Los refugiados etíopes del Tigré, acogidos con los brazos abiertos en Sudán
Al huir de la guerra en la región disidente del Tigré, en Etiopía, Sejamara y su esposo no sabían lo que se encontrarían en Sudán, ni imaginaban la hospitalidad con la que serían recibidos al otro lado de la frontera.
Hambrientos, sedientos y cansados, llegaron a la empobrecida aldea sudanesa de Hamdayit tras haber caminado durante varias horas y haber cruzado el río Sietet.
Todo lo que la pareja deseaba era un lugar para dormir, lejos de los refugios improvisados del centro de tránsito de Hamdayit, atestados de gente.
«Pensábamos alquilar una vivienda, pero la gente nos alojó gratuitamente», cuenta Sejamara, en una modesta cabaña de paja amueblada con una cama.
La joven pareja forma parte de los miles de personas que se vieron obligadas a huir a raíz del conflicto desencadenado en el Tigré, en el norte de Etiopía, donde el ejército lanzó una ofensiva el 4 de noviembre contra las fuerzas locales disidentes.
La ONU advirtió que en la frontera estaba naciendo una «crisis humanitaria a gran escala». Centenares de etíopes huyen cada día de los combates y los bombardeos, dejando todo atrás.
«Pueden quedarse aquí tanto como quieran», asegura su anfitriona, Mariam Abubakr, que vive con su marido en una pequeña casa de adobe, al lado.
Como los otros refugiados, Sejamara y su esposo dieron su nombre a las organizaciones humanitarias para poder beneficiarse de las comidas diarias del centro de tránsito.
«Puede que si las cosas se calman en el Tigré, regresemos a casa. Si no, no tendremos más opción que vivir en un campo de refugiados», explica Sejamara.
– Campamentos rebosantes de gente –
Numerosos vecinos de Hamdayit, pese a la pobreza en la que viven, han acogido a los etíopes en sus modestas viviendas y les dieron de comer.
«Hay mucha gente pero son nuestros invitados», afirma Issa Hassan, un agricultor de Hamdayit.
Esta región del este de Sudán es conocida por su hospitalidad, que ya ha demostrado varias veces en el pasado. Desde 1967, a causa de la guerra y la hambruna, ha acogido a cientos de miles de etíopes y eritreos.
Con el conflicto del Tigré, cerca de 36.000 etíopes migraron a Sudán, según la Comisión de Refugiados, aunque la ONU advirtió que esa cifra podría alcanzar los 200.000 en los próximos seis meses.
El centro de tránsito de Hamdayit ha acogido a más de 24.000 refugiados desde que empezaron los combates, según Yacoub Mohamad, jefe del centro.
Lo único que lamentan los habitantes de la zona es que la llegada de los refugiados trajo aparejado un aumento de los precios.
«Los precios de la verdura, la fruta, de la carne e incluso del agua aumentaron considerablemente», señala Issa Hassan, según la cual el kilo de bananas ha pasado de costar 70 a costar 150 libras sudanesas (de 1,24 a 2,70 dólares).
«Como la demanda es más alta, los precios subieron», confirma otro agricultor, Bahraldin Yacoub, que se queja también de que el abastecimiento procedente de los Estados vecinos no se haya incrementado, pese a que ahora haya más bocas que alimentar.
– «El miedo en sus rostros» –
En el centro de acogida «Aldea 8», en el Estado de Gedaref, muchos etíopes se declaran conmovidos por la generosidad de los sudaneses.
«Muchos dieron comida de sus granjas y algunos nos ofrecieron esterillas para dormir, otros nos permitieron utilizar sus cuartos de baño», cuenta Adam Youssef.
«Fueron muy generosos con nosotros», asegura.
Varios sudaneses que viven cerca del campo de refugiados de Um Raquba, a unos 80 km de la frontera, recolectaron alimentos y comida.
«Veíamos el miedo en sus rostros y muchos caminaban descalzos», cuenta Ahmed Abdalla Ismail, vecino del pueblo cercano de Dokka.
«Nos compadecemos de ellos, intentamos ayudar tanto como podemos», afirma.
Pero en los campamentos de tránsito, la situación es más difícil: los refugios son muy pequeños, hay muy poca agua corriente y todavía no se han construido los retretes, por lo que la mayoría de los refugiados se ven obligados a hace sus necesidades en los campos de los alrededores.
Algunos agricultores sudaneses temen que se propaguen enfermedades, como el nuevo coronavirus.
«Llegaron muchos y ahora viven en lugares sin instalaciones sanitarias. Es extremadamente insalubre», advierte el agricultor Omar Hussein.
A otro campesino, Gamal Adam, le preocupa que numerosos refugiados se vean obligados a vivir en los campos, lo que «arruina las cosechas».