Regresar sin nada a Kenia y Nigeria: vidas rotas por la xenofobia en Sudáfrica
Diego Nicolás Alonso y Buhari Bolaji
Nairobi/Lagos, 3 sep (EFE).- Unos 180.000 africanos repatriados este año desde Sudáfrica por ataques xenófobos regresan a sus países, pero la mayoría lo hacen sin trabajo, sin bienes, con familias partidas y la sensación de que una frontera africana les arrancó la vida que habían construido durante años.
En Nairobi, el joven keniano Baylian Wambugu intenta organizar a cerca de 500 compatriotas que, como él, están afectados.
En Nigeria, el tendero Emeka Okoro limpia el polvo de unos cargadores de teléfono en un suburbio de Lagos después de perder la tienda de ropa de segunda mano que levantó durante quince años en la provincia sudafricana del Cabo Oriental.
Wambugu, que vendía aparatos electrónicos en Sudáfrica, confiesa a EFE que «la situación se volvió muy grave cuando te das cuenta de que ya no puedes hacer nada con tranquilidad. Y la tranquilidad es una de las cosas más importantes para cualquier ser humano».
Las tensiones xenófobas son un problema recurrente en Sudáfrica y han desembocado en oleadas violentas en varias ocasiones, especialmente en barrios vulnerables.
Las repatriaciones siguieron a una nuevos ataques xenófobos y protestas violentas entre abril y mayo, dirigidas principalmente contra extranjeros africanos y sus negocios.
Además de Kenia o Nigeria, países como Zimbabue, Uganda, Malaui, Ghana o Mozambique evacuaron a miles de ciudadanos.
Wambugu no habla de un único ataque xenófobo, sino de algo más lento y corrosivo. «Mi mayor problema era la tortura psicológica del día a día», subraya.
En la calle, en la oficina o de camino a casa, las palabras extranjero o «alien» aparecían como una marca.
Las amenazas eran simples y directas: «A partir del día tal, lo que es tuyo será mío»; «a partir del día tal no queremos volver a verte aquí».
Wambugu fundó la organización Kenya Diaspora Returnees & Resettlement Welfare (KDRRW) para pedir apoyo para los kenianos retornados desde Sudáfrica, como documentación, reintegración escolar, respaldo psicológico o reconocimiento de capacidad laboral.
Pero detrás del lenguaje administrativo hay vidas humanas partidas.
Empezar de cero
Josephus Gakinya, otro keniano, llegó a Sudáfrica en 2020 «en busca de mejores oportunidades».
Había terminado sus estudios en Kenia, pero no encontraba trabajo. En Bloemfontein (provincia del Estado Libre) vendía pólizas de seguros. Allí formó una familia.
«Desde que llegué ya existía ese problema de la xenofobia», recuerda.
Ahora está en Nairobi, sin trabajo formal, alojado temporalmente en casa de sus padres y lejos de sus dos hijas, que siguen en Sudáfrica.
«No tengo nada estable ni una fuente de ingresos importante», afirma.
En Sudáfrica dejó pertenencias, documentos y un coche vandalizado, «completamente destrozado».
«Todavía estoy enfadado por lo ocurrido. Imagínate vivir durante seis años en un lugar y, de repente, verte obligado a empezar de cero», lamenta, al evocar el caso de una amiga cuya peluquería fue ocupada por asaltantes.
Wambugu asegura que entre los kenianos repatriados hay «alrededor de 180 niños o más» nacidos en Sudáfrica que regresaron sin certificados de nacimiento y necesitan integrarse en el sistema educativo keniano.
«Hay muchas personas que tienen aquí a sus hijos, pero cuyos maridos son sudafricanos y siguen allí», explica.
Otros dejaron allí a las madres de sus hijos y algunos retornados, añade, afrontan prohibiciones de entrada en Sudáfrica.
«Pongamos que yo soy un niño. Estoy aquí con mi padre, pero mi madre está en Sudáfrica. Sin embargo, a mi padre le han prohibido entrar en Sudáfrica. Entonces, ¿tendrá que ser siempre mi madre la que venga a visitarnos?», plantea.
Nigeria, misma historia
La historia se repite en la capital comercial de Nigeria, Lagos, donde Okoro limpia el polvo de unos cargadores de teléfono sobre una mesa que tiembla cada vez que pasa un autobús por el suburbio de Isheri-Osun.
Hasta mayo, este nigeriano de 54 años tenía una tienda de ropa de segunda mano en la provincia sudafricana del Cabo Oriental.
Hoy vende accesorios de móvil para su hermano y espera clientes que rara vez se detienen.
«Perdí todo lo que había construido en ese país», dice a EFE.
«Quince años desaparecieron en una noche. Vinieron y nos dijeron que nos fuéramos o nos matarían. Quemaron nuestras tiendas y saquearon nuestras cosas. Lo único que me queda ahora son arrepentimientos y pesadillas», añade.
Nigeria ha repatriado este año a más de 1.500 ciudadanos en vuelos de evacuación, según datos oficiales.
Olufemi Akindele Olunloyo, portavoz de la Unión de Nigerianos en Sudáfrica (NUSA), aseguró a EFE que los ataques estuvieron encabezados por grupos antiinmigración que buscaban a «migrantes africanos negros».
«Nuestros hermanos fueron atacados en Johannesburgo, Durban, Cabo Oriental y algunas zonas del Cabo Occidental. Les dijeron que se marcharan, quemaron sus tiendas y saquearon sus mercancías», denunció.
Según Olunloyo, al menos tres nigerianos murieron.
Abdul-Rahman Balogun, portavoz de la Comisión de Nigerianos en la Diáspora (NIDCOM, en inglés), afirma que su institución facilitó apoyo a muchos retornados, incluidas viviendas, becas y ayudas económicas.
Pero para Okoro, esa ayuda aún no ha llegado. Al caer la tarde, guarda los cargadores en una bolsa de plástico.
«Estar vivo no es suficiente», dice. «Necesito trabajar. Necesito volver a valerme por mí mismo». EFE
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