Zhu Rongji, el ‘zar’ económico que empujó la apertura de China
Pekín, 12 ago (EFE).- El ex primer ministro chino Zhu Rongji, fallecido este miércoles en Pekín a los 97 años, convirtió en políticas concretas buena parte de la apertura económica china, al tiempo que se consolidó como un dirigente de estilo directo, fama de austero y trayectoria marcada por reformas que modernizaron el país, pero también dejaron millones de damnificados.
Nacido en 1928 en Changsha, en la provincia central de Hunan, tuvo una infancia marcada por la orfandad: su padre murió antes de que él naciera y quedó huérfano de madre pocos años después, una circunstancia que él mismo evocaría décadas más tarde al hablar de su vínculo con el Partido Comunista de China (PCCh).
«Soy huérfano, mis padres murieron muy pronto, no conocí a mi padre y no tengo hermanos», dijo en 1988, antes de añadir una frase que resumía su lealtad a la organización: «El partido es mi madre».
Ese mismo discurso mostró otro de los rasgos que le acompañaron durante su carrera: una forma de hablar poco habitual entre los altos cargos chinos, más directa y menos encorsetada que la de la mayoría de sus pares. «Lo que pienso, debo decirlo», afirmó entonces.
Zhu estudió ingeniería en la Universidad Tsinghua de Pekín, una de las más prestigiosas del país, y se incorporó al PCCh en los primeros años de la República Popular, proclamada en 1949. Su carrera, sin embargo, no fue lineal.
En 1958 fue tachado de «derechista» tras las campañas maoístas y durante la Revolución Cultural (1966-1976) fue acusado de «reaccionario» y enviado durante años a labores de reeducación. Esa experiencia no le impidió regresar después al aparato económico del Estado.
De Shanghái a Pekín
Su gran salto político llegó en Shanghái (este), donde entre 1987 y 1991 ejerció sucesivamente como vicesecretario del PCCh, alcalde y secretario del Partido en la ciudad, en la que coincidió con Jiang Zemin, entonces jefe local del PCCh y más tarde máximo dirigente de China tras la represión de la plaza de Tiananmen.
Ambos formarían en los años noventa el tándem presidente-primer ministro que pilotó el tramo decisivo de la apertura económica china, marcado por la reforma del sector estatal, la transformación financiera y el ingreso del país en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001.
La muerte de Zhu coincide con la proximidad del centenario del nacimiento de Jiang, que se cumple el próximo lunes, en un país donde tanto los fallecimientos como las conmemoraciones de antiguos dirigentes suelen ser asuntos sensibles por el posible eco político del luto público.
Desde Shanghái, Zhu fue promovido en 1991 a vice primer ministro encargado de la economía y, al año siguiente, entró en el Comité Permanente del Politburó, la cúspide del poder chino.
Cuando fue designado primer ministro en 1998, lanzó una de sus frases más recordadas: «No importa si delante hay un campo de minas o un abismo, avanzaré sin mirar atrás y cumpliré con mi deber hasta el final».
El arquitecto económico
Zhu heredó una economía en transición, con empresas estatales ineficientes, bancos cargados de créditos dudosos, inflación, corrupción administrativa y un sistema todavía a medio camino entre la planificación y el mercado.
Su respuesta fue un programa de reformas financieras, comerciales, fiscales y empresariales que cimentó el llamado «socialismo con características chinas».
Defendió la austeridad, la disciplina fiscal y la reforma del sector público. También resistió la devaluación del yuan durante la crisis financiera asiática de 1997, una decisión presentada por Pekín como contribución a la estabilidad regional.
«Sin una política fiscal activa y sin una política monetaria prudente, la economía china habría colapsado», dijo en 2002, cerca del final de su mandato.
Su nombre quedó ligado también al ingreso de China en la OMC en 2001, tras años de negociaciones.
Aquel paso aceleró la integración china en las cadenas globales, abrió nuevos mercados a sus exportaciones y preparó el salto que convertiría a China en la «fábrica del mundo».
Pero las reformas tuvieron un coste social elevado. La reconversión de las empresas estatales dejó a millones de trabajadores sin empleo, mientras Zhu admitía que uno de sus mayores «dolores de cabeza» era elevar los ingresos de cientos de millones de campesinos.
Durante las protestas de 1989, logró disolver las movilizaciones en Shanghái sin recurrir al Ejército, pero nunca cuestionó la línea oficial del Gobierno central sobre la represión en Tiananmen.
Otra de sus banderas fue la lucha contra la corrupción. En 2001 advirtió de que el fraude contable era un «tumor maligno» que amenazaba la naciente economía de mercado china, una frase en línea con su imagen de administrador severo.
Zhu dejó el cargo en 2003 y desde entonces se retiró casi por completo de la vida pública, como suele ser habitual entre los altos cargos chinos. EFE
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