Patricia Highsmith, demasiado incómoda para un homenaje amable
Adaptada de la obra teatral Switzerland, la película de Anton Corbijn Talento para matar convierte a Patricia Highsmith en un personaje de su propia ficción. Es un homenaje afectuoso, aunque quizá demasiado amable, a una escritora cuya obra rara vez se caracterizó por la ternura.
El lugar donde descansan los restos de Patricia Highsmith, en el cementerio municipal de Tegna, una pequeña localidad del cantón del Tesino, pasa prácticamente desapercibido. La novelista estadounidense, autora, entre otras obras, de la serie Ripley, cinco thrillers psicológicos ambientados en Europa y protagonizados por el escurridizo Tom Ripley, está enterrada discretamente en un sobrio columbario de mármol. Quienes acuden a rendirle homenaje han optado por dejar piedras en lugar de flores.
Talento para matar, estrenada recientemente en la 51.ª edición del Festival Internacional de Cine de Toronto y una de las películas destacadas del Festival de Cine de Zúrich que tuvo lugar en septiembre, está protagonizada por Helen Mirren, que interpreta a la escritora, de carácter difícil, poco antes de su muerte. Alden Ehrenreich encarna a Edward Ridgeway, un joven editor estadounidense enviado a Suiza para conseguir que Highsmith escriba una última entrega de la serie de Tom Ripley.
Adaptado de la obra teatral Switzerland, de la dramaturga australiana Joanna Murray-Smith, el guion disfruta especialmente con los juegos de sumisión y dominación entre la autoritaria Highsmith y el nervioso Ridgeway, que quizá habría llegado unos meses más tarde y se habría limitado a dejar una piedra.
«Quizá haya visto mi correo…», dice Ridgeway a Highsmith, de quien sabemos que en 1995 se comunicaba casi exclusivamente a través del servicio postal suizo. Es el típico intercambio entre un joven profesional del mundo de la cultura deseoso de agradar y una artista veterana que ya lo ha visto todo. Los intentos de salvar esa distancia son uno de los ejes centrales de Talento para matar.
La obra de Murray-Smith ha pasado del papel al escenario y, después, a la pantalla. Como una forma contemporánea de rendir homenaje a la serie de Ripley de Highsmith, Talento para matar plantea constantemente cuestiones sobre los límites entre la imitación y la transformación. Como descubre Edward Ridgeway, la frontera entre el síndrome del impostor y la actitud de fingir hasta conseguirlo es extremadamente fina.
Entrevista con una vampira
El director Anton Corbijn se suma a una larga y prestigiosa tradición de adaptaciones cinematográficas de la obra de Highsmith. A pleno sol (1960), El amigo americano (1977) y El talento de Mr. Ripley (1999) son tres de las adaptaciones más destacadas de la serie de Ripley. Por su parte, Extraños en un tren (1951), de Alfred Hitchcock, con guion de Highsmith, y Carol (2015), basada en El precio de la sal, una novela de tintes autobiográficos de la escritora, ponen de manifiesto la extraordinaria variedad de su obra.
Corbijn no es Hitchcock, pero con Talento para matar aspira ambiciosamente a explorar un territorio cinematográfico asociado a directores como René Clair o Anthony Minghella, aunque no llega a alcanzarlo.
Tras un prólogo algo torpe a bordo de un tren suizo, Talento para matar no arranca con Highsmith, sino con una larga recreación de Drácula (1897). Ridgeway encarna al joven e ingenuo norteamericano que llega a un lugar remoto para firmar un contrato con un misterioso europeo.
La película se recrea llamativamente en este episodio, hasta el punto de que Ridgeway se despierta con unas marcas en el cuello, lo que convierte a Highsmith, en su versión de Nosferatu, en la principal sospechosa. Aunque esta referencia se abandona enseguida, deja clara la ambición de la película —no siempre a la altura de sus intenciones— de entretejer referencias a otras obras y géneros en su narración.
Tras fracasar en sus intentos de librarse del incansable Ridgeway, Highsmith le hace una propuesta: si la ayuda a idear una trama de asesinato digna de su estilo, firmará el contrato. Lo que sigue es una película dentro de la película. En la imaginación de Ridgeway, Ehrenreich se desprende de las gafas y se transforma en una especie de Ripley, dispuesto a seducir a la joven heredera Clementine Balfour y a asesinar a los parientes mayores que se interponen entre él y su herencia. Pronto, la ficción, la realidad y la fantasía empiezan a confundirse y se entrelazan a lo largo de los 104 minutos que dura la película.
Vértigo, Cluedo y velcro
Si el público no puede evitar comparar a Ehrenreich con quienes interpretaron a Ripley antes que él, o el Tesino de postal de Corbijn con la sensualidad sórdida de Mongibello, el pueblo costero ficticio de El talento de Mr. Ripley, la película se esfuerza por incorporar esas diferencias a su propio relato. Juega deliberadamente con el conocimiento que el público tiene de las anteriores adaptaciones cinematográficas de Ripley y exprime todo el suspense posible de una serie de situaciones ya conocidas.
Cuando Ridgeway, convertido en Ripley, tiene que hacerse pasar por un miembro de la élite universitaria estadounidense en una fiesta de los Balfour, por ejemplo, resulta imposible no observar cómo Ehrenreich se esfuerza por estar a la altura de Matt Damon o Alain Delon. El resultado es una curiosa tensión de doble capa que provoca una sensación de vértigo marcadamente posmoderna. Sin embargo, estos juegos no bastan para sustituir el suspense genuino.
>> La primera adaptación de Ripley (1960) fue francesa, dirigida por René Clément y protagonizada por un joven Alain Delon. A Highsmith le disgustó el giro moralizante del desenlace. En sus obras, el crimen suele salir rentable.
Corbijn intenta dar un tono más sombrío a la imagen soleada y de postal del Tesino cada vez que la narración se adentra en la película dentro de la película. Sin embargo, ni siquiera una escena de seducción violenta consigue desprenderse del todo del aire de una partida de Cluedo. Los rápidos cambios de plano que deberían mantener la tensión no tardan en recordar a los cierres de velcro: les falta la precisión necesaria. En el guion, una sucesión deslucida de giros argumentales tampoco logra distraer de un desenlace que se adivina casi desde el principio.
Ehrenreich tiene que cambiar de registro entre las dos narraciones de la película, mientras que Mirren puede mantenerse en todo momento en el papel de una gran dama de carácter arisco. Si nos ponemos menos benévolos, cabe pensar que la abundancia de frases ingeniosas destinadas a ganarse al público es una de las principales razones por las que existe Talento para matar. «Eres gay», le dice con sorna a Ridgeway en un momento dado. «Lo sé por experiencia», añade después la escritora, conocida por sus relaciones con mujeres, con un guiño casi cómplice al público.
>> La adaptación cinematográfica más reciente de El talento de Mr. Ripley es una producción de Netflix de 2024 protagonizada por Andrew Scott.
Nunca conozcas a tus ídolos
La película suaviza, sin embargo, los aspectos más incómodos de Highsmith para preservar el retrato de una artista difícil, pero brillante. Un comentario aparentemente trivial sobre su marcha de Nueva York para huir de «los negros y los judíos» parece una alusión obligada a los numerosos prejuicios de la escritora, que llegó a referirse al Holocausto como «semicausto».
En cualquier caso, la exploración de las distintas capas de la imitación que propone Talento para matar ofrece más motivos para la reflexión que para el suspense o para construir un retrato honesto de su protagonista.
La interpretación y la adaptación no son más que otros dos juegos de Ripley, en los que la diferencia entre el éxito y el fracaso apenas depende de la confianza en uno mismo. De forma algo torpe, y en uno de los mejores golpes de humor de la película, lo mismo parece ocurrir con la seducción y la ambición artística, cuando Mirren susurra al oído de un Ehrenreich desconcertado.
La historia está llena de encuentros fallidos entre generaciones. El célebre pintor neoyorquino Duncan Hannah recordó en una ocasión la emoción que sintió al conocer a Lou Reed cuando era joven. Sin embargo, el cantante de The Velvet Underground se presentó con una propuesta sexual de lo más escatológica.
Talento para matar no llega ni de lejos a ese grado de crueldad, algo lamentable tratándose de un personaje tan ofensivo como Highsmith. Ante un legado tan incómodo, sería injusto decir que la película se limita a depositar una piedra sobre la tumba de la escritora. Sin embargo, se cuida mucho de no perturbar el descanso de los muertos.
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La vida de Highsmith en Suiza, un país “como un club”
Artículo editado por Catherine Hickley y Eduardo Simantob. Adaptado al español por Carla Wolff.
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