Un diálogo entre innovación, tradición y María Arnal reviven el legado de Mishima en Tokio
Paula Gracia
Tokio, 29 ago (EFE).- En el Teatro Metropolitano de Ikebukuro, en Tokio, el director y coreógrafo Marcos Morau ha puesto a convivir a bailarines, actores y marionetas, la danza contemporánea, el arte tradicional japonés y la voz de la compositora María Arnal, en una reinterpretación del legado artístico del escritor Yukio Mishima.
Sobre el escenario, todos estos elementos forman parte de la obra ‘Kinkaku-ji’ (‘Pabellón dorado’), que se estrena este sábado y que está inspirada en la novela homónima (1956) del controvertido pensador. La trama, que atrapó a Morau en medio de las contradicciones de su autor, defiende la idea de que la belleza contiene la semilla de la destrucción.
En esta coproducción de La Veronal (Barcelona) y Bunkamura (Tokio), Morau no quería hacer una obra narrativa, explica en una entrevista con EFE, sino transformar la creación en una «caja de resonancia» donde el público reconozca las distintas piezas que la integran pero que a la vez «no esté ninguna de ellas, como en los sueños, que todo está, pero movido de lugar».
En este espectáculo, enfrenta disciplinas que dialogan: el teatro tradicional japonés Kabuki y el arte escénico con marionetas Bunraku; así como recitales y música de shamisen, instrumento de tres cuerdas; con la danza contemporánea y la experimentación electrónica de la música de María Arnal.
El empaste que se ha producido en el choque entre un lenguaje más visual y el tradicional ha sido su principal aprendizaje, sostiene, tras explicar que es un espectáculo en el que «todos están un poco en horizontal para insinuar este pabellón dorado».
Frente a la incomprensión en Occidente por el Kabuki, Morau considera que hay «cierta artificialidad» que es «muy propia» de su lenguaje y que le atrae por la idea de «jugar como un androide imitando a un ser humano».
«Hay que entrar en ese mundo, hay que entrar en esta magia. Te dejas atrapar por estos seres que andan de una manera que no es la tuya, que miran de una manera que no es la tuya, que están hablando de otro tiempo, están hablando de otra forma», expresa.
El artista valenciano, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes 2025, quiere que el público «reconozca a Mishima, La Veronal, reconozca nuestro tiempo, que la belleza es algo que nos consume”. Pero no espera que comprenda lo que está sucediendo antes de que caiga el telón: cada espectador es un mundo, con unas necesidades, zanja.
Ante su acercamiento a una obra y un personaje «tan ajeno», el director defiende que los artistas no son perfectos, sino seres humanos contradictorios que al mezclar política, historia, arte, poesía y «agitarlo todo» salen, «casi siempre, cosas incomprensibles».
Así, se desvincula de la idea de hacer apología de la figura de Mishima, que se suicidó con el ritual samurái del ‘harakiri’ en 1970 tras fracasar en su intento de promover un golpe de Estado en Tokio, frente a la «bestialidad» de su obra.
Es una persona amada, pero controvertida, muy polarizante, reconoce. Tiene, por un lado, esa parte artística «poética, preciosa», y un punto de vista político más conservador, con cierta nostalgia por un tiempo que se fue. «Y ahí el dilema está servido», agrega.
Tres lenguas en una banda sonora
En el plano musical, Morau asegura que «siempre» quiso que María Arnal estuviera presente: «Ha puesto su cuerpo y su alma al servicio de este proyecto. Los músicos japoneses se han entregado a ella, se han dejado seducir por su magia y todos estamos trabajando con la finalidad misma de que nadie abandone su esencia para encontrar una nueva esencia».
«Con su música, intenta acercarse, intenta construir un imaginario donde el espectador de alguna manera va como rebotando y va flotando, pero siempre con el aroma del Pabellón Dorado de Mishima», subraya.
Arnal, que en esta ocasión canta en castellano, catalán y japonés, se ha hecho cargo de toda la banda sonora de un proyecto que describe como «muy único y muy especial», y en el que suman tres elementos: voz, cuerdas y percusiones.
De lo que se siente más orgullosa, dice en declaraciones a EFE, es de que cuando ves el espectáculo «no hay dos mundos». «Realmente hay algo que hemos conseguido encontrar que está en un lugar que es diferente», concluye.
Enfatiza que Morau, como artista, le «lleva a sitios donde nadie» le lleva y se deja llevar porque confía «plenamente en su visión y en su arte». «Es una visión que es muy suya», asegura.
«Vas viendo elementos que ya has visto, pero que no son los mismos. Son paisajes que reconoces, es una sensibilidad. También pasa en mi música y, al juntarnos, trabajamos sobre el mismo tipo de materiales, aunque luego la forma que cojan, la composición final, sean diferentes», relata. EFE
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