Todo cambia para que nada cambie: Locarno mantiene su identidad en su 79.ª edición
El Festival de Cine de Locarno inaugura su 79.ª edición con el objetivo de preservar la identidad cinéfila que lo distingue en un panorama audiovisual en plena transformación.
La muerte del cine se ha anunciado cada vez que una innovación tecnológica ha cambiado la forma de ver películas. Las plataformas de streaming, por ejemplo, han dejado de ser la gran polémica del momento con la irrupción de la inteligencia artificial (IA). Mientras tanto, los festivales de cine siguen demostrando la resiliencia de la experiencia cinematográfica tradicional, aunque también se adapten, cada uno a su manera, a los nuevos tiempos.
En este contexto de cambio permanente, la palabra que define la 79.ª edición de Locarno es «continuidad», según su director artístico, Giona A. Nazzaro. Swissinfo habló con él en Zúrich el pasado mes de julio, antes de la presentación oficial del programa.
Cuando le preguntamos cómo resumiría esta nueva edición, Nazzaro insistió en que, con «continuidad», se refiere a que la estructura del festival, sus distintas secciones y actividades paralelas permanecen intactas. Y considera que eso es, precisamente, motivo de celebración.
Aun así, el festival ha introducido algunos cambios sutiles en los últimos años. Quizá el más significativo fue la desaparición de la sección dedicada al cine experimental («Moving Ahead»). El objetivo, sin embargo, no era abandonar ese tipo de cine, sino abrir el resto de secciones —incluida la competición oficial— a propuestas más arriesgadas.
«Me resisto a organizar las secciones por géneros», afirma. Una postura plenamente coherente con sus gustos cinematográficos, tan eclécticos como insaciables. Declarado admirador del punk rock, Nazzaro disfruta por igual del cine más gamberro y del más intelectual, un amplio abanico que se refleja en la programación y refuerza la imagen de Locarno como un auténtico santuario para cinéfilos.
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Cambios, sí, pero sin perder la esencia
Otros cambios, esta vez menos discretos, llegaron con el nombramiento en 2023 de Maja Hoffmann como presidenta del festival. Heredera de la farmacéutica Roche y una de las grandes mecenas y coleccionistas de arte contemporáneo del mundo, Hoffmann no ha promovido un cambio de marca, sino una estrategia orientada a reforzar el prestigio internacional de Locarno sin renunciar a su sello cinéfilo.
Aún es pronto para valorar el alcance de esa estrategia, pero sí parece haber consolidado la posición del festival dentro del circuito europeo.
Cannes sigue siendo, naturalmente, el gran referente. En la última década se ha convertido en un gigantesco motor económico global que mueve miles de millones. Berlín, por el contrario, ha perdido parte de su brillo tras varias polémicas políticas que se saldaron con la salida de sus dos últimos directores. Venecia, otro de los grandes hitos del calendario cinematográfico, conserva intacto su prestigio y excelencia, aunque puede reprochársele una atención quizá excesiva a las estrellas de Hollywood y al marketing.
Locarno, por su parte, quizá no marque el pulso de la industria, pero desde la pandemia ha visto crecer de forma notable la presencia de profesionales del sector y responsables de adquisiciones, que en 2025 superaron los 4.000. Cada año desfilan por el festival algunas celebridades, aunque nunca son el centro de atención. Como recuerda Nazzaro: «Las verdaderas estrellas de Locarno son las películas».
Y hablando de la aristocracia del cine, entre los invitados de honor de esta edición figuran el director Darren Aronofsky y las actrices Isabella Rossellini, Asia Argento y Monica Bellucci. No obstante, siguiendo la filosofía del director artístico, estas no son las verdaderas protagonistas del festival.
Concorso Internazionale: la competición oficial
La competición reúne 17 películas procedentes de prácticamente todos los continentes, con la única ausencia de África, una carencia que compensan otras secciones del festival.
Desde Asia regresan dos habituales de Locarno: el surcoreano Hong Sang-soo presenta Nowhere to Lay My Eyes, mientras que el singapurense Nelson Yeo, ganador del Leopardo de Oro en 2023 con Dreaming & Dying, vuelve con The House on the Moon.
Las producciones europeas dominan la selección. Más allá de las habituales representaciones de Francia, Italia y Alemania, el cine rumano se ha convertido en una presencia constante gracias al impulso de autores como Radu Jude. Este año, sin embargo, el director no competirá en Locarno —su última película, Diary of a Chambermaid, fue seleccionada en Cannes—, aunque Rumanía estará representada por el drama You Don’t Belong Here, de Florin Șerban.
Por otro lado, Locarno mantiene una larga relación con el cine en portugués. En 1967, el brasileño Glauber Rocha ganó el máximo galardón del festival —entonces denominado Gran Premio— con Terra em Transe, dos años antes de ser premiado en Cannes. Más recientemente, el portugués Pedro Costa obtuvo el Leopardo de Oro en 2019 con Vitalina Varela y, en 2022, la brasileña Julia Murat se alzó con el premio principal gracias a Rule 34.
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Este año, Nazzaro ha tomado una decisión poco habitual al incluir en la competición oficial A Margem do Rio (The Riverbank), ópera prima de los brasileños Matheus Farias y Enock Carvalho. Por tratarse de un primer largometraje, habría encajado mejor en Cineasti del Presente, la sección dedicada a cineastas emergentes. Sin embargo, el director artístico defiende su elección: «Es una película con tantas capas y tan difícil, casi imposible de clasificar, que decidí situarla entre las grandes apuestas del festival».
Ambos directores ya habían presentado cortometrajes en festivales internacionales y han trabajado estrechamente con Kleber Mendonça Filho, considerado el cineasta brasileño vivo más prestigioso. Farias, además, fue el montador de su último éxito, The Secret Agent.
También regresa a la competición oficial el director suizo-portugués Basil da Cunha con O Jacaré (El cocodrilo), tercera y última entrega de su trilogía ambientada en el barrio lisboeta de Reboleira.
Hijo de inmigrantes portugueses establecidos en Suiza, Da Cunha estudió cine, sociología y ciencias políticas antes de instalarse en Lisboa sin apenas recursos y con la firme intención de convertirse en cineasta. Terminó viviendo en Reboleira, un barrio periférico con una importante comunidad caboverdiana.
Alejado de los circuitos convencionales de la industria, ha construido una filmografía que destaca por la cercanía y la intimidad con sus personajes, convertidos con el tiempo en una suerte de familia elegida.
Cineasti del Presente: las nuevas voces
La sección dedicada a primeras y segundas películas apuesta por propuestas aún más arriesgadas.
The Palestinian Revolutionaries Never Die, de Mohanad Yaqubi, construye un diálogo a partir de archivos cinematográficos para reivindicar el legado de la fallecida directora libanesa Jocelyne Saab. La película revisita 16 de sus obras sobre las revoluciones y los conflictos árabes entre 1973 y 1983. Su título remite a un conocido lema asociado a George Habash, médico y fundador del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP).
Mientras la guerra continúa marcando el cine ucraniano contemporáneo, Demony, de Natalka Vorozhbyt, opta por mirar a la década de 1990. A través de una inusual historia de amor explora las complejas relaciones entre rusos y ucranianos —en las costumbres, las actitudes e incluso el uso del idioma— y dibuja el mapa de tensiones que desembocó en el conflicto actual. La representante ucraniana en la competición oficial, I Rarely Wake Up Dreaming, aborda la guerra de forma mucho más directa.
Entre las demás propuestas destacan también Hanabi, el largometraje experimental de la brasileña Ana Vaz; la deslumbrante película de animación singapurense Magic Atlas, dirigida por Sun Xu; y Small Talk, del suizo Mateo Ybarra, un híbrido entre documental y ficción ambientado en Villa Pierrefeu, el último internado suizo especializado en formación en protocolo y etiqueta, al que asistió la princesa Diana en 1978.
La retrospectiva
Para los fieles del festival, el gran atractivo de Locarno sigue siendo, año tras año, su retrospectiva. Rara vez decepciona y, en esta ocasión, resulta más pertinente que nunca.
Bajo el título Red & Black – Hollywood Left and the Blacklist, reúne medio centenar de películas —entre largometrajes de ficción, documentales, noticiarios y cortometrajes— procedentes de Estados Unidos, Reino Unido, España, Italia, Francia, México y Argentina, realizadas por o dedicadas a cineastas y profesionales del sector perseguidos o incluidos en las listas negras durante la caza de brujas del macartismo.
Comisariada por el crítico iraní afincado en Londres Ehsan Khoshbakht, responsable también de las dos retrospectivas anteriores del festival, la muestra promete resonar con especial fuerza en la Estados Unidos de Donald Trump.
Estas son otras propuestas destacadas de la 79.ª edición del Festival de Cine de Locarno:
Artículo editado por Mark Livingston; y adaptado al español por Carla Wolff.
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