La paz entre Israel y el Líbano la deberían negociar «dos madres en duelo por sus hijos»
Imane Rachidi
La Haya, 2 oct (EFE).- Maya Yamout no quiere que la próxima conversación de paz entre Líbano e Israel empiece entre militares o diplomáticos, sino entre una madre libanesa y otra israelí que hayan perdido a sus hijos. «Ellas hablarán de paz porque hablarán desde el dolor», asegura a EFE esta activista libanesa, que tenía 14 años cuando empezó a vivir entre guerras e inestabilidad.
«Ya no quiero más guerras», resume Yamout en una entrevista en La Haya, tras un nuevo año de violencia entre Israel y Hizbulá, en un país donde generaciones enteras han encadenado la guerra civil, ocupaciones extranjeras, enfrentamientos políticos y crisis económica.
La última escalada comenzó en marzo y volvió a provocar desplazamientos masivos, víctimas civiles y daños en viviendas e infraestructuras, según Naciones Unidas.
Para Yamout, sin embargo, hay algo especialmente peligroso en esa sucesión de crisis: que la destrucción termine pareciendo cotidiano.
«Quieren que seamos resilientes, que resistamos y que nos adaptemos a un estilo de vida anormal. Pero ¿está bien escuchar un dron? No, no está bien. ¿Está bien pensar que ha habido un terremoto cuando en realidad ha sido un bombardeo? No, no está bien», denuncia esta activista de 36 años.
La destrucción y los desplazamientos están provocando la marcha de los más jóvenes, que «en el momento en que se gradúan, solicitan irse», señala Yamout, y «si les das un visado, por supuesto que se irán».
Los extremistas
Cofundadora de la organización Rescue Me (Rescátame), lleva unos 15 años trabajando en prevención del extremismo y rehabilitación y hablando cara a cara con personas acusadas de terrorismo y extremismo violento en cárceles libanesas.
Empezó a entrar en prisión en 2012, cuando, recuerda, era «muy joven» y para conseguir que los presos confiaran en ella, recurrió a un método sencillo: después de una entrevista, pedía al recluso que le presentara a otro.
La confianza fue creciendo como una «bola de nieve», aunque los presos sospechaban de sus intenciones. «Siempre intentan ponerte a prueba. Te acusan de ser una agente doble o de trabajar para los servicios de inteligencia», dice.
Ella, asegura, no iba allí para interrogarlos ni para discutir sobre religión o política. «Siempre hablo desde la humanidad».
Después de años escuchándolos, Yamout rechaza explicaciones simples sobre cómo una persona termina abrazando la violencia: algunos se consideraban a sí mismos «luchadores por la libertad», mientras que para el Estado eran terroristas.
«Cuando hablaba con ellos, estaban buscando justicia. Mi Gobierno no se la dio», afirma.
Comprender ese recorrido, insiste, no significa disculparlos. «Algunos pueden ser rehabilitados. Otros son muy peligrosos. No todo el mundo merece una segunda oportunidad», advierte.
Dos madres
En uno de los proyectos en los que trabajó, Yamout reunió a madres de agresores con madres de sus víctimas, después de trabajar con ellas por separado.
Recuerda especialmente a dos: el hijo de una de ellas había secuestrado y asesinado al hijo de la otra, y cuando las dos mujeres finalmente se encontraron, ambas comenzaron a llorar.
«Le pregunté por qué lloraba y me dijo: ‘Porque ella también es una madre'», recuerda.
La madre del agresor reconoció que su hijo había sido arrastrado hacia la violencia y que debería haberle prestado más atención, «y entonces aparece el lenguaje de la humanidad, no el de la religión», sostiene.
Es esa experiencia la que Yamout traslada ahora a un conflicto mucho mayor.
Líbano e Israel alcanzaron un acuerdo de alto el fuego en noviembre de 2024, después de más de un año de enfrentamientos entre Israel y Hizbulá, pero Naciones Unidas documentó violaciones por ambas partes y la permanencia de fuerzas israelíes dentro de territorio libanés.
Yamout no oculta sus críticas a ninguno de los actores: reprocha a Hizbulá haber involucrado al Líbano en un enfrentamiento sin una decisión del Estado y condena los ataques israelíes y su impacto sobre la población civil. «Yo quiero la paz con los israelíes. No quiero más guerras», insiste.
Pero después de años trabajando con personas situadas en extremos opuestos de la violencia, desconfía de que la solución pueda construirse únicamente desde la política.
«No quiero diplomáticos hablando de cuestiones militares, bombas y asesinatos. Quiero a una mujer libanesa que esté de duelo, una madre, y a una mujer israelí que esté de duelo, sentadas juntas», explica.
Desde su experiencia, «la humanidad y la paz siempre prevalecerán si sabemos cómo utilizarlas».
Y quizá por eso, cuando imagina una futura mesa de paz entre Líbano e Israel, no coloca primero a presidentes, generales o negociadores; coloca a dos madres.
«La política de la fuerza no funciona. El resultado siempre termina siendo tristeza, duelo, enfermedades y pobreza», lamenta. EFE
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