El arte de fomentar el ahorro en Suiza
«Cuando la juventud se olvida de ahorrar, la vejez trae pobreza». En 1946, los niños y niñas en Suiza encontraban esta advertencia en sus tarjetas de ahorro. Por entonces, fomentar el hábito de guardar dinero era una tarea que iba mucho más allá de las aulas: también los adultos recibían alicientes para formar sus propias reservas.
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Ya bien entrado el siglo XX, todavía era necesario protegerse por cuenta propia frente a las contingencias financieras. Por entonces, prácticamente no existía ningún tipo de asistencia pública, por lo que parecía razonable fomentar el ahorro, especialmente entre las personas de bajos recursos.
A partir de 1800, las instituciones de utilidad pública crearon cajas de ahorros regionales para «despertar en los sectores modestos el gusto por el trabajo y el ahorro, al tiempo que proporcionaban los medios para conservar de forma segura un pequeño capital ganado con mucho esfuerzo y obtener intereses», según podía leerse en los estatutos de la Caja de Ahorros del cantón de Zug en 1840. Posteriormente, numerosos bancos cantonales y los bancos Raiffeisen ofrecerían condiciones favorables a los pequeños ahorristas.
Incluso los municipios más pequeños crearon ‘oficinas de recaudación’ cuya única función consistía en reunir el dinero para los bancos. Por lo general, estas oficinas estaban a cargo de gestiones voluntarias que principalmente realizaban el maestro de escuela, el presidente del municipio o el pastor.
En aquella época, las tasas de interés de las cuentas de ahorro eran tan atractivas que fue necesario limitar el monto de los depósitos. Evidentemente, el interés de la sociedad burguesa en fomentar el ahorro no era del todo desinteresado, ya que el aumento de las reservas financieras de las clases desfavorecidas suponía una reducción bienvenida de la ayuda a las personas necesitadas, financiada por las autoridades eclesiásticas, municipales y por el sector privado.
¿La consigna? Ahorrar para garantizar el propio sustento. El resultado: el capital acumulado gracias al ahorro permitía a los bancos conceder créditos a mayor escala a agricultores y artesanos, que podían invertir en semillas, ganado o maquinaria y, de ese modo, fomentar el progreso económico.
Los pequeños arroyos forman grandes ríos
Muy extendida en Suiza desde 1900, la alcancíaEnlace externo es, sin duda, el objeto más representativo de una forma de ahorro destinada a mejorar los ingresos disponibles en la vejez. Esta pequeña caja fuerte metálica, generalmente ovalada, era distribuida por los bancos a las personas que deseaban guardar su dinero en un lugar seguro.
Sin embargo, la llave de la alcancía permanecía en poder del banco. Una vez llena, se llevaba a la ventanilla de la entidad, donde una persona empleada la abría, recogía el dinero y lo ingresaba en una cuenta de ahorro. Cuando el ahorrista quería retirar una parte o la totalidad de sus fondos, no era raro que el empleado de la ventanilla le preguntara el motivo: un obstáculo adicional para frenar los impulsos de gastar.
En sus comienzos, la alcancía no estaba destinada exclusivamente a los niños. También se colocaba en un lugar bien visible de la sala de estar del hogar para recordar a los adultos que esta les permitía proteger una parte de su salario de los vicios, en una época en la que el alcoholismo y la adicción al juego hacían estragos.
En aquella época, la educación de los niños en materia de ahorro comenzaba en la escuela primaria con la creación de cajas de ahorros escolares. Cada vez que un alumno depositaba una moneda de veinte céntimos en la alcancía, recibía un sello multicolor que pegaba en un lugar bien visible de su tarjeta, con el fin de fomentar una sana competencia entre sus compañeros. Una vez completadas todas las tarjetas, el maestro las llevaba a la entidad bancaria junto con el dinero recaudado.
El importe representado por los sellos de cada alumno se acreditaba en su libreta de ahorro. Por su parte, los adultos creaban fondos comunes, especialmente populares en la región de Basilea, que ofrecían incentivos similares para ahorrar.
El ahorro para tiempos difíciles pierde importancia
A partir de mediados del siglo XX, el ahorro experimentó una transformación decisiva. En 1948 entró en vigor el Seguro de Vejez y Supervivencia (AVS)Enlace externo. Le siguió la introducción progresiva de un seguro médico obligatorio, así como de otros seguros sociales.
Todas estas medidas fueron desplazando la antigua costumbre de acumular dinero por cuenta propia. En la práctica, el ahorro individual fue dando paso a un sistema regulado por el Estado, así como a cotizaciones y primas obligatorias.
Este sistema de previsión social busca proteger a la población del país frente a las dificultades materiales derivadas de la enfermedad, el desempleo y la vejez. Aun así, la población suiza sigue ahorrando con constancia, aunque ahora lo hace principalmente para comprar bienes de consumo, pero también para financiar estudios y formación o adquirir una vivienda.
Como esta actividad exigía cada vez más tiempo, la promoción del ahorro por parte del personal docente fue perdiendo fuerza durante la segunda mitad del siglo XX. Para reemplazar a las escuelas y a los adultos, que hasta entonces se encargaban de recaudar el dinero, los bancos comenzaron a dirigirse directamente a la población joven.
En su informe anual de 1948, el Banco Cantonal de Zúrich señalaba que los jóvenes estaban «especialmente expuestos a los gastos irreflexivos», lo que justificaba la creación de una libreta de ahorro juvenil. Esta debía animarlos a administrar su dinero con sensatez, mediante tasas de interés que prometían acumular un capital considerable incluso con pequeños depósitos. Además, ofrecía condiciones atractivas a una generación emergente, seducida por eslóganes corrientes como «Quien empieza ahorrando construye un futuro prometedor».
A partir de la década de 1970, la fragilidad de las nuevas alcancías de plástico distribuidas por los bancos, que podían abrirse con el más mínimo golpe de martillo, y el hecho de que los ahorristas recibieran la llave contribuyeron a socavar una práctica del ahorro que ya había quedado anticuada. Equilibrar el presupuesto sigue siendo un desafío para todas las generaciones, que comprueban que sus recursos generalmente no alcanzan para hacer realidad todos sus sueños.
La moraleja de la canción en dialecto bernés Sidi Abdel Assar vo El HamaEnlace externo, de Mani Matter, resume bien la situación: «¡Ah, si hubiera empezado a ahorrar antes!».
Matthias WiesmannEnlace externo es historiador económico y archivero empresarial del Banco Cantonal de Zúrich.
El artículo original se encuentra en el blog del Museo Nacional Suizo.Enlace externo
Texto adaptado al español por Norma Domínguez. Revisado por Carla Wolff.
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