Cinco años de régimen talibán dejan a Afganistán sumido en el hambre, la represión y una generación perdida
Cinco años después de que los talibanes recuperaran el poder, la crisis humanitaria de Afganistán vuelve a captar la atención internacional tras quedar relegada durante años a un segundo plano.
El biberón del bebé no contenía leche, sino té aguado y poco nutritivo.
Desde Kabul, el director del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas en Afganistán recordó la situación de Farida, una madre afgana que lucha por alimentar a su hijo.
«Normalmente, esperas que el biberón de un bebé esté lleno de leche», explicó John Aylieff a periodistas reunidos por Naciones Unidas en Ginebra. «Pero en aquella familia sencillamente no había dinero para comprar leche».
Escenas como esta son cada vez más habituales en Afganistán, donde la crisis humanitaria se ha agravado desde que los talibanes regresaron al poder en agosto de 2021. La grave falta de financiación ha empeorado aún más la situación: el PMA asegura que se ha visto obligado a reducir sus programas de nutrición y que actualmente solo puede proporcionar alimentos a una de cada nueve de las 14 millones de personas que sufren hambre aguda. Muchas mujeres recorren ahora kilómetros durante horas para llegar a centros de salud y, una vez allí, descubren que no hay ayuda nutricional disponible.
«Es desgarrador ver cómo les dicen a madres que han caminado durante horas con su hijo desnutrido en brazos que no hay nada que ofrecerles», afirmó Aylieff. Señaló que la emaciación infantil, la forma más mortal de desnutrición, ha alcanzado niveles críticos en un tercio de las provincias afganas, y que los casos más graves se dan entre menores de dos años. «Demasiados llegan demasiado tarde para poder salvarlos».
Lo que sucede en Afganistán bajo el régimen talibán se considera una de las peores crisis humanitarias del mundo, junto con las de Yemen y Sudán. Tampoco sale mejor parado en materia de derechos humanos. Afganistán es el único país del mundo donde las niñas y las mujeres tienen prohibido acceder a la educación secundaria y superior. Las restricciones al empleo femenino han añadido presión económica a familias que ya afrontan la pobreza y el hambre.
Nadia, una joven matrona, llega a atender hasta 35 partos en un solo turno. Asegura que el empeoramiento de la inseguridad alimentaria está afectando cada vez más a las madres que atiende. Muchas están tan débiles y desnutridas que tienen dificultades para producir leche materna. Una noche cálida de agosto ayudó a dar a luz a una mujer con anemia. El bebé nació con vida, pero la madre estuvo a punto de morir.
«Por falta de energía y de nutrientes, la madre entró en coma», recuerda Nadia, que habló con Swissinfo por videollamada y pidió utilizar un seudónimo por motivos de seguridad. «La alimentación de las mujeres antes, durante y después del embarazo está empeorando mucho».
La gravedad de la crisis humanitaria afgana se refleja en prácticamente todos los indicadores. Las agencias de Naciones Unidas calculan que 21,9 millones de personas, casi la mitad de la población, necesitan asistencia humanitaria, entre ellas 11,6 millones de menores. Al mismo tiempo, se estima que 14 millones de afganos sufren hambre aguda en 2026. El PMA calcula que una de cada tres personas en Afganistán necesita asistencia alimentaria urgente. Cerca de 3,7 millones de menores de cinco años corren riesgo de sufrir desnutrición aguda. La desnutrición también afecta a unos 1,2 millones de mujeres embarazadas y en periodo de lactancia.
«Desde que los talibanes tomaron el poder, es como si todo el país estuviera en llamas», declaró Nadia a Swissinfo. «La situación en Afganistán es un infierno para todo el mundo, especialmente para las mujeres y las niñas. Les han arrebatado la posibilidad de estudiar y trabajar».
Problemas que se amontonan
El régimen talibán se ha convertido en sinónimo de la eliminación sistemática de las mujeres y las niñas de la vida pública. Algunos de los primeros decretos del movimiento tras su regreso al poder en agosto de 2021 limitaron el acceso de las niñas a la educación y de las mujeres al empleo. Desde entonces se han introducido más de 100 restricciones dirigidas contra mujeres y niñas, que les impiden acceder a la educación, al trabajo, a espacios públicos y a servicios básicos. Las mujeres afganas también tienen prohibido entrar en las instalaciones de Naciones Unidas y, en general, están sometidas a estrictos códigos de vestimenta.
«Han conseguido su objetivo de eliminar por completo a las mujeres de la sociedad», afirma Nadia, que señala que las mujeres también sufren presiones dentro del hogar, incluida la violencia doméstica.
Las restricciones de los talibanes se han adentrado cada vez más en la vida privada de las mujeres. En mayo de 2026, los talibanes publicaron un nuevo código sobre la separación judicial que limita aún más las circunstancias en las que las mujeres y las niñas pueden poner fin a un matrimonio. ONU Mujeres señaló que el decreto establece procedimientos desproporcionadamente complejos y restrictivos para las mujeres, mientras que Amnistía Internacional advirtió de que algunas de sus disposiciones podrían consolidar los matrimonios forzados y los matrimonios infantiles.
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Para Nadia, que trabaja como matrona, todas estas restricciones tienen un impacto profundamente personal y a menudo se entrelazan. Obligada por su familia a casarse, esta joven de 22 años está separada de su marido, que huyó a Irán, pero no puede divorciarse de él. Para complementar sus ingresos como matrona, regentaba desde su casa una peluquería clandestina, como parte de un sector que los talibanes han prohibido.
«Hasta hace dos semanas, trabajaba como matrona y llevaba la peluquería desde casa», cuenta. «Ya no. Los talibanes entraron en mi casa y me descubrieron. Me impusieron una multa de 50.000 afganis [unos 620 francos suizos]. Las mujeres quieren trabajar y ser económicamente independientes».
Para Nadia, el mayor temor no es solo lo que las restricciones ya han arrebatado a las mujeres, sino lo que significarán para la próxima generación. Ella pudo formarse como matrona antes de que los talibanes regresaran al poder; las niñas que crecen ahora quizá nunca tengan esa oportunidad.
Y sin acceso a la educación secundaria y superior, habrá menos matronas, enfermeras y médicas, señala. Eso significa que menos mujeres acudirán a recibir atención médica porque no pueden ser examinadas por un hombre, según señala la Organización Mundial de la Salud y ONU Mujeres.
«Esto es una cuestión de vida o muerte», afirma Nadia. «Es un problema humano, no solo una cuestión de mujeres».
Una generación perdida
La UNESCO es una de las numerosas instituciones que alertan sobre la magnitud de la crisis que se avecina. La organización calcula que 2,4 millones de niñas han quedado excluidas de la educación secundaria desde 2021, una cifra que ha aumentado en 200.000 durante el último curso escolar. Más de la mitad de los menores en edad de cursar primaria no están escolarizados. Más del 90% de los niños y niñas de diez años no pueden leer y comprender un texto sencillo adecuado para su edad. Para 2030 se prevé que Afganistán tenga un déficit de 11.000 docentes cualificadas.
«Hoy Afganistán afronta al mismo tiempo una crisis de acceso a la educación, una crisis de igualdad de género y una crisis de aprendizaje», declaró Hoda Jaberian, coordinadora de programas de Educación en Emergencias de la UNESCO, a periodistas durante una sesión informativa de Naciones Unidas el 11 de agosto. «Cinco años no son una interrupción temporal de la educación de un niño. En realidad, representan casi todo un ciclo de educación secundaria».
La crisis se ha visto agravada por unas infraestructuras deficientes, las catástrofes naturales y el retorno masivo de personas procedentes de países vecinos. Casi la mitad de las escuelas carecen de agua potable, instalaciones sanitarias o calefacción. Desde 2021, las catástrofes han obligado a cerrar más de 1.000 centros escolares. Más de siete millones de afganos han regresado o se han visto obligados a regresar al país desde 2023, y más de la mitad son menores de 15 años.
La UNESCO asegura que sus programas de alfabetización y formación han llegado a unas 70.000 personas, el 70% de ellas mujeres y niñas, a través de más de 2.600 clases comunitarias en 20 provincias. La educación a través de los medios de comunicación, incluidos programas impartidos por internet o mediante aplicaciones de mensajería, ha llegado a más de 17 millones de afganos. Pero Jaberian subraya que estos esfuerzos no pueden sustituir a la educación formal.
«No es negociable. Es un derecho humano básico», afirmó. «No hay sustituto para ello».
Hajj Ahmed, que habló con Swissinfo por videollamada, es agente inmobiliario en el oeste de Afganistán. También está decidido a que sus hijas reciban una educación y las envía a un centro educativo privado que oficialmente se presenta como un centro de enseñanza del Corán, donde el profesorado complementa sus ingresos impartiendo clases de inglés. Como el centro está cerca de su casa, se siente cómodo acompañando allí a las niñas. Es un pequeño consuelo para la mayor de ellas, que tuvo que dejar de estudiar Derecho. Más allá de esos desplazamientos, sin embargo, la familia rara vez sale de casa.
«Si las mujeres salen con su marido o con un familiar varón, enseguida les preguntan: “¿Por qué está fuera? ¿Qué relación tienen?”. La gente vive en estado de ansiedad», explica Ahmed.
La esperanza de que algún día sus hijas puedan construir un futuro fuera de Afganistán basta para que este padre preocupado asuma el riesgo de mantenerlas en clase para que aprendan inglés, una lengua de utilidad internacional.
«Quizá algún día tengan una oportunidad fuera de este país», afirma. «Por eso es mejor que estén preparadas».
Gráficos por Pauline Turuban. Selección de imágenes por Vera Leysinger
Editado por Imogen Foulkes; y adaptado al español por Carla Wolff.
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