Huyó de Rodesia siendo una niña, pero África siguió en ella
Marina Biber tenía ocho años cuando su familia huyó de Rodesia, entonces colonia británica en el sur de África, y se instaló en Suiza. Décadas después, un artículo de Swissinfo la llevó a descubrir por casualidad antiguas imágenes televisivas en las que aparecía de niña. Ahora comparte su historia.
A veces, un titular basta para despertar recuerdos que parecían dormidos. A principios de este año, Marina Biber leía las noticias cuando se topó con un artículo de Swissinfo sobre un suizo que había sido dado en adopción cuando era niño en la entonces Rodesia. Intrigada, leyó el reportaje y vio el video que lo acompañaba, producido por la televisión pública SRF, sobre la comunidad suiza que vivía en Rodesia en la década de 1970.
Entonces reconoció a su difunto padre en las imágenes.
«Hice una captura de pantalla y se la envié a mi mamá –recuerda-. “¿Ese es papá?”, le escribí. Mi mamá me lo confirmó de inmediato».
Las imágenes datan de una época que Marina Biber apenas recuerda. Al ver el reportaje televisivo completo, que se conserva en los archivos de la SRF, reconoció otro rostro: el suyo, cuando era una niña en Rodesia, más de 40 años atrás.
«La verdad es que fue un poco impactante», dice.
Biber nació en Rodesia (actual Zimbabue) en 1972. Su madre se había mudado allí desde Kenia cuando era joven y pronto quedó embarazada. Durante el embarazo, se separó de su padre biológico. Más tarde, conoció y se casó con un relojero suizo que se había establecido en Rodesia. Él adoptó a Marina y se convirtió en el hombre al que ella llamaba «papá».
Su historia familiar se extiende por varios continentes. Tiene raíces italianas y una abuela escocesa. Nacida y criada en África, se trasladó a Suiza con su madre y su padre adoptivo cuando tenía ocho años.
Si bien ahora vive en Kreuzlingen, en el cantón de Turgovia, al noreste del país alpino, y han pasado muchos años, sabe que una parte de ella nunca se fue de África.
Caballos, una casa grande y cielos inmensos
Biber recuerda los caballos, los perros, una extensa propiedad y a los niños que corrían y jugaban al aire libre. Pero, por encima de todo, recuerda la inmensidad del cielo, que parecía extenderse mucho más que en Suiza.
«Cuando era joven, nunca entendí por qué los cielos inmensos me conmovían tanto», dice. Incluso en la actualidad, cuando el paisaje se abre ante ella y el cielo se extiende hasta el horizonte, a veces siente esa misma emoción de la infancia.
Solo cuando regresó por primera vez a África, a los 24 años, empezó a comprender de dónde venía aquella sensación. «Tanto cielo. Y estrellas y formaciones de nubes completamente diferentes», cuenta Marina, visiblemente conmovida. No es solo el paisaje lo que la emociona. La música africana le produce un efecto similar.
Hay, sin embargo, recuerdos más inquietantes. Tiene muy presente cómo los estantes de las tiendas en Rodesia se fueron vaciando poco a poco. Algunos productos se volvieron imposibles de encontrar. La situación de seguridad se había deteriorado. Por las noches oía helicópteros, un sonido que todavía hoy le trae recuerdos traumáticos. Finalmente, su padre empezó a guardar una pistola debajo de la almohada por si necesitaba proteger a la familia. Aun así, la mayoría de sus recuerdos son felices.
El día en que todo cambió
Los sábados, Marina tomaba clases regulares de equitación en los establos locales, donde solían reunirse familias de colonos blancos. Los niños cuidaban de los animales y jugaban juntos.
Ese sábado, la familia también había sido invitada a una fiesta en otro lugar, motivo por el que luego de tomar su clase de equitación, se marcharon temprano. Más tarde, ese mismo día, los establos fueron atacados. Murieron personas y animales.
En aquel momento, Marina no sabía lo que había sucedido. Su padre le contó la historia muchos años después. Había guardado un recorte de periódico en el que aparecía una niña blanca, de aproximadamente la misma edad que ella, muerta en el ataque.
«Esa podría haber sido Marina. Tenemos que salir de aquí», había dicho su padre. Hasta el día de hoy, ella no sabe si alguna de las víctimas era alguien a quien conocía.
En menos de una semana, la familia ya estaba en un avión rumbo a Suiza. Para Biber, que tenía apenas ocho años, al principio todo parecía una aventura. Había nieve y todo era nuevo.
Para su madre, la experiencia fue muy distinta. Había estado toda su vida en África y no quería irse. Se vio obligada a abandonar su hogar, sus amigos, sus animales y todo lo que había formado parte de su existencia.
«Creo que fue traumático para mi madre», dice. De niña, nunca interpretó su partida como una huida del peligro. Solo años después comprendió que su familia había llegado a Suiza como refugiada, huyendo de su hogar. La diferencia era que su padrastro era suizo: tenía padres y hermanos en la Confederación que los acogieron a su llegada, y él pudo empezar de cero.
«Fue un privilegio», afirma.
La dolorosa realidad de empezar de cero
La familia se instaló primero en Interlaken y luego se mudó al Oberland de Zúrich. Marina fue a la escuela en Hinwil y aprendió alemán. En casa, todavía habla inglés con su madre.
Sus padres afrontaron de maneras muy diferentes el hecho de haber dejado África. Su papá construyó una nueva vida en Suiza y se hizo cargo de una relojería, mientras que su mamá siguió profundamente vinculada a África. El matrimonio se rompió unos años después de su llegada.
La madre desarrolló una dependencia del alcohol, aunque finalmente logró dejar de beber. Sigue viviendo en Suiza, pero extraña muchísimo su tierra, cuenta Marina.
En la década de 1970, Rodesia estaba gobernada por una minoría blanca: 270.000 personas europeas gobernaban a 5,8 millones de personas locales. En ese momento, vivían en el país unos 660 ciudadanos suizos. Sin embargo, el conflicto armado entre el gobierno y los movimientos de liberación negra se intensificó. Por razones de seguridad, muchos blancos abandonaron el país.
En 1980, el país obtuvo su independencia como República de Zimbabue. Desde entonces, ha sido gobernado por el partido Unión Nacional Africana de Zimbabue – Frente Patriótico ZANU-PFEnlace externo). La represión política, la corrupción y las crisis económicas siguen azotando a ese Estado. Según la Oficina Federal de Estadística, a finales de 2025 residían en Zimbabue 166 personas de nacionalidad suiza.
Regresar a Zimbabue ya no era una opción debido a la grave situación política y económica del país. Los problemas de salud y las dificultades económicas agravaban aún más la situación. Incluso años después del divorcio, la madre de Marina seguía trabajando para su exmarido en la relojería. No había ahorrado dinero para su jubilación, lo que le dificultó afrontar esa etapa de su vida.
Biber cuenta su historia sin resentimiento, con una mezcla de compasión y tristeza. Su madre nunca había renunciado del todo a la esperanza de que algún día regresarían a Zimbabue.
Buscar con un nombre y una guía telefónica
Pasaron años antes de que Marina comenzara a buscar sus raíces africanas. En 1996 viajó a Sudáfrica y Zimbabue con una amiga, con la esperanza de encontrar a su padre biológico. Lo único que tenía para guiarse era su nombre.
Hoy, una búsqueda en internet permitiría encontrar algunas pistas, pero en aquel entonces ella tuvo que revisar las guías telefónicas. Finalmente, encontró a su padre y se enteró de que tenía un hermanastro y dos hermanastras. Todavía mantiene el contacto con él.
La relación con su padre biológico fue más difícil. Ver las antiguas imágenes televisivas ha cambiado su manera de ver el lugar del que procede. Le avergüenza cómo se hace referencia a las personas negras en el programa de televisión. «Me resulta realmente perturbador», dice. Marina Biber reconoce que creció en una sociedad dominada por una minoría blanca. Sin embargo, la historia de su propia familia no encaja fácilmente en categorías preestablecidas. Su madre tenía amistades y relaciones con personas de distintos orígenes raciales. Intenta lidiar con estos recuerdos contradictorios.
África nunca la abandonó del todo
Tras regresar de su viaje en 1996, África pasó a un segundo plano. Se casó, tuvo tres hijos y desarrolló una carrera profesional, primero como técnica en radiología y luego en el ámbito de los servicios sociales. Desde hace dos años, trabaja en diagnóstico por imágenes en el hospital veterinario de la Universidad de Zúrich. Ahora, su trabajo le brinda la oportunidad de regresar a África.
Este otoño, Biber tiene previsto participar en un proyecto veterinario en Zimbabue. Pasará dos semanas en una granja, donde colaborará en el seguimiento y la protección de la fauna silvestre. Después se tomará una semana libre para reconectar con sus raíces. Sin embargo, muchas personas le han advertido que viajar sola por Zimbabue, siendo mujer, es demasiado peligroso. Todavía no sabe qué parte de la casa donde pasó su infancia podrá visitar sin correr riesgos.
Espera poder llevar algún día a sus tres hijos adolescentes a esas tierras para mostrarles dónde creció. Hasta ahora, sin embargo, no se les ha presentado la oportunidad.
Sus hijos conocen el pasado de su madre, pero Zimbabue les resulta un lugar lejano. Marina nunca le dio mucha relevancia a su herencia africana al criarlos. Hablan del tema, pero no ocupa un lugar importante en su vida cotidiana. «No le doy mucha importancia», dice.
Quizás algún día sus hijos la acompañen en un viaje a Zimbabue. Por el momento, quiere viajar sola.
«Siento una necesidad muy fuerte de volver a pisar suelo africano y ver cómo me hace sentir», dice. Marina no sabe si el viaje estará a la altura de sus expectativas. Quizás regrese con la sensación de haber vivido una experiencia maravillosa y lo deje ahí. O quizás su anhelo por África se vuelva aún más intenso.
Artículo editado por Balz Rigendinger y adaptado al español por Norma Domínguez. Revisado por Carla Wolff.
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