La red secreta para educar niñas en Afganistán: clases en el salón, el teléfono y con IA
Imane Rachidi
La Haya, 3 oct (EFE).- Clases clandestinas en el salón, inteligencia artificial para aprender matemáticas, teléfonos para estudiar, y redes secretas de mujeres que ayudan a otras: así esquivan las afganas las prohibiciones de los talibanes que las han expulsado de la educación, del mercado laboral y del espacio público, explica a EFE la activista afgana Wazhma Frogh.
«Tengo que ser muy sincera: son ellas quienes me dan esperanza a mí», cuenta Frogh, de 46 años, que desde el extranjero mantiene una red de apoyo que trabaja con unas 2.750 mujeres repartidas por las 34 provincias de un país en el que «los talibanes han criminalizado todo el sistema contra las mujeres».
Pero esas mismas mujeres, asegura, mantienen su lucha dentro de sus comunidades. Cuando esta abogada de derechos humanos cree que algo ya no puede hacerse, son las más jóvenes quienes encuentran la solución. «Utilizan Instagram, usan IA, ChatGPT, para aprender matemáticas. Están utilizando absolutamente todo lo que tienen a su alcance».
Los talibanes recuperaron el poder en 2021 y han impuesto restricciones que han apartado a las mujeres de prácticamente toda la vida pública: han restringido empleos femeninos, el acceso de mujeres al parque y han convertido Afganistán en el único país del mundo donde niñas y mujeres tienen prohibido cursar educación secundaria y superior, según la UNESCO.
Un teléfono-escuela
Frente a esta realidad, mujeres dentro del país organizan clases clandestinas y redes comunitarias para que las niñas puedan seguir aprendiendo; desde fuera del país, se les consigue dinero, móviles baratos, tabletas y ordenadores para conectar a las niñas con clases por internet.
A veces basta con mucho menos: unos 500 afganis (unos siete euros o 7,8 dólares) pueden comprar suficiente crédito telefónico para conectar a una joven con una escuela por internet.
También han creado un sistema de «hermanas» mediante el que jóvenes afganas en el extranjero se conectan con niñas dentro del país para enseñarles inglés y competencias digitales. «Las mujeres ya son las líderes, simplemente necesitan recursos», afirma.
La tecnología ha abierto además posibilidades que no existían durante el primer régimen talibán, entre 1996 y 2001, que Frogh vivió siendo adolescente.
«Hace 25 años ni siquiera teníamos estas herramientas», recuerda. Ahora, explica, un teléfono relativamente barato puede convertirse en una ventana al exterior.
Pero esa ventana también conlleva riesgos: «Si encuentran un mensaje mío en el teléfono de una mujer, podrían detenerla, y eso significa una desaparición, puede significar acabar en prisión».
Suicidios
Frogh lleva años viviendo fuera de Afganistán y actualmente reside en Canadá. En julio de 2021 estuvo por última vez en Kabul, apenas unas semanas antes de que los talibanes tomaran la capital.
Ahora observa Afganistán desde la distancia y empieza sus jornadas a las tres de la madrugada para coincidir con los horarios de las mujeres con las que trabaja. «Cada semana recibimos noticias de al menos cuatro casos de suicidio, que sepamos. Son jóvenes que hace cinco años tenían una vida completamente diferente y llevan cinco años esperando un cambio», explica.
Habla de jóvenes que en 2021 estaban terminando Medicina o Ingeniería y que vieron sus estudios y sus sueños interrumpidos.
Todo esto «ha afectado a mi salud mental. Ha afectado a mi vida personal», admite esta madre soltera, que hace parte de su trabajo como voluntariado ante la falta de financiación.
Su mayor frustración, sin embargo, es otra: que el mundo confunda el derrumbe de las instituciones afganas de 2021 con la desaparición de la sociedad que existía detrás de ellas.
«Simplemente porque el Gobierno colapsó, la gente no desapareció. Hay comunidades. Hay un movimiento de activismo democrático sobre el terreno dirigido por mujeres», advierte.
Los recortes de ayuda internacional amenaza precisamente esas pequeñas redes de supervivencia.
Tribunales
Frogh, que está en La Haya para hablar de las mujeres en los procesos de paz, por invitación de la Red Internacional de Acción de la Sociedad Civil (ICAN), exige que la presión sobre los talibanes no se limite a declaraciones políticas.
Australia, Canadá, Alemania y Países Bajos iniciaron en 2024 un procedimiento para exigir a Afganistán el fin de la discriminación de las mujeres, lo que podría desembocar en un caso ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ).
Por otra vía, la Corte Penal Internacional (CPI) emitió el año pasado órdenes de arresto contra líderes talibanes por el crimen de lesa humanidad de persecución por motivos de género.
Frogh teme que, mientras estos procesos avanzan lentamente, la relación diplomática con los talibanes se normalice.
«Ministros y embajadores hablan con los talibanes. Se sientan con ellos en reuniones, se hacen fotos y las publican en redes sociales, pero apenas hablan con las mujeres», critica. EFE
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