¿Podemos funcionar sin Microsoft?
Desde la cadena pública hasta los ferrocarriles federales y los ministerios del Gobierno, Microsoft se ha asentado en las organizaciones suizas. Romper esa dependencia puede llevar años. Explicamos por qué es tan difícil alcanzar la soberanía digital.
Nuestro trabajo en la Corporación Suiza de Radiodifusión (SRG) depende de Outlook, Teams y Office. Sustituir Windows —o incluso únicamente una de las herramientas de trabajo de Microsoft— no es una opción.
No somos la única empresa a la que le ocurre. En Suiza Microsoft —según sus datos— tiene más de 50.000 clientes empresariales, incluidas organizaciones de sectores muy regulados, como el financiero y el sanitario. Microsoft se ha convertido en un elemento esencial en gran parte del país: desde la SRG hasta los ferrocarriles federales suizos o desde Siemens hasta la Administración federal.
La dirección de Microsoft y el ministro de Economía, Guy Parmelin, el año pasado anunciaron una inversión de 400 millones de dólares (325 millones de francos)Enlace externo para ampliar la infraestructura de inteligencia artificial (IA) y en la nube de la empresa en Suiza.
Y mientras esto ocurre, las autoridades suizas afirman que quieren una mayor soberanía digitalEnlace externo. Es decir, pretenden depender menos de la tecnología en manos de empresas extranjeras. Pero, si Suiza quiere mayor independencia, ¿por qué tantas de sus organizaciones dependen de una única empresa estadounidense?
Microsoft frente a las alternativas de código abierto
Cuando preguntamos a los responsables de tecnología informática (TI) de la corporación suiza de radiodifusión por qué depende tanto de Microsoft la cadena, la respuesta tiene poco que ver con la ideología.
«No elegimos Microsoft porque nos encante Microsoft», responde Martial Challandes, responsable de TI de la SRG.
Para una empresa con una plantilla de miles de personas, Microsoft ofrece estandarización, interoperabilidad y asistencia las 24 horas del día. «Les das a los empleados las herramientas y simplemente funcionan», añade Challandes.
Existen alternativas de código abierto para algunos productos de Microsoft. Una alternativa a Office, por ejemplo, es LibreOffice, que, como su código fuente es abierto, cualquiera puede examinar, modificar y adaptar. Algo que ofrece mayor flexibilidad sin costes de licencia. En el funcionamiento de estos sistemas, sin embargo, las organizaciones tienen que asumir una mayor responsabilidad. La SRG, en su infraestructura técnica, utiliza algún software de código abierto con el que la mayoría de la plantilla no interactúa.
En esta serie de varios episodios, Kristian Foss Brandt y Sara Ibrahim, periodistas de Swissinfo, en su vida diaria y profesional intentan sustituir—siempre que sea posible— las tecnologías clave de las principales empresas tecnológicas estadounidenses —como Windows, Android, los servicios de Google, las plataformas en la nube y las herramientas de IA— por alternativas suizas o europeas.
El objetivo es comprobar si la soberanía digital es una realidad a nivel individual y qué nos revela sobre la dependencia tecnológica general de Suiza y la posibilidad de reducirla.
«Cuando tienes un problema con Microsoft, llamas a Microsoft. Con el código abierto, primero tienes que entender el problema», afirma Nicola Marangoni, responsable de TI de la RSI, la filial en italiano de la SRG.
Challandes y Marangoni creen que las organizaciones subestiman el coste que supone dar soporte al software de código abierto.
«Las organizaciones que tienen éxito son aquellas que lo tratan como una capacidad estratégica, no como una forma de ahorrar dinero. Las que adoptan el código abierto simplemente para recortar gastos suelen descubrir la factura oculta dos años más tarde», dice Challandes.
Según Marangoni, sustituir Microsoft por LibreOffice sería difícil porque afecta al trabajo diario de casi toda la plantilla.
«Te encontrarás con personas que han trabajado durante años con Office y su ecosistema y que, de repente, tendrían que cambiar», argumenta.
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Sin el software de código abierto «ningún tren circularía» en Suiza
Hay otras muchas empresas que funcionan de manera similar a la cadena pública: recurren a Microsoft para las herramientas de sus plantillas, pero utilizan software de código abierto en los sistemas que mantienen sus operaciones en marcha.
«Sin el software de código abierto, ningún tren circularía», apunta Peter Keller, que trabaja en digitalización y arquitectura informática para los ferrocarriles federales suizos.
Keller explica que la infraestructura ferroviaria crítica suiza se basa en Linux y en otro software de código abierto, que se han convertido en el estándar del sector. «Los sistemas de código abierto son los engranajes del interior del reloj que nadie ve».
Los ferrocarriles también desarrollan, junto con otras empresas ferroviarias europeas, cierto software estratégico en forma de proyectos de código abierto. Keller afirma que esto facilita la colaboración más que si cada organización dependiera de sistemas propietarios. Este modelo de desarrollo colaborativo ha acelerado la innovación en el software que controla los trenes, añade.
Hace décadas, Siemens siguió un camino similar. «No se puede innovar sin el código abierto», manifiesta Roger Meier, ingeniero distinguido de Siemens Suiza.
Aunque la mayoría de la plantilla sigue utilizando Microsoft y otro software propietario para su trabajo diario, más de 90.000 desarrolladores de la multinacional alemana colaboran internamente en una plataforma de software inspirada en las comunidades de código abierto.
«Antes, cada departamento trabajaba de forma aislada. Ahora, todo el mundo puede contribuir», afirma Meier. Para él, la programación colaborativa se parece un poco a ir a una barbacoa: «todo el mundo tiene que aportar algo».
«El código abierto ya está en todas partes». Entonces, ¿por qué no se pasa a él todo el mundo?
Este estilo de colaboración abierta ha permitido innovaciones que están por todas partes. Gran parte del internet moderno se construyó sobre tecnologías de código abierto.
Linux, un sistema operativo de código abierto, es el motor de la mayoría de los servidores del mundo. Incluso empresas como Meta, Microsoft y OpenAI, que desarrollan sus propias herramientas de IA, utilizan los marcos de IA de código abierto, como PyTorch.
«El código abierto ya está en todas partes», cuenta Nicolas Christener, director ejecutivo de la empresa suiza Adfinis, que ofrece soluciones informáticas de código abierto a nivel mundial; y añade: «Cuando miles de desarrolladores pueden colaborar libremente, la innovación se produce mucho más rápido».
Christener compara el código abierto con los ladrillos de Lego. En lugar de comprar un producto terminado, las organizaciones pueden construir exactamente lo que necesitan. «El código abierto significa libertad de elección. No hay una gran empresa que te diga lo que es o no es posible», señala.
Muchas organizaciones que barajan alternativas de código abierto se enfrentan, no obstante, a un difícil dilema. «¿Deberíamos pagar un 20 % más por las licencias el año que viene? ¿O deberíamos invertir en migrar lejos de los servicios de las grandes tecnológicas?», se pregunta Pascal Stöckli, cofundador de Netzwerk SDS, una iniciativa suiza que promueve soluciones de soberanía digital.
Los sistemas propietarios suelen encarecer el cambio de proveedor. Cuanto más se integran en una organización, más difícil y costoso resulta abandonarlos, un fenómeno conocido como «dependencia del proveedor». A las grandes organizaciones las licencias anuales de software y los proyectos de migración a gran escala pueden costarles millones de francos.
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Eso no significa que las organizaciones nunca cambien de proveedor, sobre todo cuando los precios suben. Después de que Adobe incrementara sus tarifas, la SRG sustituyó su software creativo por alternativas propietarias más económicas. La cadena de televisión mantuvo Microsoft tras negociar el año pasado unos costes de licencia más bajos, aunque no han querido revelar las cifras.
A menudo, la seguridad y el soporte técnico también se citan como razones para evitar el código abierto. Como cualquiera puede examinar el código, algunas organizaciones pueden temer que los hackers encuentren y aprovechen vulnerabilidades.
Christener no está de acuerdo con esto. Argumenta que las vulnerabilidades suelen ser más fáciles de detectar y corregir cuando el código fuente puede ser auditado de manera independiente. También señala que muchas empresas de código abierto, como Adfinis, están empezando a ofrecer soporte técnico de nivel empresarial, incluida asistencia las 24 horas del día, los 7 días de la semana.
Aun así, muchas organizaciones siguen teniendo cautela. La Cancillería Federal suiza declaró a Swissinfo que uno de los principales obstáculos para reducir su dependencia del software propietario sigue siendo la sostenibilidad a largo plazo de algunos proyectos de código abierto, especialmente aquellos que mantienen comunidades de expertos en TI que trabajan voluntariamente.
Christener aconseja a las organizaciones que, en vez de intentar hacer cambios radicales, sustituyan una herramienta cada vez. Esto es, que cambien Microsoft Teams por una plataforma de colaboración de código abierto como Nextcloud Talk, por ejemplo. «Pasarse al código abierto no es un esprint. Es una maratón que puede llevar años», afirma.
Cómo se despidió de Microsoft un estado federado alemán
Hay un Gobierno europeo que está en plena carrera de esta maratón.
El estado alemán de Schleswig-Holstein ha sustituido, en gran parte de su administración, Windows por Linux y las principales aplicaciones ofimáticas de Microsoft por alternativas de código abierto.
En un principio, el objetivo era reducir los costes de las licencias. La invasión rusa de Ucrania convirtió el proyecto en una cuestión de seguridad nacional. «Vimos lo dependientes que nos habíamos vuelto en el sector energético, y somos igual de dependientes en el ámbito digital», explicó a Swissinfo por correo electrónico el ministro de Digitalización de Schleswig-Holstein, Dirk Schrödter.
«La libertad, la democracia y la soberanía dependen cada vez más de nuestra capacidad para configurar y controlar nuestra propia infraestructura digital», reconoce Schrödter.
Desde las primeras pruebas hasta la implantación en toda la Administración, la transición ha durado siete años. Aunque el objetivo siga siendo la independencia total, en torno al 20 % de los puestos de trabajo sigue necesitando licencias de Microsoft para aplicaciones especializadas, subraya Schrödter.
Y dice que el Gobierno ya ha ahorrado más de 15 millones de euros (13,85 millones de francos) en costes de licencias frente a una inversión de 9 millones de euros destinada a la migración y el desarrollo de soluciones de código abierto.
«El camino hacia la soberanía digital es largo y difícil, pero es factible», indica Schrödter.
Artículo editado por Gabe Bullard; adaptado al español por Lupe Calvo. Revisado por Carla Wolff.
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