La paz de Colombia en la cuerda floja
Activistas advierten retrocesos y exigen más apoyo internacional, más allá de la polarización política actual y con una perspectiva a largo plazo. Casi diez años después del acuerdo de paz con las FARC, la paz de Colombia sigue siendo frágil: la violencia, la impunidad y la reparación estancada marcan la vida cotidiana.
Asesinatos. Secuestros. Desapariciones sin rastro. En Colombia todo ello sigue formando parte de la vida cotidiana. También diez años después del acuerdo de paz con las FARC, el país registra cada año cientos de tales casosEnlace externo.
En el contexto de la violencia más reciente, el Parlamento Europeo en Bruselas envió una cartaEnlace externo a las candidatas y los candidatos que buscan ocupar el puesto presidencial en Colombia. En ella, el Parlamento de la UE expresa su «profunda preocupación por la persistencia de asesinatos y amenazas contra líderes y lideresas sociales, personas defensoras de derechos humanos, representantes comunitarios y firmantes del acuerdo de Paz».
También la Suiza oficial se ocupa de la situación en Colombia: en Berna, la activista colombiana Karin Gabriela Bastidas Díaz se reunió con Mariana Groba Gomes de la División de Paz y Derechos Humanos (AFM) del Ministerio de Asuntos Exteriores de Suiza (MAE).
«Hemos advertido a Suiza sobre la situación frágil y sobre el riesgo de que los avances logrados hasta ahora en el proceso de paz puedan sufrir un retroceso», describe Bastidas sobre la conversación sostenida en Berna con la representante gubernamental. Bastidas pertenece a la alianza política Hilando Poderes: Mujeres que Transforman, un grupo de activistas de diez municipios especialmente afectados por la violencia en el departamento de Nariño, en el extremo suroeste de Colombia.
«El conflicto es fuertemente patriarcal»
Bastidas vive de cerca los avances de las negociaciones de paz entre el Gobierno colombiano y el grupo Frente Comuneros del Sur. Se trata de una escisión del grupo armado Ejército de Liberación Nacional (ELN), que abandonó la mesa de negociaciones en 2024. En aquel entonces, Suiza participó como país acompañante en las conversaciones con el ELN.
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En la región de Nariño, en el suroeste de Colombia, la escisión de la guerrilla del ELN fue el primer grupo que decidió deponer las armas para ocupar un lugar en la mesa de negociación en abril de 2025, explica Bastida.
Su alianza exige que en ese proceso se incluyan las voces de las mujeres. «Nosotras, las mujeres, queremos la paz, anhelamos la paz. Pero el conflicto está fuertemente marcado por el patriarcado y el machismo. Los efectos sobre las mujeres no se visibilizan», dice Bastidas. Se habla del conflicto, del desplazamiento y de las muertes, pero sin la perspectiva de género.
De allí que la activista abordara el tema en Berna sobre esta falta de espacio para las voces femeninas en el proceso de paz que toca a su región. A Suiza le interesa, pues ancla la inclusión como elemento central de su programaEnlace externo de cooperación 2025–2028 en Colombia y con ello se vincula a los esfuerzos de paz de las autoridades.
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La exclusión de las mujeres del proceso de paz, que continúa hasta hoy, es también lo que impulsa a Paola B. Cuatin. La politóloga viajó también a Berna para el encuentro, junto con Bastidas. El hecho de que las mujeres no fueran incluidas en la agenda de negociación en Nariño contribuyó de manera decisiva a la creación de su alianza de mujeres, dice Cuatin, quien en Colombia es conocida por su compromiso con el feminismo pacifista y antimilitarista y quien dirige la alianza de mujeres Hilando Poderes.
Está convencida de que el diálogo entre mujeres y la creación de alianzas son decisivos para impulsar su incorporación en el proceso de paz. Un enfoque que está firmemente anclado en la política exterior suiza de paz —y que debe demostrar su valía de forma concreta en Colombia, como ella exigió en Berna.
Percepción internacional distorsionada
Todavía existe en Colombia un conflicto armado, subraya Cuatin, vinculado a una grave crisis humanitaria. Tras el histórico acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC hace diez años, se ha producido una fragmentación de actores armados en todo el país.
Mientras la violencia siga siendo económicamente rentable, una paz sostenible será difícil de alcanzar, opina Andrés Aponte, analista senior en la oficina andina de la Global Initiative against Transnational Organized Crime (GI-TOCEnlace externo).
Esto va mucho más allá de las drogas: «Más allá de la cocaína. existe una serie de otras economías criminales que son igual de importantes o incluso más importantes», dice Aponte. Entre ellas se cuentan, por ejemplo, el comercio de oro, de personas y de armas, así como la deforestación en la Amazonía.
Aponte indica además que el enfoque inicial del proceso de paz, en particular la idea de la «Paz Total», fue, en su opinión, «muy nebulosa». «No se reflexionó sobre cómo asegurarla política y jurídicamente. No hubo un marco normativo». Precisamente en el trato con los grupos criminales, esto ha llevado a que el proceso se redujera a menudo a la «prolongación de ceses al fuego».
Al mismo tiempo, destaca el papel de los actores internacionales: el acompañamiento de países como Suiza, Noruega y Suecia es «decisivo para la fijación de estándares mínimos, no solo de la confianza, sino también de las reglas del juego». Para él está claro: «Ese acompañamiento debe continuar».
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El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICREnlace externo) ha advertido en su informe anual sobre la situación humanitaria en Colombia que las consecuencias de los conflictos armados en el país han alcanzado el nivel más grave de la última década.
La situación contrasta fuertemente con la percepción difundida a nivel internacional de que Colombia entró, tras 2016, en una fase de transición que habría traído paz y seguridad, afirma Cuatin. Ni ella ni sus compañeras se sienten seguras: «En Colombia, defender los derechos humanos es una decisión en la que se arriesga la vida. Y cuando tomas esa decisión, asumes un riesgo consciente».
«No nos abandonen»
Para las dos activistas es, por tanto, de importancia central que Suiza continúe acompañando los esfuerzos de paz. «La situación en Colombia sigue siendo difícil, y no es el momento de que la comunidad internacional nos abandone. Suiza puede seguir desempeñando un papel importante acompañando las mesas de negociación en el proceso de paz», afirma Cuatin. La ayuda suiza ha contribuido de manera decisiva a fortalecer las iniciativas de la sociedad civil en Colombia, por ejemplo mediante el apoyo financiero a la organización Mujeres por la Paz en el MundoEnlace externo, que llevó a ambas activistas a Berna.
No es el único reconocimiento de los esfuerzos de Suiza. Hace poco también el Gobierno colombiano en Bogotá había agradecido a Suiza, así como a otros países como Alemania, Noruega y los Países Bajos, por su compromiso continuo con la construcción de paz en Colombia.
Las autoridades colombianas subrayaronEnlace externo que las contribuciones de los países socios fueron decisivas para garantizar la presencia de la misión de apoyo al proceso de paz de la Organización de los Estados Americanos (MAPP/OEA) y para apoyar medidas de transformación de las comunidades, fortalecimiento institucional y construcción de confianza.
Sin embargo, Cuatin advierte que un cambio de gobierno en su país podría frenar los avances logrados hasta ahora. «Creo que es sabido en el mundo que la derecha colombiana no apoya esta política de paz con sus procesos de negociación. En cambio, prefiere una solución militar. Quiere acabar la guerra con más guerra». No obstante, la historia colombiana demuestra que eso no es posible, recuerda.
Pero también para ella está claro que el gobierno saliente de izquierda ha fracasado con su estrategia de la «Paz Total». Hoy, según su diagnóstico, «el conflicto se ha segmentado, los grupos criminales se han fortalecido y la violencia se ha convertido, junto con el narcotráfico, la minería ilegal y la extorsión, en un negocio».
Al mismo tiempo, subraya que un conflicto como el colombiano no puede resolverse en cuatro años, sino que requiere un proyecto a largo plazo que trascienda los cambios de gobierno.
Editado por Marc Leutenegger. Adaptado al español por la autora, Patricia Islas.
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