Reducir los ensayos nucleares fue una decisión, y lo seguirá siendo
El mundo no debe volver a caer en la senda de los ensayos nucleares. Las herramientas para evitarlo ya existen. Lo que hace falta es la voluntad de utilizarlas, señala Robert Floyd, secretario ejecutivo de la Organización del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBTO), con motivo del Día Internacional contra los Ensayos Nucleares.
El riesgo de una guerra nuclear no depende de una sola decisión. Se acumula ensayo tras ensayo, con cada explosión que acerca un poco más al mundo a una posible catástrofe. Esta escalada también tiene un coste propio: cada ensayo nuclear deja una huella en la tierra y en el agua, y algunas de las personas que vivieron cerca de los lugares de ensayo han cargado con sus consecuencias durante generaciones, mucho después de que las pruebas terminaran. El Día Internacional contra los Ensayos Nucleares existe porque estos peligros siguen formando parte de nuestra historia común y porque los Gobiernos se enfrentan cada año a la misma disyuntiva.
Hubo un tiempo en que la tierra temblaba con frecuencia. Durante cuatro décadas, el polígono de ensayos de Semipalatinsk, en el noreste de Kazajistán, fue uno de los lugares que más lo sufrió, hasta que su cierre, hace 35 años, silenció una parte de la estepa kazaja. Aquella decisión reflejaba un cambio más amplio para alejarse de los ensayos nucleares. En los años anteriores a la apertura a la firma del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCE) en 1996 se llevaron a cabo más de 2.000 explosiones de este tipo. Desde entonces han sido menos de una docena. El hecho de que los temblores se hayan vuelto poco frecuentes no es fruto de una casualidad histórica. Es una decisión que los Gobiernos han tomado y renovado año tras año. Y, a diferencia de un hecho, una decisión puede revocarse. Pero no debemos permitirlo.
Esa decisión también se construye, se mantiene y se verifica. En su centro se encuentra una red mundial de más de 300 estaciones y laboratorios, repartidos por más de 90 países, que escucha la Tierra con una precisión extraordinaria. El Sistema Internacional de Vigilancia, creado en el marco del régimen de verificación del tratado, puede detectar una explosión equivalente a 500 toneladas de TNT, aproximadamente el 3 % de la potencia de la bomba de Hiroshima. El sistema detectó todos los ensayos declarados por la República Popular Democrática de Corea, incluido el de menor potencia. No pide al mundo que confíe: le proporciona los medios para comprobarlo.
La ciencia es, en este sentido, el antídoto contra la desconfianza. Permite a los Estados actuar con la certeza de que se cumplen los compromisos y comprobar que los demás hacen lo mismo.
Nada de esto funciona por sí solo. El Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares, las zonas libres de armas nucleares y el propio TPCE no son meras abstracciones. Juntos conforman la arquitectura mundial de la no proliferación y el desarme, el andamiaje silencioso sobre el que descansan la paz y la seguridad internacionales. Cada uno de estos instrumentos ha contribuido durante décadas a determinar la actuación de los Gobiernos. No obstante, ningún tratado se sostiene por sí solo. Solo perdura porque los Estados que están vinculados por él deciden, año tras año, seguir respetándolo.
Y esa es precisamente la parte de la historia que ahora no podemos dar por sentada. Las armas nucleares no son un problema que un solo país pueda resolver por sí mismo. Sus consecuencias no se detendrían en las fronteras nacionales y ningún Estado puede contener por sí solo estos riesgos. Un mundo libre de ensayos nucleares no puede construirse país por país. Depende de compromisos compartidos y de la voluntad de todos los Estados, incluidos los que poseen armas nucleares, de mantener los sistemas que hacen posible la confianza entre ellos.
Lo digo porque algunos Gobiernos hablan ahora, con mayor franqueza que en años, de la posibilidad de volver a realizar ensayos nucleares. Y ese es precisamente el asunto que el Día Internacional contra los Ensayos Nucleares pretende poner sobre la mesa: ¿qué estamos haciendo juntos, ahora mismo, para garantizar que el mundo no vuelva a la senda de los ensayos nucleares, este año ni ningún otro?
Creo que la respuesta tiene tres partes. En primer lugar, un llamamiento directo a los nueve Estados restantes —entre ellos China, Irán, Estados Unidos e Israel— cuya ratificación es necesaria para que el tratado entre en vigor: actúen sin demora. La plena fuerza del TPCE, tanto jurídica como moral, no podrá hacerse realidad hasta que lo hagan. En segundo lugar, un apoyo sostenido, tanto político como financiero, al régimen de verificación y a la organización que se encarga de mantenerlo en funcionamiento. Un instrumento de esta precisión no puede mantenerse por sí solo. Y, en tercer lugar, como base de los dos puntos anteriores, debemos reconocer que el sistema multilateral, la Organización del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares y los propios Estados tienen que trabajar de manera coordinada: no en paralelo ni en competencia. Las herramientas para hacerlo ya existen: el diálogo, la transparencia y medidas prácticas que contribuyan a generar confianza. Lo que hace falta es la voluntad de utilizarlas.
Nada de esto es teórico. Los acuerdos existen. La infraestructura existe. Lo que han conseguido hasta ahora demuestra lo que es posible cuando se toman en serio.
Los últimos 30 años no eran inevitables. Los próximos 30 tampoco lo son. No es una advertencia, sino una invitación a todos los Gobiernos que aún se preguntan qué tipo de mundo quieren dejar atrás.
La contención fue una decisión deliberada. Hay que volver a elegirla, una y otra vez.
Artículo editado por Virginie Mangin. Adaptado al español por Carla Wolff.
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