Salvar el fútbol pasa por abolir la FIFA
La FIFA apenas tiene capacidad de reforma. La mejor opción sería disolver el máximo organismo del fútbol mundial y sustituirlo por uno nuevo. Es una posibilidad perfectamente viable, sostiene el profesor de ética Thomas Beschorner.
La FIFA ha vuelto a mostrar su peor cara. Los numerosos incumplimientos éticos registrados durante el Mundial de fútbol son buena prueba de ello. Pero probablemente no sean más que la punta del iceberg. Bajo la superficie continúan produciéndose hechos que ponen aún más en entredicho la integridad del organismo.
El presidente de la FIFA, el suizo Gianni Infantino, por ejemplo, se enfrenta a acusaciones de abuso de poder en el marco de la campaña para su reelección.
Y ahora la FIFA, una asociación privada sujeta al derecho suizo, pretende dar un paso más en la comercialización del fútbol. Quiere vender participaciones del Mundial a un grupo de inversores.
«Después del partido es el antes del partido», dice un conocido aforismo futbolístico. Por eso, en lugar de limitarnos a indignarnos una vez más por las maniobras de la FIFA, deberíamos plantearnos una cuestión de fondo: ¿cómo garantizar unos estándares éticos y una verdadera integridad en la gestión del fútbol mundial?
Tarjeta amarilla: ¿reformar la FIFA?
Una primera respuesta sería promover una reforma profunda de la FIFA que garantizara el máximo nivel de integridad. Sin embargo, esa opción parece poco realista. Los problemas del máximo organismo del fútbol no son coyunturales, sino estructurales.
La FIFA es una organización con un enorme grado de concentración de poder. Sus estructuras de gobierno apenas dejan espacio para mecanismos de control y equilibrio (checks and balances) que permitan armonizar las decisiones estratégicas de la organización con criterios éticos.
Durante años, las comisiones de ética de la FIFA han desempeñado una función más bien ceremonial o simbólica, en lugar de ejercer una influencia real. En varios casos, las voces críticas e incómodas para la organización fueron simplemente apartadas de esos órganos.
Tarjeta roja: abolirla
Si descartamos la capacidad de reforma de la FIFA como una posibilidad realista, queda una segunda opción: disolver la actual federación internacional y sustituirla por una nueva. Desde un punto de vista práctico, sería perfectamente posible.
Al fin y al cabo, la FIFA no es más que una asociación integrada por federaciones nacionales. Cualquiera de ellas puede abandonar la organización y adherirse a otra sin mayores obstáculos.
Los ejercicios de imaginación suelen ayudar a explorar alternativas. ¿Qué ocurriría si las grandes federaciones europeas —o incluso todas las integradas en la UEFA—, junto con otras como Argentina, Brasil o Japón, abandonaran la FIFA para crear un nuevo organismo rector del fútbol mundial?
Un Mundial organizado por la FIFA perdería buena parte de su atractivo si ese nuevo organismo pusiera en marcha su propio torneo. Conviene recordar que, aunque Europa haya perdido peso en el tablero geopolítico, sigue siendo una potencia indiscutible en el fútbol. Es hora de que utilice esa influencia frente a la FIFA en defensa de la integridad de este deporte.
«El próximo rival siempre es el más difícil», dice otro viejo tópico futbolístico. También aquí es aplicable. Una iniciativa de este calibre no sería sencilla. Exigiría una acción coordinada de distintos actores, que deberían empezar a mover ficha tras el Mundial de 2026.
Un frente común
Entre ellos figura el Consejo de Europa, encabezado por su secretario general y exconsejero federal Alain Berset. También la UEFA y varias federaciones nacionales, como las de Alemania, Noruega o Bélgica. La Asociación Suiza de Fútbol (ASF), por su parte, está evaluando si respaldará la candidatura de Infantino a la reelección.
Todos ellos, junto con otros actores, han criticado duramente a la FIFA. La UEFA, por ejemplo, ha afirmado: «Ninguno de nosotros es propietario del fútbol. No le corresponde a la FIFA venderlo».
Ha llegado el momento de actuar contra la FIFA para salvar un deporte en el que la deportividad y la integridad —dentro y fuera del terreno de juego— deberían ser valores irrenunciables. De lo contrario, dentro de cuatro años volveremos a escandalizarnos por los mismos motivos.
La opinión expresada por el autor no refleja necesariamente la posición de Swissinfo.
Este artículo se publicó originalmente en el St. Galler TagblattEnlace externo y en otros periódicos suizos.
Artículo editado por Balz Rigendinger; y adaptado al español por Carla Wolff.
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