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El hospital de Salang, ejemplo de mala gestión de la ayuda en Afganistán

Una paciente se marcha de la consulta de un doctor afgano el 21 de septiembre de 2016 en el hospital de Salang, al norte de Kabul afp_tickers

Inclinado sobre un paciente en una mesa de operaciones vetusta, un cirujano se queja de la falta de equipos básicos en el hospital de Salang, financiado por Estados Unidos y ejemplo de la mala administración de la ayuda en Afganistán.

Pese a los miles de millones de dólares invertidos en 15 años, persiste la inestabilidad y el país sigue registrando un pésimo índice de desarrollo humano, lo que explica el desánimo de los donantes, que se reunen desde el martes en Bruselas.

El descalabro del hospital es tal que podría derrumbarse en con el mínimo temblor en esta zona sísmica.

Está mal equipado y falto de personal. Encarna las inversiones occidentales exorbitantes que después los afganos no se pueden permitir mantener en buen estado por falta de medios.

«¿Cómo se supone que debemos atender a los pacientes?», pregunta el médico Qulbudin Shams, mientras intenta fijar la mesa de operaciones renqueante.

Los generadores producen electricidad de forma intermitente, las reservas de material anestésico son insuficientes y los charcos de sangre hay que limpiarlos, a mano a falta de un sistema de drenaje eficaz.

– Inodoro en el bloque operatorio –

En una esquina del bloque operatorio hay un inodoro. «Como si se hubiera transformado una casa en hospital», resume el cirujano. «Quienes lo construyeron, no tenían ni idea de las necesidades», critica.

Una inspección realizada recientemente por el organismo Sigar, designado por el congreso estadounidense para el seguimiento de los gastos en Afganistán, reveló que el constructor había cobrado pese a las deficiencias flagrantes.

El personal se ve obligado a lavar a los recién nacidos con agua no tratada y los pacientes tiritan de frío en invierno porque la calefacción no funciona.

El servicio odontológico se cerró por miedo a infecciones debido a la falta de equipamiento adecuado.

– Corrupción –

Este hospital no es una excepción en un país corroído por la corrupción, lo que supone «una amenaza fundamental para las misiones en Afganistán», según Jodi Vittori, consejera política de la ONG Global Witness.

Los donantes no se han molestado en adoptar mecanismos preventivos que garanticen un uso responsable de los recursos, cuando se sabe que cantidades astronómicas de fondos de la ayuda internacional «acaban en el bolsillo de las élites predadoras del país», se queja.

En su opinión, «este ángulo muerto amenaza todas las inversiones humanas y financieras efectuadas aquí desde 2001».

Estados Unidos se gastó unos 110.000 millones de dólares en la reconstrucción de Afganistán en 15 años, más de lo que costó el Plan Marshall para Europa después de la Segunda Guerra Mundial.

Pero la mayoría de los colegios, clínicas y depósitos edificados por la agencia US-Aid están vacíos o no se usan, según Sigar. Incluso las carreteras construidas por los estadounidenses no tienen en cuenta el peso de los camiones locales.

Algunos proyectos estaban abocados al fracaso, como el programa agrícola para la producción de soja, que nadie consume en el país.

El fiasco supremo quizá sean los programas de lucha antidroga, que se han tragado 8.400 millones de dólares sin impedir que el país siga siendo el principal productor de opio del mundo (85% de la producción).

El tráfico de opio, estimado en unos 3.000 millones de dólares anuales, constituye una fuente esencial de financiación de la insurrección talibana.

En Bruselas, la conferencia de donantes desembocará probablemente en nuevos compromisos de ayuda por valor de 3.000 millones de dólares por año de aquí a 2020. Se debe principalmente al miedo a que el país se convierta de nuevo en la retaguardia del terrorismo internacional como era en tiempos del régimen talibán, derrocado en 2001.

A últimas horas de la tarde, llega un hombre al hospital de Salang con una posible lesión en la médula espinal causada por una caída de un nogal.

El director del centro, Lal Mohammad Salangi, se aleja un poco y reconoce, lívido: «No tenemos lo necesario para tratar este tipo de herida». Tendrá que ir a otro hospital.

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