Ucrania afronta el plan de Rusia para aplastar su sistema energético y vaciar sus ciudades
Rostyslav Averchuk
Jmelnitski (Ucrania), 7 oct (EFE).- Los planes rusos para destruir el sistema energético ucraniano y hacer sus ciudades invivibles son motivo de alarma en Ucrania, que busca soluciones innovadoras y atrae apoyo internacional para hacer frente a los ataques rusos.
Los cortes de electricidad han vuelto ya a algunas zonas de Ucrania después de los últimos ataques rusos a la energía. Según documentos internos de Moscú interceptados por la inteligencia ucraniana, Rusia planea destruir las capacidades de generación, transmisión e importación de electricidad de Ucrania y aislar sus centrales nucleares de la red nacional.
Estos planes no son una novedad, dice a EFE el experto en energía del Centro Razumkov de Kiev Volodímir Omelchenko, pero la actual superioridad aérea que le dan a Rusia sus drones de motor a reacción y las carencias ucranianas en materia de defensa antibalística incrementan los riesgos para millones de ucranianos.
“Los ataques contra subestaciones clave cerca de las tres plantas nucleares bajo control ucraniano son la mayor amenaza debido al riesgo de que deje de funcionar equipamiento que no está diseñado para hacer frente a este tipo de emergencias”, alertó el experto.
En el peor de los casos, Europa se enfrentaría a la llegada de millones de refugiados. “El estado de las defensas aéreas, y no el del sistema energético, es el factor principal que decidirá si el sistema energético de Ucrania sobrevive al invierno”, señala Omelchenko.
Descentralización
“Si Rusia logra aislar las plantas nucleares, Ucrania tendrá un apagón muy largo”, dice a EFE Vasil Novachok, vicealcalde de Jmelnitski, una ciudad de 300.000 habitantes situada a cien kilómetros de una de las tres plantas nucleares que conserva Ucrania.
Las autoridades locales ven la descentralización del sistema energético como la clave para resistir cuando las temperaturas bajen de cero y haya cortes de suministro.
Un muro de hormigón rodea a la unidad de cogeneración junto a una sala de calderas en Jmelnitski, donde un sistema de bombas y motores suministra agua caliente a los radiadores de centenares de bloques de pisos.
Veinticinco de estas unidades queman gas para generar electricidad, lo que permite a las calderas operar cuando no tienen conexión al sistema eléctrico y produce un excedente de electricidad que ayuda a mitigar los apagones, explica el vicealcalde Novachok.
Esta red parcialmente financiada por donantes extranjeros durante los primeros cuatro años de la invasión hace que los resistentes tengan calefacción aun cuando el suministro de electricidad de las plantas nucleares se interrumpe por los ataques rusos.
“Queremos instalar más máquinas de este tipo para hacer el sistema tan autónomo como sea posible y suministrar electricidad a más infraestructuras críticas”, indicó Novachok.
La falta de fondos impide la compra de nuevas máquinas y la provisión de gas suficiente tampoco está garantizada para estos sistemas en un contexto de ataques permanentes rusos a la infraestructura gasística.
A esto hay que sumar el riesgo de ataques más severos.
“La barrera de hormigón puede proteger contra la metralla de los drones, pero no resiste a los misiles”, advirtió el vicealcalde.
Entre el miedo y la esperanza
El invierno pasado, los cortes de luz se extendían entre 10 y 18 horas al día, declaró a EFE Stepan Kushnir, un emprendedor del sector de la energía renovable que preside el Centro de Energía de Jmelnitski.
Durante los apagones Kushnir no pudo usar la resistencia eléctrica para cocinar en su apartamento, donde la temperatura era de 15 grados, pero un acumulador hizo posible que siguiera utilizando su portátil para trabajar y para que su hijo viera dibujos durante los apagones.
Los negocios locales y los vecinos se han ido adaptando, con la reducción del consumo y con iniciativas colectivas consistentes en el uso de biomateriales para generar electricidad y combatir el frío. Pero cambiar las grandes infraestructuras lleva más tiempo, subraya Kushnir.
En grandes ciudades como Kiev la situación es aún más complicada. “Mientras Jmelnitski cuenta con una red de pequeñas infraestructuras, la capital depende de grandes plantas térmicas y eléctricas que Rusia puede hacer dejar de funcionar más fácilmente”, afirma.
Otro invierno de apagones es una perspectiva alarmante, reconoce: “No queremos pasar frío o que nuestros hijos enfermen. No es normal que algo así siga pasando”.
Pero estos años de guerra han “preparado moralmente” a muchos ucranianos para lo que venga.
“Coleccionamos acumuladores y esperamos que el mundo nos ayude a capear este invierno. Y quizá pronto podamos volver a una vida normal”, remacha. EFE
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