Zawtar al Gharbiya busca recuperar la normalidad pero con grandes dificultades
Edgar Gutiérrez y Ali Ghandoura
Zawtar al Gharbiya (Líbano), 31 jul (EFE).- «Nos prometieron una aldea experimental y modelo y resultó una aldea despojada de todo», lamenta Ihsan Yaghi, 60 años, vecina de Zawtar al Gharbiya, una de las zonas de despliegue contempladas en el acuerdo de alto el fuego entre el Líbano e Israel, donde los habitantes han regresado pero todavía no pueden vivir en sus casas.
Los vecinos de este golpeado municipio del sur del Líbano, y a 10 kilómetros de la frontera con Israel, han comenzado a regresar después de meses de desplazamiento por la guerra israelí, pero cuando lo hacen se encuentran con viviendas destruidas, calles reventadas, depósitos de agua inutilizados y sin electricidad.
Algunos vecinos vuelven cada mañana para sentarse ante las ruinas de lo que fue su hogar y vuelven a marcharse al caer la tarde, en un intento de recuperar la normalidad, mientras a escasos metros se encuentran las posiciones aún ocupadas por el Ejército israelí.
Ihsan cuenta a EFE que cuando se enteró que podía volver, estaba muy feliz de ver su casa, sus tierras, sus campos y a sus vecinos. «Nosotros nos queremos muchísimo en Zawtar», dice, pero nada más llegar, se topó con una devastación que compara con «un terremoto de 10 grados en la escala de Richter».
«Casas quemadas, casas destruidas, casas de familias convertidas en montones de escombros, casas que ya no son habitables. Todo está destruido. Todo está destrozado. Dondequiera que mires, hay destrucción», lamenta Ihsan.
«Nos prometieron que Zawtar sería una aldea modelo, una aldea experimental… Pero resultó una aldea despojada de todo lo necesario para vivir», sostiene.
En la misma situación, se encuentra Dunia Ahmed al Zuhur, de 52 años, quien explica a EFE que ha conseguido limpiar una habitación de su vivienda que no quedó completamente destruida y ha metido allí algunas de sus pertenencias.
Pero no puede dormir en ella porque no hay electricidad y, cuando cae la noche, la oscuridad hace que sea imposible quedarse. «Aunque solo me quedara una habitación, quería sentarme en ella. Esta es nuestra tierra. Nosotros nacimos aquí, crecimos aquí y trabajamos esta tierra», dice.
Un acceso restringido
Tanto Ihsan como Dunia tienen alquiladas viviendas en las localidades cercanas a Zawtar al Gharbiya para poder ir cada mañana a su casa, y llevar comida, café y lo necesario para pasar el día y reunirse con sus vecinos, conversar y darse ánimos.
«Sientes que te han desplazado, que te han expulsado. Sea como sea la casa que tienes, aunque sea una pequeña habitación, es la que te protege. Y nada te acoge como tu propia casa y tu propia tierra», añade Dunia, mientras contempla el resto de habitaciones y el centro de la casa completamente destrozados.
Sin embargo, no en todos las casas se puede entrar, porque algunas están cubiertas de restos de escombros. El alcalde de Zawtar al Gharbiya, Abed Ezzedin, señaló recientemente a medios locales que «cerca del 60 % de las viviendas quedaron completamente destruidas».
En otras zonas directamente el acceso continúa restringido por la presencia del Ejército israelí, según cuentan los vecinos, que aseguran que no pueden acercarse porque los soldados les disparan.
«El Ejército (libanés), para protegernos, nos impidió entrar», detalla Dunia, quien tiene sus tierras a unos diez minutos a pie, pero que no puede llegar hasta allí.
También se escuchan constantemente explosiones de artillería de las fuerzas israelíes, que mantienen una vigilancia las 24 horas en la zona con drones y tanques.
«¿Dónde está la seguridad que nos prometieron?», se pregunta Ihsan, y critica que el Estado libanés «ha abandonado al sur» porque «sobre el terreno, no hay nada. Absolutamente nada».
Los vecinos lo que sí agradecen es la labor del Ejército libanés, que se ha convertido en uno de los principales proveedores de las necesidades básicas: lleva agua y ayuda a llenar los depósitos que todavía pueden utilizarse, aunque muchos han quedado destruidos, y limpia las calles.
Casas marcadas
Mientras, sus viviendas quedan marcas que les recuerda a lo que pasó por el sur libanés con la ofensiva israelí. «Entraron y escribieron cosas en las paredes en hebreo», dice Dunia.
«Desde el primer día que vine empecé a notar un olor extraño. Hay un olor que no es normal… Todos los días nos quedamos aquí, pero no sabemos qué han dejado ni qué han hecho. Tengo miedo de tocar las bolsas que tengo aquí», describe esta vecina, que tiene cuatro hijos.
«¿Para qué entraron? ¿Estaban buscando armas?… Yo no tengo armas en mi casa», exclama la vecina, quien exige poder reconstruir sus vidas y se resiste a dejar su tierra.
«Ellos han venido a nuestra tierra. El problema es precisamente ese: esta es nuestra tierra, no la de ellos», afirma Dunia. EFE
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