Alessandra Sanguinetti convierte tres décadas de fotografías en el gran triunfo de Locarno
Tras una carrera internacional en la fotografía, la integrante de Magnum transforma su célebre proyecto sobre Guille y Belinda en una película que reflexiona sobre el paso del tiempo, la memoria y los vínculos afectivos.
«Lo que siento realmente ahora es mucha gratitud, porque no me esperaba nada de esto», decía Alessandra Sanguinetti unos días antes de la ceremonia de entrega de premios de la 79.ª edición del Festival de Locarno.
El sábado se alzó con el Leopardo de Oro de la sección Cineastas del Presente y también recibió el premio a la Mejor Ópera Prima. Su película, La ilusión de un verano sin fin, competía junto a las obras de cineastas como Ana Vaz y Beatrice Gibson, cuyas trayectorias ya consolidadas conservan, sin embargo, la frescura de una voz emergente.
En el pie de foto de una imagen de Sanguinetti sonriente con sus dos premios, publicada por el festival en redes sociales, se lee: «Cada gran camino de cineasta comienza con un primer largometraje». Aunque estos sean sus primeros pasos en la alfombra roja, el camino de Alessandra comenzó hace casi treinta años.
La película lleva al cine el proyecto fotográfico que Sanguinetti comenzó hace casi tres décadas. En 1999 empezó a fotografiar a sus vecinas Guille y Belinda en el campo argentino. A lo largo de los años, el proyecto dio lugar a una trilogía de libros —The Adventures of Guille and Belinda and The Enigmatic Meaning of Their Dreams, The Adventures of Guille and Belinda and the Illusion of an Everlasting Summer y On the Sixth Day— que contribuyó a consolidar el reconocimiento internacional de la artista.
Sanguinetti no buscó deliberadamente a sus protagonistas. Como ella misma explica, empezó «a contar la historia porque las conocí a ellas». El proyecto le ha valido algunos de los reconocimientos más prestigiosos del ámbito de la fotografía. Miembro de la agencia Magnum desde 2007, su trayectoria incluye, entre otros, la Guggenheim Fellowship y el premio Découverte de Les Rencontres d’Arles (en 2006).
De la fotografía al cine
Desde el principio de La ilusión de un verano sin fin, la videocámara de Sanguinetti ofrece una mirada íntima y captura los momentos de complicidad entre las tres en su vida cotidiana.
Hay una sensación de libertad en estas primeras escenas, como cuando salen a bailar bajo la lluvia. Sanguinetti les pregunta a menudo cómo imaginan su futuro o cuáles son sus pasiones. Las niñas se prestan a todos los juegos, pero con la llegada de la adolescencia empiezan a aparecer la incomodidad y la timidez.
Si antes cantaban y bailaban juntas, ahora la cámara les provoca vergüenza y se disculpan por las notas falsas. Las carcajadas no desaparecen, pero ya no suenan igual. Con el tiempo, ambas se convierten en madres y sus hijas también empiezan a aparecer ante la cámara. Aunque la película no emite juicios, plantea una reflexión sobre ese paso —tal vez siempre demasiado abrupto— de la infancia a la edad adulta.
El entorno ocupa un lugar fundamental en la mirada de la directora. Sanguinetti filma el paisaje de la pampa a ras de suelo para mostrar su grandeza. Su cámara pasa desapercibida entre los gauchos y las milongas. Como en On the Sixth Day, la película explora el fuerte vínculo de Guille y Belinda con la tierra. Para Sanguinetti, los animales también pueden ser protagonistas y, en esta película, «están medio de testigos… Son gran parte de sus vidas, de todas nuestras vidas».
Dictadora, improvisadora
Sanguinetti siempre ha querido compartir sus logros con Guille y Belinda, que de distintas maneras han sido parte fundamental de su trabajo. Ambas —niñas entonces, ahora mujeres— llaman «Ale» a la fotógrafa, como lo hacen desde pequeñas.
La película, por ejemplo, muestra cómo Sanguinetti las lleva a París para celebrar juntas la exposición de su obra en la Fondation Henri Cartier-Bresson en 2024. Las carcajadas vuelven cuando juegan a disfrazarse, esta vez lejos de Argentina, durante una sesión para Vogue. Hacia el final de la película, Sanguinetti las filma mientras hojean la revista en la cama, en un momento que evoca aquellos años de complicidad.
En una escena especialmente conmovedora, Guille y Belinda revisan unas fotografías en las que aparecen retratadas y deciden juntas los títulos de cada una. La escena muestra hasta qué punto Sanguinetti las involucró siempre en su proceso creativo.
Sobre la diferencia entre trabajar con fotografía y vídeo, explica: «Con la fotografía, yo era más una dictadora porque siempre estoy tratando de controlar lo que entra, que venga algún accidente. Pero con el video era más como un director de teatro, orquestando una improvisación donde das un tema y la gente elige cómo lo va a interpretar».
Sanguinetti está especialmente emocionada ante el estreno de la película en el Festival de San Sebastián, en septiembre: Guille y Belinda podrán viajar hasta allí y verla por primera vez en un cine.
Más que complementar el trabajo fotográfico de Sanguinetti, la película permite conocer mejor su proceso artístico y pone de relieve el cuidado que existe entre la artista y Guille y Belinda. «Es la razón por la que las empecé a filmar: les daba más libertad para decidir cómo contar su propia historia», explica.
El material, que en ocasiones parece un home movie, construye un mapa emocional de estas dos mujeres. «Porque también cuando haces algo a lo largo del tiempo puedes empezar a ver patrones que cuando estás muy cerca no ves», añade. Somos testigos de cómo Belinda se vuelve más callada a partir de la adolescencia, cultivando una personalidad reservada y misteriosa, mientras Guille siempre ha sido una romántica.
Aunque a primera vista la relación entre ambas parece irse distanciando, hay algo profundamente lúcido en mostrar cómo, con el tiempo y pese a su cercanía —tanto emocional como geográfica—, sus caminos terminan separándose de una forma u otra.
Una nueva mirada sobre Argentina
El cine argentino atraviesa un momento delicado, afectado por los fuertes recortes en cultura desde que Milei llegó a la presidencia. Sanguinetti suele utilizar su plataforma para denunciar injusticias y dar visibilidad a determinadas causas. En conversación con Swissinfo, expresó su preocupación: «Argentina siempre estuvo en medio de un quilombo, pero ahora estamos en un momento distinto. La venta de tierras está destruyendo la cultura, la salud, la ciencia, la identidad argentina. Hay mucha fragilidad por proteger».
Aunque Sanguinetti asegura que en aquel momento «no estaba para nada en el mundo del cine», su trabajo comparte algunos rasgos con el Nuevo Cine Argentino que surgió a comienzos de los años 2000. Películas como La ciénaga (2001), de Lucrecia Martel, o La fe del volcán (2001), de Ana Poliak, exploraron, desde distintas perspectivas, la vida cotidiana y las realidades sociales de la Argentina de la época.
En ese sentido, el trabajo fotográfico de Sanguinetti puede leerse en paralelo a este movimiento: ambos encontraron en lo cotidiano un espacio para explorar nuevas formas de mirar la realidad, en un contexto marcado por la crisis de 2001.
El exitoso debut de Sanguinetti como directora en Locarno hace pensar que la película tendrá recorrido en otros grandes festivales. Aunque el circuito cinematográfico abre para ella un camino diferente al que ya conocía en el mundo de la fotografía, Sanguinetti asegura que «estar en cualquier comunidad donde se trate de arte y de contar historias y ampliar ese mundo más allá de la fotografía es maravilloso».
Matilda Hague es crítica de cine y traductora en Ciudad de México. Sus textos han sido publicados por La Vida Útil, Filmmaker Magazine, Reverse Shot y International Cinephile Society.
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