La ministra de Asuntos Digitales de Estonia: «A Suiza le ha faltado la urgencia de digitalizarse»
Estonia se ha convertido en un referente mundial de la administración digital. Según la ministra Liisa Pakosta, Suiza ya dispone de todo lo necesario para seguir ese mismo camino, salvo el sentido de urgencia que impulsó la transformación en el país báltico.
Estonia está considerada uno de los países más avanzados del mundo en la digitalización de la administración pública. Su modelo presume de «un 0 % de burocracia y un 100 % de servicios digitales». La ciudadanía puede votar, firmar documentos con validez legal, consultar su historial médico e incluso divorciarse por internet gracias a una identidad digital nacional.
Suiza, en cambio, sigue lidiando con unos servicios públicos digitales fragmentados. La digitalización del historial médico de los pacientes avanza de forma lenta y desigual en el conjunto del país. En 2021, el electorado rechazó en referéndum la primera propuesta de identidad electrónica nacional (e-ID) por las dudas sobre la protección de la privacidad y el papel de las empresas privadas. Cuatro años más tarde, en 2025, dio luz verde por un estrecho margen a una nueva e-ID bajo gestión íntegramente estatal.
¿Cómo ha logrado Estonia, con apenas 1,3 millones de habitantes, convertirse en un referente mundial de la administración digital? ¿Y qué concesiones implica construir un Estado cada vez más apoyado en la inteligencia artificial (IA)?
Para la ministra estonia de Justicia y Asuntos Digitales, Liisa Pakosta, la respuesta tiene más que ver con la historia del país que con la tecnología.
«Suiza es un país muy rico», explica a Swissinfo al margen del Global Dialogue on AI Governance de Naciones Unidas, celebrado en Ginebra. «El único obstáculo es que nunca han tenido una necesidad imperiosa de cambiar».
Tras recuperar la independencia de la Unión Soviética en 1991, Estonia atravesó una profunda crisis económica. La inflación se disparó y los recursos públicos eran extremadamente limitados. «No partíamos de cero, sino de un enorme saldo negativo», recuerda Pakosta.
«Teníamos que encontrar la forma más barata, eficaz y rápida de gobernar el país. Cuando buscas el sistema menos costoso y más eficiente para administrar un Estado, la respuesta es la digitalización».
Según la ministra, la digitalización también ha servido para hacer la administración más transparente y reducir la burocracia.
Un Estado digital inspirado en la banca
Estonia inauguró una identidad digital nacional en 2002, convirtiéndose en uno de los primeros países en vincularla a los servicios públicos. Poco después, su uso pasó a ser obligatorio.
«Fue una decisión tanto política como económica», afirma Pakosta. «Ningún partido quería prometer unos servicios públicos más lentos y caros financiados con impuestos más elevados».
Conseguir la confianza de la ciudadanía, parte de la cual albergaba dudas sobre la privacidad y la seguridad, resultó tan importante como desarrollar la tecnología.
Según Pakosta, Estonia tomó como referencia la banca electrónica. La población ya estaba acostumbrada a identificarse digitalmente y a controlar todos los movimientos de su cuenta bancaria. El Gobierno quería trasladar ese mismo nivel de confianza y control a la relación con la administración pública.
«Le dijimos a la ciudadanía: si confían en los sistemas digitales para gestionar su dinero, también pueden confiar en ellos para acceder a los servicios públicos», explica.
Cada ciudadano puede comprobar cuándo un funcionario accede a sus datos personales y recurrir cualquier consulta que considere injustificada.
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Los servicios públicos llegan al ciudadano
Esa filosofía va mucho más allá de la identidad digital.
«Nuestro objetivo es que la gente apenas note la existencia del Estado», afirma Pakosta. «Los servicios públicos deben llegar directamente a las personas».
Cuando nace un bebé, los progenitores reciben automáticamente las prestaciones familiares, se les asigna un médico de familia y se activan otros servicios sin necesidad de presentar ninguna solicitud. «Los padres pueden limitarse a disfrutar de la llegada de su hijo».
El mismo principio se aplica en otros ámbitos. Si uno de los cinco hijos de Pakosta quiere matricularse en la universidad, explica la ministra, la mayor parte de la información ya aparece cumplimentada. Solo tiene que revisar los datos y enviar la solicitud.
Pakosta recuerda que preguntó a varios estudiantes de doctorado estonios del Instituto Tecnológico Federal de Zúrich (ETH) cuál había sido la mayor dificultad que habían encontrado al llegar a Suiza. Esperaba una respuesta relacionada con «las matemáticas avanzadas». Sin embargo, todos respondieron lo mismo: «Rellenar formularios administrativos».
La explicación, dice, es sencilla: en Estonia apenas habían tenido que hacerlo. Los ciudadanos solo facilitan sus datos una vez. A partir de ahí, las distintas administraciones los comparten de forma segura, sin volver a pedir la misma información una y otra vez.
«Nadie se queda atrás»
Un Estado que apuesta de forma decidida por la digitalización plantea inevitablemente otra cuestión: ¿qué ocurre con quienes no pueden o simplemente no quieren utilizar los servicios digitales?
Se trata de un debate más que conocido también en Suiza, donde las preocupaciones sobre la exclusión digital contribuyeron al rechazo de la primera propuesta de identidad electrónica en 2021.
Pakosta sostiene que Estonia ha intentado evitar que nadie quede al margen. «El documento de identidad es obligatorio, pero nadie está obligado a utilizar personalmente los servicios digitales».
El país no mantiene un sistema paralelo en papel para cada servicio. Quienes necesitan ayuda pueden acudir a las bibliotecas locales, que también funcionan como centros de asistencia digital. Allí reciben apoyo para acceder a los servicios públicos, a la banca electrónica y, cada vez más, a las herramientas de inteligencia artificial. Las personas que no pueden desplazarse cuentan con la asistencia de las autoridades locales.
«Nadie se queda atrás», asegura Pakosta.
No todos comparten esta valoración. Los medios estonios han informado de casos de personas mayores con dificultades para gestionar los trámites relacionados con la identidad digital. Además, algunas voces críticas sostienen que la administración digital ha generado nuevas dependencias y costes, en lugar de limitarse a reducir la burocracia.
¿Un país más digital es también más vulnerable?
Cuanto más digitalizado está un país, mayor es su exposición a los ciberataques. Estonia lo ha comprobado en primera persona.
En 2007 sufrió uno de los primeros grandes ataques informáticos dirigidos contra un Estado. Diez años más tarde, equipos de investigación detectaron un fallo de seguridadEnlace externo que afectaba a las tarjetas de identidad digital estonias.
Según Pakosta, ambas crisis terminaron reforzando la estrategia digital del país.
«La ciberseguridad y la protección de datos son el punto de partida de todo lo que hacemos».
Estonia creó una «embajada de datos» en Luxemburgo que permite mantener operativos los servicios esenciales del Estado incluso si se produce una emergencia en territorio estonio.
«Del mismo modo que los bancos duplican sus sistemas, los Estados también deben garantizar la continuidad de sus operaciones», afirma.
Cuando en 2017 se descubrieron vulnerabilidades en cientos de miles de documentos de identidad digitales, Estonia revocó y sustituyó los certificados afectados antes de que se produjeran ataques.
«Aplicamos una política de total transparencia cuando algo sale mal, porque la confianza es fundamental», añade. «No ocultamos los problemas».
Sin embargo, algunos expertos afirmaronEnlace externo que las autoridades minimizaron inicialmente la gravedad de la vulnerabilidad y tardaron demasiado en suspender los certificados afectados. Además, documentos gubernamentales previamente confidenciales publicados en 2021Enlace externo sugieren que los problemas relacionados con el sistema de identidad digital no siempre se hicieron públicos con la rapidez necesaria.
Trazar los límites de la inteligencia artificial
Ahora Estonia aspira a convertirse, en palabras de Pakosta, en un «Estado basado en la inteligencia artificial». Pero eso no significa sustituir a las personas.
«Las personas siguen siendo responsables y las decisiones finales siempre las tomarán seres humanos».
Según la ministra, Estonia ya utiliza alrededor de 200 aplicaciones de inteligencia artificial en el sector público. En el ámbito sanitario, por ejemplo, la IA puede ayudar a obtener citas con especialistas incluso antes de que el médico de familia tramite la derivación.
No obstante, Pakosta subraya que el país ha optado deliberadamente por limitar determinados usos de esta tecnología. El nuevo plan nacional de desarrollo de la IA, aprobado esta primavera, excluye expresamente su utilización como herramienta de vigilancia para combatir la delincuencia.
«En Estonia la tasa de criminalidad es baja, pero no gracias a la vigilancia», afirma. «Se debe a la confianza y a otros factores».
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El país báltico ha probado tecnologíasEnlace externo policiales asistidas por inteligencia artificial, entre ellas sistemas de reconocimiento facial y herramientas de análisis automatizado de redes sociales, aunque estas aplicaciones han tenido un alcance limitado y han estado sujetas a la normativa de protección de datos.
Para Pakosta, estos límites responden a un principio más amplio: la ciudadanía debe conservar el control sobre sus datos personales.
Todo funcionario que desee acceder a información personal debe contar con una base legal aprobada por el Parlamento, explica la ministra.
«En Estonia son los ciudadanos quienes controlan al Gobierno. No es el Gobierno quien controla a los ciudadanos».
¿Puede Suiza recuperar el terreno perdido en digitalización?
Pakosta no cree que la estructura federal de Suiza sea el principal obstáculo para la transformación digital del país.
«Ya cuentan con una red postal que funciona por encima de las fronteras cantonales», señala. «Los servicios públicos digitales pueden funcionar exactamente del mismo modo».
A juicio de la ministra, Suiza ya dispone de todos los ingredientes necesarios para dar ese salto: capacidad de innovación, profesionales altamente cualificados e instituciones en las que la ciudadanía confía. «Si Suiza adoptara un enfoque de digitalización similar al de Estonia», concluye, «creo que podría convertirse en uno de los países con la administración digital más eficiente del mundo».
Artículo editado por Virginie Mangin; y adaptado al español por Carla Wolff.
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