«Suiza es, en parte, un Estado de la Unión Europea», considera el historiador André Holenstein
Suiza siempre ha estado marcada por las grandes potencias que la rodean y está lejos de ser un país autosuficiente que no dependa de nadie, recuerda el historiador André Holenstein. En pleno debate parlamentario sobre los acuerdos con la UE, Holenstein considera que el discurso de los sectores soberanistas ofrece una visión sesgada de la realidad.
El Consejo de los Estados (cámara alta) ha concluido el examen del paquete de acuerdos con la Unión Europea (UE), que pasa ahora al Consejo Nacional (cámara baja). El bloque conservador soberanista, encabezado por la Unión Democrática de Centro (UDC), recurre a un discurso que presenta a Suiza como un país cuya independencia está amenazada por los «dictados de Bruselas» y los «jueces extranjeros». También advierte de una «sumisión a Europa» y denuncia la «injerencia de las instituciones europeas».
El historiador André Holenstein considera que la idea de una Suiza independiente que solo debe contar consigo misma carece de fundamento histórico. En su opinión, el debate sobre los paquetes de acuerdos con la UE «parte de una visión sesgada».
«Suiza, tanto la antigua Confederación como el Estado moderno, vive entre dos realidades: por un lado, la apertura al mundo y a Europa, sobre todo en el ámbito comercial, y los movimientos migratorios; por otro, una visión muy arraigada de repliegue sobre sí misma, según la cual siempre hemos sobrevivido gracias a nuestros propios medios y fuerzas», explica.
El coautor del libro Die Souveränität der Schweiz in Europa (‘La soberanía de Suiza en Europa’) recuerda que Suiza está, en la práctica, muy integrada en la Unión Europea. «En varias votaciones democráticas, Suiza ha decidido integrarse en el mercado común de la Unión Europea. (Suiza es, entre otras cosas, miembro fundador de la Asociación Europea de Libre Comercio, AELC, ndlr). Somos, en parte, un Estado de la Unión Europea», afirma Holenstein.
Forjada desde el exterior
El historiador considera lógico que esa proximidad implique ciertas obligaciones. «Si queremos formar parte de ese mercado común, tenemos que respetar las normas por las que se rige. En principio, es así de sencillo. Hablar de un contrato colonial o de un acuerdo de sumisión es negarse a ver de qué estamos hablando realmente».
Holenstein va incluso más allá. En su libro Mitten in Europa (‘En el corazón de Europa’), sostiene que Suiza es una nación cuya formación estuvo determinada por la voluntad de potencias extranjeras y que nunca ha sido plenamente soberana.
«Lo que ocurrió entre 1798 y 1848 fue absolutamente decisivo para la formación de la Suiza moderna. Antes, durante el Antiguo Régimen, existía la Confederación Helvética, formada por trece pequeñas repúblicas cuyo principal interés común era evitar convertirse en una nación para conservar el máximo grado de autonomía».
Esas cinco décadas estuvieron marcadas por numerosas crisis políticas, guerras entre cantones e injerencias de las grandes potencias vecinas. «El extranjero contribuyó enormemente a que Suiza se convirtiera en lo que sería en 1848», señala Holenstein.
Como ejemplo, cita la invasión francesa y la creación de la República Helvética en 1798. «Eso puso fin a muchos elementos esenciales del Antiguo Régimen. Nunca más volvería a haber territorios sometidos. A partir de entonces, en principio, los antiguos territorios sometidos pasarían a tener los mismos derechos que los antiguos cantones».
Un Estado tapón
Holenstein prosigue: «También hay que recordar que fue Napoleón quien creó seis nuevos cantones en 1803, entre ellos Vaud, Tesino, Turgovia y San Galo. Estos cantones deben a Napoleón, y no a los confederados, su soberanía cantonal y su condición de miembros de pleno derecho de la Confederación».
El historiador recuerda asimismo que el Congreso de Viena de 1815 fue fundamental para establecer la neutralidad suiza. «También en este caso fueron las potencias extranjeras las que, en cierto modo, reconocieron la independencia de Suiza. Consideraron que este pequeño país, situado en el centro del continente, podía contribuir a una nueva arquitectura de seguridad europea gracias a su neutralidad. Suiza actuaba como un Estado tapón entre Francia y el antiguo Imperio austríaco, y contribuía así de forma decisiva a la paz y la seguridad en Europa».
Y concluye: «Todo eso demuestra hasta qué punto la influencia extranjera desempeñó un papel fundamental en la transición de 1798 a 1848, un periodo durante el cual Suiza tardó mucho en encontrar su nueva configuración y su nuevo papel».
Artículo adaptado al español por Carla Wolff
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