sería la del poeta».

La influencia ginebrina

La imagen canónica de Borges como un escritor consagrado, de laberintos y bibliotecas, no coincide con los aspectos más populares que se pueden hallar en su obra. Fuera de Argentina, sorprenden los muchos cuentos de gauchos y maleantes que aparecen en su obra, como así también su íntimo afecto por el cine de Hollywood y el tango.

La familia de Borges al llegar a Ginebra, abril de 1914.
La familia de Borges al llegar a Ginebra, abril de 1914. El joven Jorge Luis está sentado, a la izquierda. Private Collection

La relación de Borges con esta música y danza argentina llega al punto de que supo dar conferencias sobre ella, escribió cuentos que suceden en el ámbito de los bailes y hasta llegó a componer letras de tangos. La dimensión popular de Borges, que sorprende a las personas ginebrinas que participan de las actividades de Los conjurados, se asemeja en su presunta rareza a un aspecto que puede, asimismo, sorprender a quienes desconocen la relación del argentino con Ginebra: el vínculo de Borges con el protestantismo.

A pesar de rezar un Padre Nuestro todas las noches de su vida porque su madre católica le dijo que así debía hacerlo, y de las influencias de su abuela inglesa protestante, Borges siempre se reconoció como agnóstico. Una postura que nunca inhibió una curiosidad religiosa que, en gran medida, le otorgó su niñez en la Buenos Aires de principios de siglo, donde la mezcla caótica de culturas inmigrantes estaba en pleno auge.

Una curiosidad por cierto sincretismo que se vio avivada en su paso por Ginebra, donde vio y admiró en carne propia la «extraña resolución de ser razonables» (según sus propias palabras) de las personas suizas, quienes, similar a la Argentina, pero de manera deliberada, fundaron un país que abraza la diversidad y el multiculturalismo.

Según Liyo: «a Borges le gustaba de Ginebra la impronta de austeridad protestante, de mesura y falta de pompa que tiene la ciudad». Y es el mismo Borges quien resalta este carácter humilde: «Las grandes sombras de Calvino, de Rousseau, de Amiel y de Ferdinand Hodler están aquí, pero nadie las recuerda al viajero», dice en el texto que le dedica a la ciudad.

Un escrito que el mismo Borges decidió que fuera publicado junto a una fotografía de él sentado frente al Monumento de la Reforma. Para Borges, la imagen de Ginebra es la de ese movimiento. El protestantismo y la dimensión cultural que éste sembró en la ciudad, además de constituir un rasgo biográfico del escritor, aparece a través de marcas profundas en su obra.

Calle Jorge Luis Borges, antes calle De-Mileant,
Calle Jorge Luis Borges, antes calle De-Mileant, Ginebra. Martial Trezzini / Keystone

«Hay una idea calvinista que es central en la obra de Borges: el destino como predestinación. En toda su obra está presente la tensión entre la idea del destino como una fuerza superior que se impone sobre los hombres y el concepto católico romano de la posibilidad de ejercer la libertad a partir del libre albedrío», afirma Liyo, mientras sostiene: «la experiencia vital borgeana es la experiencia del sincretismo, de la mezcla y la amalgama de culturas».

De Ginebra a la eternidad

En la imagen se ve la tumba del escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) en el Cementerio de los Reyes (en francés: Cimetière des Rois).
En la imagen se ve la tumba del escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) en el Cementerio de los Reyes (en francés: Cimetière des Rois). Fabrice Coffrini / AFP

Es un misterio cómo el budismo y el taoísmo llegaron también a Borges durante su juventud en Ginebra, pero a la vez pocos cruces son extraños para su figura.

En su famosa clase El escritor argentino y la tradición, Borges argumenta que la ventaja de las plumas sudamericanas es la de no deberse a una única tradición, no ser sujetos inamovibles de una única cultura. Borges hizo de estas ideas el eje de su vida y obra, hasta sus últimos días.

La cruz celta, discretamente situada junto a las fechas de nacimiento y muerte del escritor.
La cruz celta, discretamente situada junto a las fechas de nacimiento y muerte del escritor. Jorge Antonio Leoni de León

En 1986, en su ceremonia fúnebre celebrada en la Catedral de San Pedro de Ginebra, participaron tanto un sacerdote católico como un pastor protestante. La ceremonia concluyó con el traslado de los restos de Borges al Cimetière des Rois, donde descansan hasta el día de hoy.

La tumba del escritor consta de una piedra con numerosas inscripciones, frases en inglés antiguo y signos entre los que se destaca una cruz enmarcada por un círculo.

Este símbolo del cristianismo celta, un signo complejo y sincrético, se tensiona con una frase de San Agustín (otro de sus autores predilectos) que Borges cita en uno de sus textos: «La cruz de Cristo nos salva del Laberinto circular de los estoicos». Incluso a cuarenta años de su fallecimiento, descansando a metros del mismísimo Calvino y junto al General Dufour, Borges sigue jugando con las tradiciones para continuar sembrando preguntas e intrigas.

Editado por Eduardo Simantob

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