Paolo Sorrentino: «Creo que ya cumplí con la tarea de retratar a políticos vanidosos»
Gonzalo Sánchez
Venecia (Italia), 28 ago (EFE).- Las liturgias del poder fascinan desde siempre a Paolo Sorrentino, pero en ‘La Grazia’, su última película estrenada con aplausos en el Festival de Venecia, ha optado por mostrar la cara «buena» de la moneda: «Creo que ya cumplí con la tarea de retratar a políticos vanidosos», confiesa a EFE.
«He representado sobremanera a políticos que hacían del espectáculo, de la vanidad, de la mundanidad, una especie de marca que luego influía a su vez en su acción política. Creo que ya cumplí con esa tarea… también existe la otra cara de la moneda», alega.
Sorrentino (Nápoles, 1970), ganador del Óscar por ‘La Grande Bellezza’ (2014), ha dedicado una parte de su filmografía a los hombres más poderosos de su Italia: el críptico primer ministro Giulio Andreotti inspiró ‘Il Divo’ (2008) y el polémico Silvio Berlusconi, ‘Loro’ (2018).
Por no hablar de las influencias que subyacen bajo la vida pública de su país: el Vaticano con sus aclamadas series sobre papas, ‘The young pope’ (2016) o ‘The new pope’ (2020), o la mafia en su segundo largometraje, ‘Le conseguenze dell’amore’ (2004).
Pero ahora, en ‘La Grazia’, que llegará a los cines españoles el 10 de enero, se ha decantado por idear a un venerable presidente de la República que, en sus últimos meses de mandato, se ve llamado a decidir si indulta a dos presos o si ratifica con su firma una controvertida legalización de la eutanasia.
«Narrar otro tipo de político»
Este presidente ficticio, Mariano De Santis, al que da vida su actor fetiche, Toni Servillo, es un hombre culto y respetado, de inquebrantables valores éticos y morales, lejano de la imagen del poder mostrada tradicionalmente por el cineasta.
¿Se está ablandando a la hora de escribir guiones? «No…», ríe Sorrentino. «Me interesaba narrar otro tipo de político que también existe», se justifica.
Por eso considera, sin querer entrar en análisis éticos sesudos, que «la responsabilidad política debería funcionar exactamente como lo hace en la cabeza y en el corazón» de su personaje. Y no como muchas veces ocurre en el mundo real.
«Políticos como el nuestro todavía existen, pero lo que da miedo es que haya cada vez menos, y por razones difíciles de analizar —seguramente que yo no soy capaz de analizar— los verdaderos poderosos van en una dirección política completamente opuesta a la que me gustaría a mí y, creo, a muchos otros ciudadanos», afirma.
Y añade: «Al final, a nosotros, los simples mortales, nos interesa una cierta dosis de tranquilidad y un mínimo de bienestar que no nos haga vivir en un estado de tensión y de miedo».
El papel aclamado de Toni Servillo
Sentado a su lado en la habitación de un lujoso hotel veneciano, lo corrobora el propio Servillo, cuyo papel en la película ha entusiasmado.
«Es evidente que la política actual está gobernada, también a nivel internacional, por razones de mercado. Estos motivos mercantiles gobiernan incluso las relaciones personales y esta obra, en cambio, defiende que se puede ir en dirección contraria», afirma.
Porque, en opinión del actor, convendría «quitar a la política esa ostentación de fuerza, de agresividad y de enfrentamiento por demostrar quién es el más fuerte o grita más alto».
«Nuestro presidente muestra al público un lado humano que escasea en la política actual», apostilla Servillo.
La película, profundamente reflexiva pero fiel a la estética rompedora del cineasta, ha entusiasmado en Venecia, donde concurre por el León de Oro, pero también ha arrancado carcajadas con escenas memorables que solo Sorrentino podría plantear.
¿Debemos esperarnos una película sobre el papa León XIV? «No, creo que también en ese sentido ya he hecho suficiente con dos series», responde el director. ¿Pero habrá seguido el cónclave, no? «Sí, claro, pero sin ensañarme», dispara, con una sorna inevitable. EFE
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