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La generación sin aulas cumple cinco años en el Afganistán de los talibanes

Kabul, 13 ago (EFE).- Farogh tenía 11 años y Sahar 13 cuando los talibanes prohibieron la educación para las niñas en Afganistán. Cinco años después del retorno del régimen a Kabul, mientras una pasa los días confinada en su vivienda y la otra aguarda un matrimonio concertado, ambas encarnan la realidad de toda una generación que alcanzó la mayoría de edad entre las cuatro paredes de su casa y con las aulas cerradas.

En el caso de Farogh, los libros fueron sustituidos por tareas del hogar y largas jornadas de encierro que han deteriorado su salud mental, mientras Sahar afronta la inminencia de un matrimonio concertado por su familia ante la falta de alternativas que permitan un proyecto de vida independiente.

El veto a las aulas, presentado inicialmente por las autoridades como una pausa «temporal» para adecuar los planes de estudio a la ley islámica, se consolidó en un entramado de restricciones que prohibió posteriormente el acceso a las universidades y el trabajo femenino en organismos internacionales.

Unas 2,4 millones de niñas afganas siguen excluidas del sistema educativo según el último balance de la ONU, una cifra que sigue creciendo con cada nueva promoción que alcanza el sexto grado.

«Incluso durante las vacaciones de invierno echábamos de menos el colegio y a nuestras compañeras de clase. Imagínese ahora, han pasado cinco años desde que estamos encerradas en casa», cuenta Farogh a EFE.

Una generación sin alternativas

La pérdida de cinco cursos escolares ha transformado algo más que la trayectoria académica de estas jóvenes. Para muchas familias, las adolescentes que ya no pueden estudiar ni aspirar a un empleo no tienen alternativas fuera del hogar.

El Afghanistan Human Rights Center ha documentado un aumento de los matrimonios forzados e infantiles entre jóvenes privadas de educación, aunque advierte de que no existen datos nacionales que permitan medir con precisión su alcance.

«En base a la información de una maternidad, un hospital privado y un hospital regional, puedo decir que se ha registrado un aumento del 10 % en el número de niñas que se convierten en madres», dijo a EFE Bashir Karimi, médico del Hospital Regional Mirwais, en la provincia de Kandahar.

Sahar conoce ya cuál será su destino inmediato, sin posibilidad de regresar a clase y con escasas perspectivas de independencia económica, su familia ha acordado su matrimonio.

Antes de 2021, la ley afgana penalizaba el matrimonio por debajo de los 15 años. El pasado mayo, los talibanes aprobaron un decreto que elimina cualquier límite de edad para casarse y otorga pleno poder a los tutores masculinos para acordar enlaces de menores.

Prohibición sin consenso

El mantenimiento indefinido del veto también ha dejado al descubierto diferencias dentro del propio movimiento talibán.

Aunque la cúpula presenta la norma como un consenso religioso, el portavoz del régimen, Zabihullah Mujahid, reconoció abiertamente que la escolarización femenina genera «puntos de vista diferentes» entre ministros y líderes religiosos.

Mientras, las voces disidentes han sido apartadas. El exviceministro de Exteriores talibán, Abás Stanikzai, desafió públicamente la línea dura de Kandahar, el feudo ideológico de los talibanes, antes de trasladarse por «motivos de salud» a los Emiratos Árabes Unidos.

«No hay excusa para esto, ni ahora ni en el futuro. Estamos siendo injustos con casi 20 millones de personas» afirmó Stanikzai en Kabul en 2025 al sostener que la prohibición carecía de fundamento en la Sharia.

Excluir a las mujeres es un coste millonario

Las consecuencias tras cinco años de confinamiento ya son palpables en la economía afgana.

«Las restricciones a las mujeres han tenido un impacto económico tangible en el país», declaró a EFE la Oficina del Viceprimer Ministro de Asuntos Económicos del Gobierno de facto talibán, Abdul Ghani Baradar, que recordó que según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo ese cambio le ha costado a la economía afgana aproximadamente 1.000 millones de dólares.

A esto se suma el mortal colapso de la atención materna y de la salud pública por la falta de profesionales femeninas, que ha dejado a provincias enteras sin médicas especialistas y ha disparado la mortalidad materna a unas 638 muertes por cada 100.000 nacidos vivos, más del doble del promedio mundial, según la ONU.

El tiempo que no vuelve

Cinco años después, la suspensión que debía ser temporal ha consumido prácticamente toda la adolescencia de las primeras niñas expulsadas de las aulas.

Las que tenían once o doce años en 2021 se acercan ahora a la mayoría de edad sin haber podido cursar la secundaria, mientras las promociones que vienen detrás siguen incorporándose cada año a la misma prohibición.

Para Farogh, el colegio permanece asociado a una vida que terminó abruptamente cuando todavía era una niña. Para Sahar, el tiempo transcurrido ya ha cerrado algunas de las opciones que entonces parecían posibles.

Ninguna sabe cuándo volverán a abrir las aulas. EFE

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