El gran reto demográfico de Suiza: el tercer hijo
En casi todo el mundo, la caída de la natalidad se explica porque cada vez menos personas tienen un primer hijo. En Suiza, en cambio, el problema no es exactamente ese.
La gente joven surcoreana se autodenomina la «generación N-po». La «N» hace referencia a un número indeterminado, mientras que «po» alude a la renuncia forzada a todo aquello que antes se daba por sentado: una vivienda en propiedad, una carrera profesional o tener hijos. Con apenas una media de 0,7 hijos por mujer, Corea del Sur registra la tasa de fecundidad más baja del mundo.
La principal razón es la enorme competitividad de la sociedad surcoreana. «Los padres consideran irresponsable tener más de un hijo, porque sostener la educación de ese único hijo ya consume una enorme cantidad de recursos», afirma Mikko Myrskylä, director del Instituto Max Planck de Investigación Demográfica. A ello se suman los fuertes incentivos para renunciar por completo a la maternidad y la paternidad. En Corea del Sur, por ejemplo, la maternidad reduce de forma drástica las oportunidades profesionales de las mujeres.
En la mayoría de los países europeos, esa llamada «penalización por maternidad» está mucho menos acentuada. Aun así, el descenso de los primeros nacimientos sigue siendo el principal factor detrás de la caída de la natalidad.
Entre el 70 % y el 90 % del descenso registrado en buena parte de Europa puede explicarse por este motivo, señala Myrskylä. «El primer hijo es el verdadero reto, y precisamente ahí es donde fracasan la mayoría de las políticas públicas».
El tercer hijo desencadena un nuevo nivel de dificultades
¿Y qué ocurre en Suiza? En este país no perteneciente a la UE, de grandes montañas, salarios elevados y un coste de la vida igualmente alto, las cosas vuelven a ser, como tantas veces, algo distintas. La tasa de fecundidad se situó recientemente en 1,29 hijos por mujer, por debajo de la media de la Unión Europea, que fue de 1,34.
Según Laura Bernardi, profesora de Demografía y Sociología de la Universidad de Lausana, solo la mitad del descenso registrado en Suiza durante los últimos cinco años se debe a la reducción de los primeros nacimientos. La otra mitad responde a una tendencia hacia familias más pequeñas. «Cada vez hay menos parejas que tienen un segundo hijo y, sobre todo, un tercero».
Mientras que en ese periodo los primeros nacimientos disminuyeron un 8,5 %, los segundos descendieron un 9 % y los terceros nada menos que un 13,6 %. «Muchas personas siguen dando el paso de convertirse en padres, pero se quedan en un solo hijo», concluye Bernardi.
Incluso entre quienes desearían ampliar la familia, muchos hogares suizos llegan a un punto en el que tener otro hijo deja de ser asumible desde el punto de vista económico y organizativo, explica la experta. «La estructura de costes de tener hijos en Suiza es muy poco lineal». El primer hijo exige ajustes como organizar el cuidado infantil, reducir la jornada laboral y, en ocasiones, mudarse a una vivienda más grande. «Sin embargo, dentro de un modelo en el que trabajan ambos miembros de la pareja, esos cambios suelen ser manejables».
El segundo hijo incrementa los costes, pero, según Bernardi, todavía puede encajar dentro de una organización similar. «El salto al tercer hijo suele desencadenar un nuevo nivel de exigencias: a menudo hace falta una vivienda considerablemente mayor, aumentan de forma notable los gastos de cuidado infantil y, además, es necesario reducir todavía más la dedicación al trabajo remunerado».
El país más caro del mundo
El problema se agrava por el elevado coste de la vida. En el Cost of Living Index 2026, las ciudades suizas ocupan los seis primeros puestos, relegando a Nueva York, la gran metrópoli por excelencia, a la séptima posición.
Ya hace diez años, algunos medios estadounidenses defendían la idea de que, en Manhattan, tener un tercer hijo se había convertido en el símbolo de estatus por excelencia. Esa misma reputación la tiene desde hace tiempo el tercer hijo también en Suiza, especialmente en las grandes ciudades.
Criar a un hijo cuesta en Suiza al menos medio millón de francos. Si se tiene en cuenta también la pérdida de ingresos derivada del trabajo a tiempo parcial, la factura puede incluso duplicarse, según calculó recientemente el periódico BlickEnlace externo.
Es cierto que existen distintas ayudas para las familias con rentas bajas, por ejemplo en el ámbito sanitario. Sin embargo, en comparación con otros países europeos, Suiza sigue teniendo «una política institucional de apoyo a la maternidad y la paternidad poco generosa», resume Bernardi. Entre otras carencias, no existe un permiso parental que pueda repartirse de forma flexible entre ambos progenitores, y los costes del cuidado infantil para las familias de clase media son extraordinariamente elevados.
Finlandia: igualdad, pero baja natalidad
El contrapunto clásico lo ofrecen los países escandinavos, donde los largos permisos parentales bien remunerados y una red de cuidado infantil asequible y accesible facilitan la crianza y ofrecen fuertes incentivos para que tanto madres como padres permanezcan en el mercado laboral. Según Bernardi, estas políticas, orientadas a promover la igualdad de género y la corresponsabilidad en el cuidado de los hijos, hacen más compatible el empleo a tiempo completo con la crianza.
Sin embargo, las ayudas a las familias, por sí solas, no garantizan una elevada natalidad. Así lo demuestra la comparación entre los propios países nórdicos. Mientras Dinamarca registra una tasa de fecundidad relativamente elevada, de 1,50 hijos por mujer, y tanto Noruega como Suecia superan a Suiza, Finlandia apenas se sitúa por delante, con 1,30 hijos por mujer, pese a contar con políticas avanzadas de igualdad y apoyo familiar.
La explicación es que en Finlandia el descenso de los primeros nacimientos es aún más acusado que en otros países europeos. «Seguimos teniendo bastantes terceros e incluso cuartos hijos. El nuevo reto es que la gente tenga el primero», explica la demógrafa finlandesa Anna Rothkirch.
A su juicio, detrás del aumento de la falta de descendencia están factores como el creciente individualismo, el consumo de sustancias, el incremento de las tasas de divorcio y la dificultad para encontrar una pareja adecuada. También atribuye parte de la responsabilidad a la expansión de los teléfonos inteligentes y las redes sociales. «Estamos viviendo una crisis de las relaciones de pareja, una crisis de salud mental; la tasa de matrimonios ha caído un 50 % y, en todo este tiempo, lo único que ha cambiado de verdad ha sido la digitalización». Se trata, añade, de tendencias globales que afectan a todos los países.
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Rothkirch sostiene que el acceso a servicios de cuidado infantil es la única medida cuya relación con un aumento de la natalidad está sólidamente demostrada. «Es la base. Pero todo el mundo da por hecho que los hijos “ya llegarán por sí solos”». En su opinión, ahí existe una laguna en las políticas familiares: «Sería importante apoyar a los jóvenes adultos en la formación de parejas estables».
La demógrafa también aboga por crear incentivos para que la gente tenga hijos a una edad más temprana. «Quien empieza demasiado tarde, muchas veces acaba sin tener hijos».
Myrskylä, del Instituto Max Planck, llega a la misma conclusión: «No veo que las políticas familiares tengan siquiera este problema en el radar. Da la impresión de que los responsables políticos parten siempre de la idea de una pareja ya consolidada que, por algún motivo, duda a la hora de tener hijos». Sin embargo, no se aborda ni cómo se forman esas parejas ni qué hace que permanezcan unidas.
No existe una política familiar europea común que pueda fomentar de nuevo la natalidad. Los enfoques varían considerablemente de un país a otro.
Aun así, Myrskylä detecta un rasgo común llamativo: la distancia entre el discurso y la acción. «Los países europeos que están experimentando un desplome sin precedentes de la natalidad tienden a elaborar documentos que reúnen a los mejores expertos en dinámica demográfica». Esos informes suelen contener propuestas ambiciosas, pero rara vez se traducen en medidas concretas. «A la política le cuesta reaccionar ante el descenso de la natalidad. Todo apunta a que estamos entrando en una era en la que las tasas ultrabajas de fecundidad empiezan a considerarse normales».
En Suiza, tener hijos sigue considerándose un asunto privado
A diferencia de lo que ocurre en otros países europeos, el descenso de la natalidad apenas ha encontrado eco hasta ahora en la política suiza. En los últimos años, el debate público ha estado dominado por la inmigración y los problemas derivados del crecimiento demográfico. Sin embargo, el margen de mejora sería considerable, especialmente en materia de cuidado infantil y de conciliación entre la vida laboral y familiar.
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Las políticas familiares lo tienen difícil en un país de tradición federal y liberal como Suiza. Sigue estando muy extendida la idea de que tener hijos es una cuestión estrictamente privada.
Por eso, Bernardi considera que, si Suiza quiere aumentar la natalidad, necesita un cambio de enfoque. «Los hijos deben entenderse como un bien público, porque el bienestar y la prosperidad económica dependen de que exista un relevo generacional suficiente».
A su juicio, el mayor riesgo para la natalidad reside en la convergencia de varias tendencias: la incertidumbre económica, los costes de oportunidad que disuaden a muchas familias de tener más hijos, las barreras estructurales relacionadas con la vivienda y el cuidado infantil, y el consiguiente retraso continuado en la formación de una familia. «Si esta situación se mantiene, las familias con un solo hijo o la ausencia de descendencia acabarán convirtiéndose en la norma», advierte Bernardi. Suiza acabaría enfrentándose entonces al mismo problema que Corea del Sur.
Artículo editado por Balz Rigendinger. Adaptado al español por Carla Wolff.
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