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«Uno para todos, todos para uno»: el lema que define Suiza

Bóveda con vidrieras y mosaicos
La cúpula del Palacio Federal es un homenaje al federalismo. Keystone / Peter Klaunzer

No es oficial, pero Suiza también tiene un lema. Estrechamente vinculado a los principales mitos fundacionales del país, la frase «Unus pro omnibus, omnes pro uno» («Uno para todos, todos para uno») es uno de los ingredientes de ese vínculo invisible que mantiene unida a la Confederación desde los orígenes del Estado federal.

Al oír la expresión «Uno para todos, todos para uno», muchas personas pensarán antes que nada en Los tres mosqueteros de Alexandre Dumas, aunque, en realidad, D’Artagnan y sus compañeros la pronuncian al revés («Todos para uno, uno para todos»). En Suiza, sin embargo, es mucho más que una cita literaria: es el lema de facto del país.

«Es, sencillamente, el federalismo resumido en seis palabras», explica el periodista y experto en historia suiza Jonas Marti. 

Superar las desconfianzas mutuas

Los orígenes de esta frase se pierden en el tiempo y resulta difícil determinar quién la pronunció por primera vez en territorio suizo. Sin embargo, el lema se popularizó sobre todo en el siglo XIX, cuando Suiza se convirtió, en 1848, en un moderno Estado federal.

Fue, como lo define Marti, «una revolución enorme», que obligó a los cantones a ceder parte de su soberanía a Berna. No fue un proceso fácil. Las resistencias eran numerosas y respondían tanto a intereses económicos —sobre todo, la pérdida de los ingresos procedentes de los aranceles— como a la desconfianza política entre los cantones conservadores y los liberales, estos últimos vencedores en la Guerra del Sonderbund de 1847.

El lema terminó imponiéndose también a raíz de dos grandes tragedias. «Uno para todos, todos para uno» fue el eslogan de las campañas de recaudación organizadas tras el incendio de Glaris, que en 1861 redujo a cenizas dos terceras partes de la ciudad, y después de las inundaciones que en 1868 afectaron a varios cantones, especialmente Tesino, Valais, Grisones, Uri y San Galo. Las riadas causaron la muerte de 51 personas y provocaron daños valorados en 40 millones de francos de la época, el equivalente a cerca de mil millones de francos actuales.

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Acuarela de inundacones de 1868: Una casa queda en medio de una isla.

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Demografía

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Ante una catástrofe de semejante magnitud, «la frase explicaba de forma sencilla por qué un ciudadano de Zúrich, por ejemplo, debía preocuparse —y contribuir económicamente— por algo que había ocurrido en otro cantón», afirma Marti.

Como un martillo en manos de un hábil herrero, el lema forjó la cohesión y la solidaridad entre los cantones suizos, entre el fuego y el barro.

Grabado
Grabado conmemorativo de la revisión de la Constitución federal de 1874. Public domain / Zentralbibliothek Zürich

Años después, las autoridades recurrieron a él con un objetivo más sutil, recuerda un artículo del blog del Museo Nacional Suizo: promover la revisión total de la Constitución de 1874, que introdujo, entre otras novedades, el referéndum facultativo y derechos fundamentales como la libertad de conciencia y de culto.

Desde 1902, la versión latina —elegida para no favorecer a ninguna de las regiones lingüísticas del país—, «Unus pro omnibus, omnes pro uno», adorna la cúpula interior del Palacio Federal, otro símbolo del federalismo, construido con materiales procedentes de toda Suiza. «Es una síntesis de cómo Suiza quería presentarse a sí misma», explica Marti.

Pese al lugar de honor que ocupa, el lema nunca llegó a ser oficial. Este detalle refleja otra característica del país: dejar que los símbolos nacionales se consoliden por la fuerza de la costumbre y no por decisión de las autoridades. Quizá una forma de no despertar más de la cuenta la tradicional desconfianza de los cantones hacia el poder central y las normas impuestas desde arriba.

Pero «Uno para todos, todos para uno» no es una frase sin más, desligada de su contexto histórico. En Suiza está asociada a una mitología nacional tan épica y sangrienta como suelen serlo todas las mitologías fundacionales —que se lo pregunten, si no, a Rómulo y Remo o a Juana de Arco—. Para entenderlo, hay que remontarse a un pasado remoto.

Mataron a Arnold… pero Arnold sigue vivo

Sempach, cerca de Lucerna, año 1386. En plena batalla, Arnold Winkelried (del cantón de Nidwalden) ve caer a sus compañeros bajo las largas lanzas de las tropas de los Habsburgo. Las armas cortas de los confederados se muestran trágicamente ineficaces. «¡Si tan solo lográramos abrir una brecha!», pensó Arnold antes de tomar una decisión desesperada.

«¡Os abriré camino!» (uno para todos), gritó mientras abría los brazos y se lanzaba al campo de batalla. «Cuidad de mi mujer y de mis hijos, queridos compatriotas» (todos para uno), exclamó, antes de lanzarse contra las puntas de las lanzas. Al sacrificarse de ese modo, abrió el ansiado hueco. Sus «queridos compatriotas» aprovecharon la brecha, derrotaron a los Habsburgo, ganaron la batalla, se liberaron de su dominio y consolidaron la Confederación. Así es cómo nació el mito.

Cuadro de una batalla
El cuadro «La muerte de Winkelried en Sempach», de Konrad Grob (1828-1904). Public domain / Konrad Grob

Sin embargo, la existencia histórica de Winkelried nunca se ha podido demostrar. Según el Diccionario Histórico de SuizaEnlace externo, el primer relato de su hazaña y de las palabras que supuestamente pronunció aparece más de un siglo después, en el Halbsuterlied de 1533. «La leyenda surgió de la necesidad de reforzar el sentimiento de cohesión dentro del frágil sistema de alianzas confederadas, amenazado por conflictos internos, y a partir del siglo XVII arraigó firmemente en la cultura popular», señala la obra.

El lema también resuena en otro de los grandes mitos fundacionales de Suiza: el Pacto Federal de 1291, estrechamente ligado al legendario Juramento del Grütli, el prado donde los representantes de los cantones originarios —Uri, Schwyz y Unterwalden— dejaron de lado sus recelos —y sus diferencias— por un bien común: una alianza de ayuda mutua, también en ese caso frente a los Habsburgo.

Ni Winkelried ni los padres fundadores pronunciaron seguramente las palabras «Uno para todos, todos para uno», pero esa frase resume a la perfección sus historias y se convirtió en el lema ideal del federalismo suizo.

Una promesa de matrimonio que hay que renovar

Años más tarde, los Habsburgo ya no representan una amenaza —salvo un giro histórico completamente inesperado—, pero la fuerza de la expresión «Uno para todos, todos para uno» sigue plenamente vigente. Aunque los tiempos hayan cambiado, el federalismo «no tiene nada de natural», subraya Marti, y no puede darse por sentado. Incluso hoy, recuerda el historiador, una persona de la Suiza italiana comparte muy poco, en términos de prioridades, necesidades, lengua o mentalidad, con alguien que vive en Schaffhausen.

Según Marti, la grandeza de Suiza reside precisamente en haber decidido mantenerse unida pese a sus diferencias, porque juntos se vive mejor que por separado. No obstante, esa relación debe validarse continuamente, sobre todo cuando llegan las dificultades.

«Es un poco como un matrimonio. La promesa hay que renovarla, de alguna manera, todos los días».

Los miembros del Consejo Federal (Gobierno) se encargan de hacerlo con frecuencia. En sus discursos recurren una y otra vez a este lema, que nunca ha perdido su fuerza retórica.

Durante la pandemia de la COVID-19, el entonces ministro de Sanidad, Alain Berset, lo utilizó repetidamente para subrayar la responsabilidad colectiva cuando pedía a la población que permaneciera en casa para frenar los contagios.

En 2019Enlace externo, el consejero federal Ignazio Cassis también sacó a la luz el lema para describir la esencia de un país unido no por una lengua común, sino por un pacto de cohesión en el que el entendimiento intercultural constituye una tarea cotidiana.

En su discurso de Año Nuevo de 2013Enlace externo, el entonces ministro de Defensa —y posteriormente de Finanzas—, Ueli Maurer, lo parafraseó para pedir a la ciudadanía que moderara sus exigencias. «A la larga, la comunidad suiza acabará desintegrándose si solo nos preguntamos qué puede hacer el Estado por nosotros», afirmó.

Doris Leuthard, presidenta de la Confederación en 2010, cerró su discurso del 1 de agostoEnlace externo con el lema, después de recordar las obligaciones humanitarias de Suiza con el resto del mundo y hacer un llamamiento al respeto mutuo en el debate político.

Podrían citarse ejemplos similares durante más de un siglo. Pero uno no puede evitar preguntarse cómo habrían sido todos esos discursos si Winkelried, en lugar de pronunciar aquellas heroicas palabras frente a las lanzas enemigas, hubiera gritado lo que muchos niños piensan en el colegio al escuchar su leyenda creen que dijo en realidad: «¿Quién ha sido el idiota que me ha empujado?».

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Debate
moderado por Zeno Zoccatelli

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Editado por Daniele Mariani; y adaptado al español por Carla Wolff.

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