La gestión del agua fortalece la democracia local en Kirguistán
La que en otro tiempo fue la «isla de la democracia» de Asia Central ha perdido terreno en los últimos años. Sin embargo, la gestión del agua está reforzando las comunidades locales y la cooperación transfronteriza. En ese proceso, el apoyo de Suiza desempeña un papel clave.
Durante mucho tiempo, la Casa Blanca de la capital kirguisa, Biskek, fue un edificio tan temido como disputado. Inaugurada a mediados de los años ochenta como imponente sede del Partido Comunista de Kirguistán, tras la independencia quedó atrapada en una sucesión de luchas de poder y revoluciones.
El edificio fue asaltado en tres ocasiones por manifestantes. Hoy alberga el Parlamento nacional. «Cuando era niño, aquí siempre había vallas y policías con equipo antidisturbios», recuerda Kanatbek, de 28 años, mientras pasea una tarde de principios de verano con sus amistades por el cuidado parque que rodea la sede parlamentaria.
Por motivos de seguridad, este economista prefiere que no se publique su apellido. Observa con preocupación la evolución reciente de su país: «Hemos vuelto a perder muchas de las libertades que tanto nos costó conquistar. Es muy triste».
Tiempos difíciles para la sociedad civil
Hoy reina la calma en torno a la Casa Blanca kirguisa. El presidente ha trasladado su despacho a otro edificio y, desde las elecciones anticipadas celebradas el pasado noviembre, el Parlamento está integrado casi exclusivamente por personas leales al jefe del Estado, Sadyr Japarov, en el poder desde hace seis años.
Bajo su mandato, este país montañoso de más de 7,5 millones de habitantes, considerado durante mucho tiempo la «isla de la democracia» de Asia Central, ha caído de forma notable precisamente en los índices internacionales de calidad democrática.
«El poder se ha centralizado, la libertad de prensa se ha restringido y la represión contra la sociedad civil se ha intensificado», explica Joldosh Osmonov, director de la consultora GFA en BiskekEnlace externo, que acompaña y apoya proyectos de participación ciudadana en Kirguistán.
Con las elecciones presidenciales previstas para enero, existe una gran incertidumbre sobre si esta tendencia continuará a escala nacional o si surgirán nuevos movimientos capaces de revertirla.
Mientras tanto, la sociedad civil intenta reorganizarse. «De las cerca de diez mil organizaciones no gubernamentales que existían, apenas un centenar ha sobrevivido a estos últimos años», afirma Osmonov, que asesora a diez de ellas con apoyo oficial de Suiza. Durante los próximos cuatro años se destinarán a esta labor algo más de cinco millones de francos suizos.
Una de estas organizaciones es el Instituto para la Política de Desarrollo (DPIEnlace externo), con sede en Biskek, especializado en la administración local. «Con el Gobierno actual hablamos menos de democracia y más de desarrollo local y de las tradiciones kirguisas», explica Sabina Gradwal, responsable del proyecto.
Entre esas tradiciones figuran el ashar, la ayuda comunitaria propia de la sociedad nómada, y el kurultái, las asambleas populares. Pero, según Gradwal, el eje del desarrollo local es hoy la gestión del agua.
El depósito de agua de Asia Central
Con cadenas montañosas que alcanzan los 7.500 metros de altitud y cerca de un millar de glaciares, Kirguistán está considerado el gran depósito de agua de Asia Central.
Durante la época soviética, estos recursos hídricos fueron explotados sin contemplaciones. El mar de Aral, en el vecino Kazajistán, alimentado por ríos procedentes de Kirguistán y hoy prácticamente desecado, es una de las mayores catástrofes medioambientales provocadas por el ser humano. Desde la década de 1960, Moscú desvió enormes cantidades de agua para regar extensos monocultivos.
Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991 y el trazado de las nuevas fronteras, las diferencias en la gestión del agua provocaron repetidos enfrentamientos armados entre los países de la región.
«Hoy sabemos que no puede haber soluciones sostenibles sin una gestión local responsable del agua y sin cooperación entre los Estados», afirma Melchior Lengsfeld, director de la organización suiza de desarrollo Helvetas, durante una entrevista con Swissinfo en la oficina de la entidad en Biskek.
Junto con la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (COSUDE), Helvetas lleva décadas apoyando comunidades locales de gestión del agua en Kirguistán. «En ellas participan municipios, comités privados, asociaciones de usuarios y organizaciones de mujeres», explica Lengsfeld.
«Este enfoque no apuesta por la confrontación, sino por el diálogo y la cooperación. Los proyectos de gestión del agua también sirven para reforzar la participación democrática».
El agua como motor de una comunidad
El mejor ejemplo se encuentra en el este del país, cerca de la frontera con China. El lago Issyk-Kul, de más de 6.000 kilómetros cuadrados, se encuentra a 1.600 metros sobre el nivel del mar y recibe el agua de 118 afluentes. Sin salida natural al mar, alcanza casi 700 metros de profundidad en su punto más hondo.
Durante la época soviética, buena parte del lago era una zona militar restringida. En sus alrededores, la población agrícola utilizaba el agua de los glaciares para regar sus cultivos y la consumía sin ningún tipo de tratamiento.
«El agua no tenía precio y las infraestructuras estaban completamente deterioradas», recuerda Olga Zavialova, responsable del programa de modernización del abastecimiento de agua de Karakol, la cuarta ciudad más grande del país, situada en la orilla oriental del lago. Trabaja para la empresa municipal del agua desde 1986.
Gracias a un préstamo del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD) y a una contribución de la Secretaría de Estado de Economía de Suiza (SECO), que cubrió el 70 % del coste del proyecto, Karakol ha podido construir en los últimos años nuevos depósitos, canalizaciones, estaciones de bombeo y plantas de tratamiento.
Pero, según Zavialova, «lo más importante es cómo la comunidad y cada persona utilizan el agua».
Para ello se han creado asambleas ciudadanas que fijan las tarifas del servicio. Además, la ciudad está instalando contadores digitales en todos los hogares.
Al igual que en Karakol, otros sistemas de abastecimiento de agua gestionados localmente y modernizados están desarrollándose en torno al lago Issyk-Kul. En Barskoon, una localidad de 9.000 habitantes situada al suroeste de Karakol, se está construyendo actualmente el primer gran depósito de agua.
Aun así, en muchos lugares las familias siguen obteniendo agua potable de pozos rudimentarios, como muestra Kadyr Usenov, director de la empresa local del agua, durante una visita por la zona.
En cambio, en Korumdu, una localidad de 3.000 habitantes situada en la orilla opuesta del lago, el sistema ya está plenamente operativo. «La gestión del agua nos ha unido como comunidad», asegura Timur Tuyleev, presidente de la asociación que administra la red de abastecimiento creada con apoyo suizo.
Gracias a la mejora del suministro de agua potable, la hepatitis A, que antes era frecuente entre los niños del pueblo, prácticamente ha desaparecido.
El agua también fomenta la cooperación regional
El año pasado, las entidades locales de gestión del agua lograron frenar parcialmente los intentos del Gobierno de Biskek de centralizar el sector y se agruparon en una asociación nacional.
Con el respaldo de organizaciones como el DPI también se ha creado una «Academia Kirguisa de Administración Local», que, según Sabina Gradwal, aspira ahora a extender su labor a los países vecinos.
Porque la gestión del agua no solo está reforzando la democracia local en una región de enorme importancia geopolítica. También está favoreciendo una nueva voluntad de cooperación entre los dirigentes de Asia Central, cuyo estilo de gobierno, cada vez más autoritario, empieza a encontrar límites cuando se trata de administrar un recurso tan valioso como el agua.
Artículo editado por Mark Livingston; y adaptado al español por Carla Wolff.
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